Solapas principales

Carmen McEvoy: “Hemos llegado a los 200 años de la Independencia sin oxígeno”

La historiadora y presidenta del consejo consultivo del Proyecto Bicentenario habla sobre los pendientes, los retos y también los méritos de la “república agrietada” del Perú.

OPORTUNIDAD. Para la historiadora, el Estado necesita una reforma radical.

OPORTUNIDAD. Para la historiadora, el Estado necesita una reforma radical.

Archivo personal

En medio de una crisis sanitaria, política y social, este año se conmemora el Bicentenario de la Independencia del Perú. Más de 37 mil muertos por la Covid-19; Francisco Sagasti es el cuarto presidente en cinco años; cinco asesinatos en los protestas de los últimos meses. Historiadores, sociólogos, escritores, activistas han hecho hincapié en la necesidad de ir más allá de la “celebración” para abrir paso a la reflexión, la aceptación de nuestras fallas y la propuesta de soluciones, que finalmente nos permitan convertirnos en un país de ciudadanos y ciudadanas iguales.

En esta entrevista para OjoPúblico, la historiadora Carmen McEvoy comparte su visión sobre la Independencia y la República peruana, examinadas no solo bajo el actual contexto, sino también a través de la historia. ¿Qué hicimos bien? ¿Qué promesas e ideales están pendientes desde 1821, y se hace urgente cumplir? Además, como presidenta del Consejo Consultivo del Proyecto Bicentenario, habla sobre las publicaciones que ha trabajado el comité editorial en los últimos meses. “La gran revolución será crear una sociedad del conocimiento” dice McEvoy. 

En una charla que ofreció el año pasado en una fundación, hizo un recuento de las crisis o conmociones que estuvieron presentes en las conmemoraciones de la Independencia. Si tratamos de pensar esta constante de una forma positiva, ¿qué oportunidades puede brindarnos esta suerte de caos en medio del aniversario?

Julio Cotler hablaba de un “sistema coloidal” que se disuelve, que no está estructurado, ni tiene solidez. Yo creo que esa falta de institucionalidad está asociada a todas las conmemoraciones de la Independencia. En la primera, la de los 50 años, los civiles por primera vez se están enfrentando a la casta militar, y todo termina con el asesinato de Balta. También estaba la política de la calle: miles de limeños salen a las calles de Lima para tomar venganza con sus propias manos, y matan a los hermanos Gutiérrez. Un ministro de Guerra colgado en un campanario de la Catedral de Lima. ¡Qué tal conmoción!

Pasando a los 100 años, con Leguía, tenemos los monumentos y toda la parte material, pero Leguía tiene un sistema político autoritario, un culto a la personalidad. En esos 100 años se celebra él mismo, como si fuera el Huiracocha, el presidente Júpiter. Otra tragedia es la depresión económica del 29, que precipita la salida de Leguía del poder y una reformulación del capitalismo a nivel mundial. 

Con Velasco yo creo que el sesquicentenario se toma en serio. Velasco tiene un proyecto: la Reforma Agraria, posiciona a Túpac Amaru como referente; pero lo interesante de ese momento es lo que deja Velasco para los investigadores: la colección de los cien y tantos tomos del sesquicentenario, que es fantástica.

Ahora estamos en un cambio de era: no sabemos a dónde vamos, pero el mundo va a ser diferente luego de la pandemia. Ese cambio, que está coincidiendo con la conmemoración de la última etapa de la Independencia, nos permite reflexionar, primero, sobre las independencias previas a la de Lima, que le dan un papel importante a las regiones, y que nos ayudan a construir una historia mucho más inclusiva, en la que todos somos actores.

Segundo: debemos darnos cuenta de que la Independencia no puede ser un tema meramente político. Hay una agenda que tiene que ver con la libertad, la justicia, la igualdad... Estas palabras hay que resignificarlas y aplicarlas en este momento. La pandemia nos ha permitido ver las limitaciones de una sociedad con muchas desigualdades.

La Independencia no puede ser un tema meramente político. Hay una agenda que tiene que ver con la libertad, la justicia y la igualdad".

"Una de las funciones de la historia es enfrentarnos con nosotros mismos, remontándonos hasta cuando se fueron estructurando concepciones y valoraciones que después queremos ocultar", escribió Alberto Flores Galindo. ¿Qué estamos ocultando en el discurso oficial de todos estos años? 

En este gran arco de 50 años desde la última conmemoración [de la Independencia], se han ido posicionando nuevos temas porque, justamente, esta colección documental extraordinaria y otros archivos históricos han focalizado la atención en asuntos de la historia social que estaban pendientes, como la esclavitud y la cuestión indígena.

San Martín reconoce que no puede haber Independencia con esa carga terrible que es la de un hombre vendiendo otro hombre; pero tomó 30 años llegar a la verdadera libertad de la población esclava. Otro tema importante y pendiente es el de la servidumbre indígena que va paralela al racismo, que es una parte de toda nuestra herencia colonial.

Ahora, con la gran discusión de la Independencia, estos asuntos tienen que volver nuevamente a ser analizados. ¿Cuánto somos de país abierto, inclusivo, capaz de incorporar a sus ciudadanos marginados y considerados de segunda categoría?

Usted ha dicho que la nuestra es una “república agrietada”, que no ha cumplido las promesas de la Independencia de libertad, justicia, igualdad, ciudadanía, dignidad…

Exacto, hay un ensayo escrito por Sánchez Carrión que se llama “Sobre la dignidad republicana” y está relacionado con la manera de comportarse de los ciudadanos que están sirviendo al Perú. Luego, todo eso se desbarata, y hay que revisar las causas estructurales por las cuales esta teoría no se concreta.

Pero tenemos un bagaje, no es que antes no hubo discusiones sobre a dónde vamos. Lo que pasa es que se perdieron en medio de la guerra civil, de la lucha por el poder, la fragmentación política y las ambiciones personales. Sin embargo, creo que hay un núcleo ideológico potente, y hay que reflexionar sobre por qué unos conceptos no nos llevaron a ningún lugar y por qué otros están renaciendo en situaciones como las actuales.

Usted apuesta por rescatar el concepto de “felicidad”, entendiéndola como una oportunidad para reflexionar sobre los deberes del Estado y también los deberes de la ciudadanía

Nos hemos quedado mucho en la discusión de los derechos, pero como ciudadanos también hay que pensar qué le estoy dando al Perú, cuál es mi deber. Y creo que el tema de los deberes hay que comenzar a trabajarlo en los colegios, en los cursos de Educación Cívica. Los niños deben ser socializados en el tema del deber, en la solidaridad y el bien común.

Así, va formándose una sociabilidad en la que sabes que, en la medida que tu comunidad salga adelante, todos van a salir adelante. Este individualismo, este capitalismo salvaje, este “sálvese quien pueda” de los últimos 20 años ha ido erosionando el sentido de comunidad. 

Por otro lado, ¿cómo, una República, le puede dar felicidad a los ciudadanos? La pandemia nos ha demostrado que necesitamos lo básico: buena vivienda, salud pública de calidad, educación pública de calidad. Eso te da bienestar y felicidad.

La palabra "felicidad", una palabra ilustrada que viene del siglo XVIII, ahora tiene que ver con lo que se llama wellness. No te sientes bien porque tienes cinco carros, sino porque no te falta lo necesario, porque tienes oportunidades, porque el sistema te está protegiendo y, al protegerte, te sientes seguro y sigues avanzando para conseguir tus sueños. Eso es algo que esta República no ha permitido: que muchos peruanos alcancen sus sueños. 

Ciertos asuntos de la historia social estaban pendientes, como la esclavitud y la cuestión indígena".

Acaba de mencionar la solidaridad y a la comunidad persiguiendo un mismo objetivo en medio de esta pandemia. Esto me trae a la mente a la que han llamado la “Generación del Bicentenario”. ¿Cuál es su lectura al respecto? 

Lo que a mi me ha conmovido, como a millones de peruanos, es ver a estos jóvenes defendiendo la democracia, en este primer nivel de la lucha política, en la calle. Nuestras luchas están en la calle y no es una novedad, sino que es parte de una tradición política que sirve como elemento de presión importante. 

El siguiente paso es transformar ese idealismo en participación política. Cómo estos jóvenes, no en estas elecciones, pero en las siguientes, pueden empezar a participar en sus municipios, en los gobiernos regionales, y ser parte del Estado y tomar las decisiones. Cómo pueden comenzar a tomar ese aparato estatal que ha sido conquistado por las mafias.

Yo creo que ahí está la gran tarea que le va a tocar a la nueva generación: participar en política, de izquierda, de derecha, de centro, del partido que ellos elijan, pero que participen y lleguen a un lugar en la estructura estatal. De esa manera podremos cambiar al Estado, no hay otra manera de hacerlo. Tienes que transformarlo desde adentro. 

El rótulo de “Generación del Bicentenario” ha tenido también bastantes críticas, muchas de ellas en el contexto actual de las protestas por el paro agrario. Ante el silencio de los jóvenes hay quienes se preguntan dónde se metió esta generación ¿Qué opina usted? 

Lo que pasa es que esa primera movilización fue una muy concreta, fue para recuperar la democracia. Ahora, esta segunda movilización es más de corte social, de mejora de las condiciones de vida. Nos hemos enterado de los sueldos que tienen muchos agricultores, que trabajan horas de horas bajo el sol. Son problemas que tienen otros actores.

El tema es: por qué tenemos que llegar a una movilización de este tipo para que se reconozcan los derechos. Por qué tenemos que llegar a la toma de carreteras, con la que yo no estoy de acuerdo porque tu derecho termina cuando comienza el derecho del otro, y ahí estás poniendo en peligro la circulación del oxígeno, de las ambulancias. Entonces, ¿por qué el sistema mismo no logra las mejoras a través del diálogo y la negociación? Y ¿por qué estas excepciones tributarias duran tanto tiempo? Si tenían un plazo y un objetivo, la reinversión, ¿por qué se terminan convirtiendo en algo permanente?

Creo que hay fallas en el Estado peruano: no asume el reto y la responsabilidad que le corresponde [a la hora] de ver que haya un constante cumplimiento de las condiciones laborales y de las condiciones de vida de los agricultores. 

Esta República no ha permitido que muchos peruanos alcancen sus sueños". 


¿Cuáles son las posibilidades de estas poblaciones invisibles al Estado, entre las que se encuentran también las poblaciones indígenas o las poblaciones LGTBI, de ser integrados a una democracia con una vida digna?

Creo que el Estado peruano necesita una reforma radical. Hemos llegado a los 200 años de la Independencia literalmente sin oxígeno. Esa es una buena imagen. Tenemos un estado ausente, indolente. Como dije en uno de mis artículos, “es un estado en fase demencial”. Es un Estado que no responde. No ha podido hacerlo con las vacunas ni con las pruebas moleculares, y eso que tenemos los recursos.

No estamos hablando de un estado paupérrimo. Es que hay un tema organizacional, no contamos con capacidades logísticas y organizativas para enfrentar catástrofes. No lo podemos hacer. Entonces, hay una huelga y salen estas unidades asesinas. Todavía tenemos una entraña violenta, que viene de los años del enfrentamiento armado con Sendero Luminoso. Estos cuerpos estatales no han sido desactivados. Hay un problema de impunidad que permite que permanezca ese comportamiento delictual de las fuerzas del orden. Todavía no sabemos quién asesinó a Bryan e Inti. Si hubiera un castigo ejemplar, no se permitirían hacer lo que están haciendo.

A propósito de estos grandes problemas nacionales, en la comisión editorial del Proyecto Bicentenario están trabajando una colección de libros acerca de los “nudos” de la República. ¿De qué se trata? 

Es una colección dirigida a los maestros de las escuelas del Perú que toca 16 temas, entre los cuales está la desigualdad, el racismo, la corrupción, las poblaciones LGTBI, las mujeres, la Amazonía, la ciencia y la tecnología -que es otra de nuestras grandes carencias- y la alimentación -donde, por un lado, tenemos el boom gastronómico de los grandes restaurantes pero, por el otro, aún no hemos podido resolver el problema de la anemia.

Esta selección ha salido de un comité editorial presidido por Marcel Velázquez, y está conformado por académicos de varias regiones. Llegamos a la conclusión de que los maestros de las escuelas necesitaban identificar estos nudos para presentarlos y explicarlos a los niños en un lenguaje fácil, y también enseñarles cómo combatirlos con respeto, tolerancia y empatía. Tenemos que ver maneras de resolver estas problemáticas para que, en 100 años, no estemos en estas mismas discusiones 

También han trabajado libros dirigidos especialmente a niños, por ejemplo, “200 años después”, que tiene preguntas y respuestas cruciales sobre la Independencia y la República, y en el que plantean estos temas que ha mencionado: la esclavitud, la participación indígena, las mujeres. ¿Qué esperan con esta democratización del conocimiento? 

 Hay muchas maneras de que este material provoque la reflexión y el espíritu crítico, que a veces nos falta. Nos quedamos en las discusiones de las redes sociales, en el tuit, en el desprecio del adversario. Lo que necesitamos es conocimiento. La gran revolución será crear una sociedad del conocimiento. Nuestras escuelas no están fomentando como deberían el conocimiento científico. Como sociedad debemos evaluarlo e ir reparando a nuestras generaciones, para que enfrenten de la mejor manera posible ese gran desafío.

Hay una impunidad que permite ese comportamiento delictual de las fuerzas del orden".

Finalmente ¿cuáles cree que son las grandes reflexiones que deben estar presentes este 2021?

Proponernos construir un Perú mejor. La pandemia nos ha hecho mirarnos en el espejo y hemos visto lo peor de nosotros: nuestras debilidades en las instituciones, nuestra incapacidad de asignar recursos correctamente, corrupción en compra de mascarillas y de alcohol, policías que han muerto por eso. Pero, por otro lado, también hemos visto que somos una sociedad solidaria, fuerte, resistente.

El peruano tiene muchas ganas de vivir, es un ciudadano que celebra la vida a cada instante. Aunque, a veces, celebra equivocadamente porque se contagia. Pero nuestra fortaleza está allí, en la celebración diaria de la vida, eso nos llena de alegría. Tratemos de trabajar en nuestra solidaridad, en el amor por la vida. Y también en la urgente necesidad de construir un Estado moderno. 

Noticias Relacionadas