opinión 5 Septiembre, 2022

Erizos conservadores: por qué los extremos políticos se unen y para qué

Erizos conservadores: por qué los extremos políticos se unen y para qué
Rodrigo Gil Piedra

Politólogo y magister en sociología

En un país donde la ideología pesa cada vez menos y la flexibilidad política incrementa, los espacios para congregar a actores que, en principio, tienen posiciones contrapuestas son cada vez más numerosos. El autor explica lo que está detrás de esta inusual sinergia en esta columna que es un aporte a la reflexión pública como parte de una alianza de OjoPúblico con el Instituto de Estudios Peruanos (IEP).

CONGRESO. Un espacio donde las posturas políticas más opuestas coinciden en un agenda conservadora.

CONGRESO. Un espacio donde las posturas políticas más opuestas coinciden en un agenda conservadora.

Foto: Andina.

La estabilidad política, social e institucional en el Perú, al menos en el último quinquenio, se ha mantenido siempre colgando de un hilo, si es que no se ha llegado a romper en diferentes contextos. La incertidumbre, un rasgo enraizado de la política nacional, ha recrudecido particularmente en el período reciente. La debilidad (o precariedad en los casos más extremos) de los partidos y organizaciones políticas a escala nacional y subnacional, quienes no cuentan con hojas de ruta mínimamente claras que les permitan distribuir sus esfuerzos y recursos de manera eficiente, donde el disloque entre las cúpulas de dirigentes, la militancia de base y las unidades políticas provinciales y locales (si acaso existen) es abismal, ha abonado en este cuadro de volatilidad y cambio permanente.  

Muchos observadores consideran que el proceso de “desideologización” atravesado por las organizaciones políticas en las últimas tres décadas -un proceso que, en términos más generales, ha terminado por envolver a las diferentes capas sociales-, es una variable relevante al momento de evaluar cómo se ha producido el descentramiento de las fuerzas políticas, lo que ha repercutido en una suerte de comportamiento errático y un alto grado de incoherencia en la definición de sus acciones y estrategias políticas. Esta sería una de las causas de la inestabilidad política que advertimos. 

La añoranza de un pasado que fue y que ya no volverá pareciera operar en la base del razonamiento en la política.

Pese a que sí es factible vincular a ciertas organizaciones con algún tipo de ideología, o, para no forzar excesivamente el término, con “ejes programáticos”, lo cierto es que, en la gran mayoría de casos, los partidos políticos, sus liderazgos y representantes llegan al poder presentando abiertamente sus consignas, aunque son bastante competentes para fácilmente virar el timón en ciento ochenta grados cuando perciben que la “opinión pública” impugna su quehacer. 

La nuestra es una política veleidosa y sin grandes derroteros. 

La añoranza de un pasado que fue y que ya no volverá pareciera operar en la base del razonamiento que reclama un mayor peso de la ideología en la política. Esto podría resonar a lo experimentado durante algunos años (no todos) de la década de 1980, cuando las principales fuerzas políticas lograron representar alineadamente al electorado y a los grupos de interés detrás de un esquema ideológico izquierda/derecha. La izquierda representada a través de la Izquierda Unida, el Apra y Acción Popular posicionándose respectivamente a la centroizquierda y centroderecha, mientras que el Partido Popular Cristiano fue el vehículo electoral de la derecha peruana. 

No sería inexacto señalar que, incluso en los años en que se articuló un sistema de partidos relativamente estable, dichos partidos políticos tuvieron principios programáticos más o menos definidos; con todo, haciendo un ejercicio comparativo con el momento actual, ciertamente la década de 1980 podría concebirse como un “espejismo democrático”, para proseguir con la propuesta del sociólogo y politólogo Martín Tanaka. 

La morigeración de lo ideológico en el campo de los actores y de las instituciones políticas se trasvasó al mundo social. 

Se ha elaborado un conjunto de explicaciones sobre por qué decayó la centralidad del plano ideológico en el terreno de la política. 

Algunos consideran que la espiral hiperinflacionaria ocurrida a finales de los años ochenta reposicionó las demandas y necesidades económicas individuales por encima de las cuestiones político-ideológicas colectivas; otros sostienen que el terror provocado por las acciones de Sendero Luminoso destruyó todo espacio destinado a construir una política que se discutiera sobre las bases de la ideología.

También están quienes afirman que, entrada la década de 1990, las consecuencias del programa económico implementado por el gobierno fujimorista, aunado a las prácticas autoritarias y al discurso antipolítico característico del Fujimorato, logró descentrar el abordaje ideológico de la discusión pública; otros sostienen que la caída del Muro de Berlín y el “fin de la historia”, expresado en el triunfo del capitalismo y de la democracia liberal en Occidente, coadyuvó en el proceso de desideologización.

Por su parte, la morigeración de lo ideológico en el campo de los actores y de las instituciones políticas se trasvasó al mundo social, dispersando a los individuos e impidiendo la construcción de un diálogo fluido entre Estado y sociedad. Podría sugerirse, entonces, la existencia de un profundo proceso de desideologización a escala de la sociedad en la última década del siglo XX, donde los antiguos paradigmas empezaron a pesar menos en la definición de los proyectos individuales, familiares y organizativos. 

Lo expuesto es, por supuesto, una gruesa simplificación de lo ocurrido a lo largo de varias décadas. Pero la inexistencia contemporánea de los viejos derroteros, como el horizonte marxista, socialista, incluso aquellos que predicaban el encumbramiento de posturas liberales o socialdemócratas, por mencionar algunos, expresa cuán influyentes son las herencias de finales del siglo anterior sobre el momento actual. Las ideologías y la política programática no sobrevivieron (o lo hicieron a duras penas) al transcurso de los años. 

Se ha elaborado un conjunto de explicaciones sobre por qué decayó la centralidad del plano ideológico.

Ahora bien, es evidente que si los partidos políticos tercamente priorizaran una visión de túnel ideologizada, una que los aísle del mundo exterior, muy probablemente perecerían en poco tiempo. El discurso programático “puro” es, pues, una entelequia. 
Casi siempre los partidos, hasta los de línea más dura, han debido procesar la tensión entre ser fieles a sus principios ideológicos y abrirse a un público mayor a través de alianzas con otros grupos políticos y clases sociales.

Asimismo, la propia evolución partidaria genera cambios en los perfiles ideológicos, los transforma. La actividad partidaria no solo se trata de ser fieles a la ideología para a través de ella conquistar posiciones de gobierno, sino, asimismo, de sobrevivir ampliando convocatorias para no sucumbir en períodos de corta y mediana duración.

Por consiguiente, los partidos desarrollaron la capacidad y las herramientas para procesar los cambios y demandas del entorno, lo que implicó forjar alianzas y coaliciones tan pragmáticas como duraderas con otras fuerzas políticas, incluso con quienes tenían menos “temas” en común. Ello acarrea internalizar que la separación y la convergencia son -en un escenario donde los horizontes políticos no están bien delineados a falta de ideologías movilizadoras, y donde las tendencias partidarias han privilegiado típicamente la construcción de alianzas y “plataformas mínimas” amplias- inclinaciones que se repetirán con frecuencia. 

Sobre cómo se construyen alianzas para perseguir objetivos políticos en un escenario signado tanto por la debilidad de las ideologías políticas como por la flexibilidad partidaria, dos variables que se retroalimentan, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer plantea una alegoría que puede resultar útil para la evaluación de la actividad política. En una de sus obras, Schopenhauer presentó el “dilema del erizo”, una paradoja que concierne a la “condición humana” y a la necesidad de interdependencia que existe entre los individuos. 

Según el autor, los erizos enfrentan un dilema de cara a la temporada de invierno. Estos animales pueden, por un lado, mantenerse alejados entre sí, conservando su autonomía para buscar capear el temporal individualmente; o, por otro lado, tienen la oportunidad de soportar el invierno acercando sus cuerpos, lo que les permite calentarse mutuamente, aunque esta decisión implica herirse con sus espinas, las que se clavan más y más conforme los cuerpos de los animales se rozan. En el ejercicio de prueba y error, los erizos van calibrando sus distancias: ni tan cerca como para herirse de gravedad, ni tan lejos como para ser víctimas del frío invernal.

Los erizos, por tanto, tienen dos alternativas dentro de un camino que se bifurca: opción A: privilegiar la autonomía individual y arriesgarse a morir en su propia ley; opción B: cooperar con otros actores, incluso con quienes les pueden hacer daño, incrementando así sus probabilidades de tener éxito.

Sostengo que el “dilema del erizo” invita a reflexionar sobre dos alianzas políticas establecidas en el Perú contemporáneo. La primera de ellas es de más larga duración y se establece en el plano social; la segunda es más próxima en el tiempo y se constituye en el terreno político-institucional. Ambas alianzas, además, persiguieron la opción B: cooperar para sobrevivir, pese a las discrepancias existentes entre los actores miembros. 

Ambas coaliciones se han producido en el campo de la política conservadora, espacio desde donde se pretende incidir en la definición de los nuevos ejes y problemas de carácter público, sobre todo en lo que atañe al despliegue de la “nueva agenda de derechos” progresista. 

El “dilema del erizo” invita a reflexionar sobre dos alianzas políticas establecidas en el Perú contemporáneo.

Según la perspectiva de los actores que son parte del campo conservador, la modernidad ha venido erosionando algunos de los paradigmas tradicionales sobre los que sustentan sus creencias, en tanto el reconocimiento de los derechos sexuales, reproductivos y de las personas LGBTQ amenazaría a la familia nuclear padre/madre/hijo y, por ende, los cimientos de las sociedades occidentales.

Se tornaría imperativo, entonces, desplegar una cruzada para defender los valores cristianos y bloquear el avance de los grupos liberales y progresistas. Volviendo a la alegoría propuesta, los miembros de estas alianzas se comportan como erizos que, pese a las diferencias y a las “heridas” que se puedan causar entre sí, desarrollan afinidades selectivas que les permiten convertirse en aliados detrás de una cruzada cristiana conservadora.

La primera alianza se ubica en el plano de las organizaciones sociales conservadoras. Alrededor del 2016, diversos grupos católicos conservadores y un sector de las iglesias evangélicas empezaron a coaligarse a fin de promover una agenda provida y profamilia, especialmente contra lo que fue la implementación del “enfoque de género” en el currículo escolar. Esto, no obstante la Iglesia católica y las iglesias evangélicas habían mostrado tradicionalmente sus desavenencias y discrepancias, ya que, como ha estudiado el sociólogo José Luis Pérez Guadalupe, los católicos acusaban a los evangélicos de “fundamentalistas” y los evangélicos rechazaban a los católicos a causa de su “elitismo” religioso y político. 

Pero esta relación se modificó en el último lustro. La exitosa politización de un sector del mundo evangélico, liderada por las iglesias neopentecostales que promovieron una “agenda moral” disputada en el terreno político, generó un espacio de oportunidades para sumar los esfuerzos de los actores católicos conservadores, quienes apoyaron decididamente las iniciativas y movilizaciones impulsadas por colectivos como Con mis hijos no te metas. 

La segunda coalición concierne a las organizaciones políticas y a los actores representativos. Esta alianza se estableció durante el primer semestre del 2022. En ella convergieron los rostros de la izquierda y la derecha conservadora del país. 

En el campo social, esta alianza se traduce en el “ecumenismo estratégico” de católicos y evangélicos.

Básicamente un episodio expresó el alineamiento de los “erizos”, aun pese a sus abiertas discrepancias en torno al funcionamiento del modelo económico, la convocatoria de una Asamblea Constituyente, la viabilidad del gobierno de Pedro Castillo, entre otros temas. Esta coincidencia se plasmó en la aprobación de un proyecto de ley elaborado por la Comisión de Educación del Congreso, presidida por Esdras Medina, exmiembro de la bancada de Renovación Popular, probablemente el partido de oposición que ha mostrado un mayor nivel de beligerancia contra el gobierno actual.

A través de esta iniciativa se les adjudicó a los “padres de familia” una mayor participación en el proceso de elaboración de los materiales educativos publicados por el Ministerio de Educación. Dicho proyecto, en la práctica, buscaba bloquear la impartición del enfoque de género y los contenidos de educación sexual en el currículo escolar, otorgándoles poderes de veto a los padres de familia.

Sin embargo, desoyendo las recomendaciones realizadas por el Ministerio de la Mujer y la Defensoría del Pueblo, Pedro Castillo, quien fue amenazado en reiteradas ocasiones con la carta de la vacancia presidencial precisamente por Renovación Popular (un partido de derecha que ha criticado al Ejecutivo por presuntamente infiltrar terroristas y comunistas), decidió no observar el proyecto de ley promovido enérgicamente por dicho partido, lo que condujo a la aprobación final del polémico texto. 

Ambos ejemplos de alianzas en el campo conservador demuestran que los actores sociales y políticos, como los erizos, pueden dejar atrás sus espinosas diferencias para bregar en pos de una meta común. En un país donde la ideología pesa cada vez menos y la flexibilidad política incrementa, los espacios para congregar a actores que, en principio, tienen posiciones contrapuestas (católicos/evangélicos; izquierda radical/derecha radical), son cada vez más numerosos.

La sensación de peligro ante el avance de una agenda progresista favorable a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y las minorías (más que nada en la región latinoamericana) aúna a las fuerzas conservadoras locales, quienes tienen los incentivos para aplacar sus rencillas internas. 

En el campo social, esta alianza se traduce en el “ecumenismo estratégico” de católicos y evangélicos; en el campo político-institucional, lo que hay es una coalición de izquierdistas y derechistas radicales que, pragmática y estratégicamente, olvidan que se peleaban a muerte por sus posiciones respecto al rumbo adoptado por el Estado, para así poder avanzar en su agenda moral conservadora contra el enfoque de género y contra la izquierda “caviar”, contra “un enemigo más peligroso que la ultraderecha neofascista”, como recientemente ha declarado Vladimir Cerrón, el Secretario General de Perú Libre.

No obstante, como en la metáfora de los erizos, es importante no pasar por alto que estas alianzas funcionales siempre terminan dejando cortes y heridas entre sus miembros, ya que todos los actores que las conforman tienen púas y espinas que son difíciles de arrancar.