Cultura14 Nov 2018

Guerriero: “Los periodistas estamos mirando desde lo que encaja con nuestra moral progresista”

La escritora Leila Guerriero es una de las voces más importantes del periodismo y la no ficción latinoamericana. Conversamos con ella sobre el oficio durante las celebraciones del Hay Festival Arequipa.
CRÓNICA Y TIEMPO. Leila Guerriero, autora de “Una historia sencilla” y “Zona de obras”, conversó con Ojo-Publico.com
Foto: Ojo-Publico.com

El tiempo es la principal excusa de estos días para no escribir, o escribir mal. A la periodista Leila Guerriero (1967, Junín, Argentina) reporteros y jóvenes estudiantes, le han dicho tantas veces que no tienen tiempo para escribir que está cansada de escucharlo. “Latinoamérica no es una región en donde existan condiciones perfectas para producir una crónica. El tiempo hay que fabricarlo“, dice una de las voces periodísticas más importantes de la región. Conversamos  con ella sobre cómo estamos contando nuestra agitada región, el rol del periodismo en tiempos líquidos y las olas conservadoras. La autora de “Una historia sencilla” (Anagrama, 2013) y “Zona de obras” (Anagrama, 2015) fue una de las invitadas internacionales del Hay Festival Arequipa y Ojo-Publico.com conversó con ella.

Desde la perspectiva de la crónica cómo entendemos el triunfo de Bolsonaro en Brasil y el de otras candidaturas conservadoras. ¿Crees que el periodismo falló al contar y entender lo que está pasando en América Latina?

Todos estamos un poco desconcertados. Me parece que tiene que ver con el hecho de que en los últimos tiempos el periodismo, en lugar de ir a ver “lo que hay”, está empeñado en tratar de que “lo que hay” encaje en una especie de teoría previa que se tiene del asunto. Así fue que cuando creíamos que no podría ganar Trump, ganó. Creíamos que el Brexit no iba a ser posible, y ganó. En Colombia creíamos que era imposible que la gente votara en contra de la firma del proceso de paz. Si miramos el mapa de América Latina hace cuatro o cinco años, este era completamente distinto al mapa de los colores políticos que hoy tenemos. América Latina es un lugar sinuoso. Por ejemplo, tiene los niveles más altos de violencia contra la comunidad LGTB, y al mismo tiempo tiene algunas de las leyes más avanzadas del mundo en beneficio de este colectivo, como el matrimonio igualitario, el reconocimiento de que la gente figure con el género y el nombre que desee en su documento y la adopción de parejas homoparentales. Pero, lo que uno ve en la calle, cuando habla con la gente común, se encuentra con una homofobia declarada, con temor a lo distinto, a todo lo que no sea alto, rubio y de ojos azules. Si tenemos rulos, ojos grandes y somos morochos, nos convertimos en territorio de sospecha. La vida real se empeña mucho en ser más conservadora y temerosa de lo distinto.

"Los periodistas tenemos un error de lectura de lo que está pasando en América Latina"

Las burbujas digitales están afectando nuestra comprensión del mundo. 

Me parece que los periodistas no sabemos mirar bien todo eso. Nuestros países son muy racistas, con sus propias comunidades y sus pueblos originarios, con todo lo que no es igual a ellos y que viene de las fronteras de los países vecinos. Hay una reacción asustada por lo que está pasando con los venezolanos en el éxodo. Vivimos en una especie de ilusión en el que el continente ha ido evolucionando con unas leyes progresistas, cuando en la cabeza de la mayoría de la gente pasa otra cosa. Por eso tenemos a Bolsonaro en Brasil. Los brasileños votaron por un señor que es sexista, machista, homofóbico, reaccionario, defensor de la tortura y de la aniquilación de ciudadanos. Entonces, sí creo que los periodistas tenemos un error de lectura de lo que está pasando en América Latina, pero también todos los actores sociales.

Cuando Trump ganó las elecciones en EE. UU, la periodista norteamericana Sara Smarsh escribió un ensayo muy interesante en el que menciona cómo el periodismo ha estado cubriendo las historias desde una superioridad moral, sin entender lo que estaba pasando realmente. ¿Crees que también aquí estamos contando América Latina desde nuestros privilegios y una supuesta moral superior?

Creo que lo que mencionas está sucediendo. Contar desde una moral superior, progresista e ilustrada. Por ejemplo, he leído muchos artículos sobre cómo se contó la campaña de Trump antes de que fuera Presidente. Eran larguísimas notas acerca del fenómeno, en las que se entrevistaba solo a los partidarios de los demócratas. No había una sola voz de las personas que fueran a votar por Trump. Se partía de la base de que quien votaba por él era un granjero tonto y cuadriculado. Estamos mirando lo que más o menos encaja con nuestra moral progresista, de ciudadanos ilustrados, cultos, civilizados. Todo lo que caiga por el borde de eso, todo lo que sea Bolsonaro o Trump, estamos como negados a verlo. Y esto me parece peligroso porque el periodismo debería de ver “lo que hay”, aunque no nos guste.

"Si no sabes qué fue mayo del 68’ y crees que es un festival, no puedes escribir crónica"

¿Cuál crees que es el papel de la crónica en este contexto?

La crónica es un género que necesita de mucho tiempo de reporteo, de ir al territorio, de abrir el abanico, abrir la mirada, de mirarlo todo y desde los lugares más complejos posibles; es un gran género para cubrir fenómenos que no se pueden reducir a personajes buenos y malos. En el periodismo la polarización empieza a ser un lugar de mayor riesgo, porque no se trata de que haya un “malo” y al otro lado un señor “impoluto”. La crónica tiene ahí un gran espacio para trabajar y tratar de contar estas realidades complejas, en las que no hay buenos contra malos, en las que los ciudadanos son muchos más. Toda esta gente que votó a favor de Bolsonaro, es gente compleja, es gente que hay que tratar de entender. Me parece que en ese sentido la crónica tiene mucho para trabajar. Precisamente, porque no es un género reduccionista. Allí donde el periodista se empeña en ser reduccionista y decir “esto es bueno y esto es malo”, la crónica dice “momentito”, me meto en la casa del señor malo, me meto en la casa del señor bueno, me quedo con ellos viviendo dos meses, y salgo de allí con una historia mucho más real, llena de complejidades y aristas. Esa complejidad desentrañada ayuda a comprender y a entender por qué pasan las cosas. Si uno entiende esto, sería muy probable que no se repitieran con este ritmo tan cíclico, que cada 50 años volvemos a producir nuestros propios verdugos.

Y esto implica que el periodista enfrente sus propios prejuicios o  convicciones políticas.

Sí, por supuesto. No quiere decir que lo que vayas a escribir será favor de una persona que detestas, en lo absoluto. Lo primero que uno tiene que hacer cuando hace una crónica o periodismo en general, es intentar desprenderse del prejuicio.

El periodismo de investigación y la crónica, requiere de tiempo y de una suerte de aislamiento para abordar, entender y contar una historia. ¿Cómo lograrlo en tiempos de hiperconectividad? ¿Cómo lo haces tú y cómo crees que podrían hacerlo los reporteros jóvenes a los que cada vez los grandes medios parecen convertirlos en máquinas de producción de noticias diarias?

Creo que la gente tiene la idea equivocada de que un cronista se dedica solo a hacer tres grandes crónicas por año y que vive de eso. Y la verdad es que todos vivimos multiempleados en mil cosas: editamos libros, damos conferencias, damos talleres, participamos de eventos y, en medio de todo eso, nos hacemos espacio para investigar. Por ejemplo, en junio entregué un libro que va a salir en mayo del 2019 por la editorial Anagrama. Es el perfil de un intérprete de piano argentino, uno de los mejores pianistas del siglo XX. Lo entrevisté de abril a diciembre del 2017. Y en noviembre decidí separar todo enero y febrero para dedicarme a escribir. Cancelé viajes, rechacé invitaciones, no acepté otros trabajos, y me encerré en casa para escribir durante dos meses. Esto es el tiempo que tomo para un libro, escribir una crónica es menos tiempo. Luego claro, uno se da cuenta que esos días de encierro han producido un enorme atraso en todo lo demás y que hay que pagarlo un poco “con sangre”. Está bien que los periodistas más jóvenes hagan 25 mil notas y trabajen a ritmo industrial, siempre y cuando en algún momento digan “del 10 al 18 de noviembre” yo paro y trabajo en la escritura de esto que he ido reporteando a lo largo de meses en los pequeños huecos que me dejó la urgencia. Para lo que no hay excusa es para no hacerlo nunca. Latinoamérica no es una región en donde existan condiciones perfectas para producir una crónica periodística, uno tiene que construirse esas condiciones. El tiempo hay que fabricarlo.

"La gente tiene la idea equivocada de que un cronista se dedica solo a hacer tres grandes crónicas por año y que vive de eso. Y la verdad es que vivimos multiempleados"

El uso de la tecnología y de las redes sociales hace más líquidas las historias y altera la percepción de lo trascendente. ¿Qué experiencia tienes en tus charlas con los periodistas más jóvenes?

En mi experiencia te diría que la gente que realmente tiene el talento y entiende de qué se trata la escritura, hace una diferenciación clara entre lo que es esa comunicación rápida y líquida, de lo que exige una escritura más reposada. Son registros distintos. Me parece que actualmente hay una especie de urgencia en nosotros de que todo esté asociado a algún tipo de resultado productivo. Muchas personas están en la red haciendo cosas ingeniosas para que eso replique en más “likes” y en una personalidad virtual aceitada todo el tiempo. Pero, en mi experiencia, la gente que quiere escribir y le gusta, prefiere dedicarle tiempo a textos más musculosos.

De otro lado, me parece que la crónica se ha puesto en un lugar que a mí no me parece bueno. Es como un lugar aspiracional, como si llegar a hacer crónica fuera haber logrado algo en esta vida. Y yo creo que el periodismo es haber logrado algo en esta vida, en cualquier género, el punto es que lo hagas bien. Para hacer periodismo [en sus diferentes géneros] se deben tener una cantidad de herramientas y talentos. Yo, por ejemplo, no los tengo para hacer cosas que no sean crónica. No sé hacer noticias, soy un desastre. No sé escribir rápido, no podría trabajar en la redacción de un diario. No sé cultivar la clase de fuente para, por ejemplo, hacer periodismo político. Hay muchísimas cosas que yo no sé hacer. Entonces, lo que hago es producto de un montón de cosas que no sé hacer, más alguna habilidad que pudiera tener para hacer determinadas cosas. La crónica no es un género superior ni mejor.

¿Cuál crees entonces es el espacio de la crónica en tiempos de inmediatez?

Bueno, siempre habrá gente que va a apostar más a esta cuestión líquida de los tiempos y que va a estar muy confortable con esto, lo va a hacer fantásticamente y no va a tener ningún tipo de cargo de conciencia de estar haciéndolo. Seguramente en la crónica se verán ecos de ese efecto generacional, pero realmente la crónica es muy difícil de escribir. Es muy difícil de establecer una mirada si no tienes una cabeza bien amoblada, un esquema cultural, histórico, social, y si tu cultura no tiene espesor. Si para vos empezó la vida cuando naciste en los ‘90, estamos mal para escribir crónica. Si no sabes qué es mayo del 68’ y crees que es un festival que se hizo en París, vamos muy mal. Lo que veo es que en las nuevas generaciones que quieren hacer crónica hay un desconocimiento muy extravagante de los 90 para atrás, como si la vida hubiera empezado con ellos. Ahí tenemos un límite, o se preocupan por llenar esos grandes pozos de información vacíos, o no podrán hacer crónica porque no podrán leer la realidad con una mirada tan chata. Tu vida empezó con Los Simpson, qué divertido.

"La crónica se ha puesto en un lugar aspiracional que no es bueno. Como si hacer crónica fuera haber logrado algo en esta vida. Y yo creo que el periodismo es haber logrado algo en esta vida"

¿Cuál crees tú que es el rol de una periodista mujer en el activismo feminista y el movimiento MeToo, que denuncia el abuso y el acoso sexual contra las mujeres?

Creo que una periodista mujer tiene el mismo rol que el que puede tener un periodista hombre. Hay muchas cosas de este movimiento que me resultan muy interesantes, hay otras que me parece que convendría discutirlas más. Yo no creo en el “deber ser”, creo que eso es como un corsé espantoso. “Porque soy mujer y soy periodista entonces tengo que ocuparme de estos temas”. Yo naturalmente me ocupo del tema de género, pero desde hace muchísimos años porque siempre me interesó, y me ocupo con el mismo peso del que lo hago con el tema de los abusos sexuales a mujeres o varones, niños, adultos, producidos por civiles y sacerdotes. Es algo que conozco mucho, lo he estudiado, he leído mucho, he hecho muchas notas acerca de eso, he hablado con muchas personas abusadas. Y sé que lo mejor que se les puede hacer a estas personas es, a veces, no ubicarlas en este rol de víctimas perpetuas. A nadie le gusta ser víctima toda la vida. No por el hecho de ser periodista y mujer yo debo llevar el tema como una bandera. Sin embargo, para que algunas cosas cambien, a veces es necesaria la exageración, porque si no salimos todos a la calle a pedir que haya un aborto libre, gratuito y seguro para todas, no nos dan bolilla. Si salen dos, es como si no saliera nadie. Salgamos dos millones.

¿Saliste a marchar a favor de la ley del aborto seguro en Argentina?

Sí. No a todas las marchas porque a veces estuve afuera, pero sí anduve con mis prendas verdes, daba talleres en lugares muy complicados y andaba con mi suéter verde, tratando de dar un mensaje sin incomodar a la gente. Cada uno da la lucha desde su lugar y como persona, más o menos confrontativo o agresivo. Yo veo a veces chicas militantes feministas que tienen un discurso súper agresivo y es su manera. Yo siempre me he sentido atraída y muy cercana al feminismo, pero mi manera es de otra forma. Sí trato de visibilizar todas estas cuestiones, siempre y cuando eso no me venga a meter el rótulo del “deber ser”, porque ahí sí me parece que no lo voy a aceptar. No porque sea mujer me debo a una forma de reflejar la información de determinada manera.

¿Cuál es tu opinión en torno al lenguaje inclusivo en los textos?

Una gran pensadora, socióloga y argentina, escribió una columna muy interesante la vez pasada en Babelia con la que yo coincido. La política no puede imponer esto, el lenguaje es más cultural, más de usos. Creo que la estética del lenguaje es una ética. Hay que evitar utilizar palabras que provienen del mundo de las ONG’s por ejemplo: empoderamiento, visibilización, etc. Hablo de ello, pero encontrando una palabra que a mí me parezca más poderosa. “Empoderamiento” me parece una palabra muy técnica, fría. Tengo una percepción muy estética del lenguaje. El hecho de decir “todes” y “chiques”, a la hora de escribirlas me producen la misma sensación que palabras como empoderamiento. El lenguaje puede ser inclusivo y no discriminatorio de otras maneras.

Por otra parte, es la primera vez en muchos años que se instala una gran lupa sobre el género en el lenguaje. Creo que algunas consecuencias van a ocurrir, pero serán a largo plazo. Lo que a mí hoy no me gusta y me suena un poco forzado, a lo mejor dentro de cinco años termine pareciéndome lindo decir “chiques” y quizá lo incluya (en mis textos). Pero debe ser un proceso natural. El sonido de las palabras también es importante a la hora de escribir.

"Si no salimos todos a la calle a pedir que haya un aborto libre, gratuito y seguro para todas, no nos dan bolilla. Si salen dos, es como si no saliera nadie. Salgamos entonces dos millones"

¿Cuál es tu mirada de la Argentina actual, aquella en la que un día te subes al avión con el dólar en 28 pesos y al bajar ya está en 40?

La crisis argentina es algo que parece a lo que no pudiéramos renunciar de alguna forma. Como si nos gustara. En realidad, no tengo respuesta. Cada diez o quince años, volvemos a caer en la crisis de la década y eso tapa todo lo demás. Argentina es un país que ha fracasado una y otra vez. No soy nada optimista, en general no lo soy con la clase gobernante latinoamericana. Creo que, en el fondo, los ciudadanos les importamos muy poco. Soy bastante pesimista en ese sentido, también siento que hay una responsabilidad ciudadana. Así como Bolsonaro fue votado por 57 millones de personas para aplique su proyecto sexista, racista, homofóbico, reaccionario; en Argentina, Perú, Chile y demás lados tenemos mucha responsabilidad. No podemos lavarnos las manos completamente.

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