opinión 21 Diciembre, 2020

Epa, el mediador indígena entre dos mundos

Una familia mastanahua en contacto inicial ejerció durante 20 años el rol de mediadora entre la sociedad occidental y las poblaciones en aislamiento voluntario en la selva de Purús. Los cuatro miembros de este clan fueron asesinados en noviembre. Este es el relato de un encuentro de 2008 con Epa, el líder de este grupo indígena, que se convirtió en el enlace de dos mundos. ¿Aprendió algo la sociedad peruana de ese acto transgresor y único en nuestra historia? El asesinato de esta familia hace creer que no. En dos décadas, el Estado no pudo garantizar la protección de la familia de Epa.

Los mastanahua vivían entre los bosques de Purús, en la frontera con Brasil.

Los mastanahua vivían entre los bosques de Purús, en la frontera con Brasil.

Imagen: captura de video de Norka Peralta

 

Epa fue un hombre atrapado entre dos mundos. Nació entre los Mastanahua, un pueblo indígena de la Amazonía sin contacto con la ciudad y las comunidades como mecanismo de supervivencia frente a las condiciones de esclavitud a las que fueron sometidos en la época de la explotación del caucho, brotes epidémicos mortales y experiencias traumáticas con misiones evangelizadoras. Desde entonces, viven en condición nómada o semi-nómade y se dedican a la caza, la recolección y la pesca, principalmente, en la zona del Alto Purús, Ucayali. Saben de rutas desconocidas, caminar según lo dicte la naturaleza y pelear con otros pueblos guerreros. Un día, Epa se cansó de todo esto.

En el año 2003 empezó a acercarse a comunidades indígenas ubicadas en la zona, específicamente a la comunidad nativa Santa Rey, ubicada en el distrito y provincia de Purús, en la cuenca del río Curanja, en la frontera con Brasil. No estaba solo. Lo acompañaban sus dos esposas y la madre de ambas. Epa significa “padre” en lengua yaminahua, pero en el caso de las mujeres ninguna tenía un nombre identificable hasta ese momento. Por ello, a sus esposas se les llamó Janet y Elena, y a su suegra, María.

 

 

 

Los dominios de Epa

 

Conocí a Epa en junio de 2008, cuando ocupaba junto a su pequeña tribu una cabaña sobre un monte de la quebrada Santo Tomás, a tres horas de distancia de las comunidades con las que empezó a relacionarse en 2003. Llegué a ese paraje como periodista del diario El Comercio, acompañando a un grupo de antropólogos de la entonces Dirección General de Pueblos Originarios y Afroperuanos, cuya misión era realizar un informe sobre la situación de las poblaciones en aislamiento voluntario de Purús, pues se había denunciado que estos grupos estaban huyendo al Brasil por la presión de la tala ilegal.  

Luego de un sobrevuelo de dos horas en avioneta desde Pucallpa y un viaje de más de 20 horas por los ríos Purús y Curanja, arribamos hasta los dominios de Epa, que formaban parte de la Reserva del Parque Nacional Alto Purús. Un manto verde se extendía por los alrededores al infinito. Se nos pidió esperar a distancia prudente hasta que nuestros guías e intérpretes hablaran con él. A lo lejos se escuchaba una jauría de perros que pugnaba por salir de su vivienda. 

Tras varios minutos de gestos y una conversación en mastanahua (con el apoyo de los intérpretes del Ministerio de Cultura), Epa y Janet, su esposa más joven, accedieron a reunirse con nosotros en otro punto cercano. Elena no quiso recibirnos, pero pudimos verla cuando llegaba con alimentos, que cargaba en un canasto. Su madre no salió. Epa tenía en brazos una tortuga motelo que luego, al caer la tarde, ofreció como cena con yucas y plátanos.

Lo único que Epa decía en castellano era buenos días, con un tono de voz marcial. Se comunicaba en mastanahua con el intérprete. Recuerdo las plantas de sus pies, deformadas como los de un palmípedo de tanto caminar entre el fango, y su piel pálida, como consecuencia de andar en la selva más inhóspita, donde ni siquiera se adentran los rayos del sol. 

 

Entre dos mundos

 

Epa no sabía su edad, pero le estimaban entonces unos 50 años. Cuando lo visité, llevaba cinco años en situación de “contacto inicial”, como se denomina a la población indígena en aislamiento voluntario que ha iniciado un proceso de interrelación con la sociedad occidental. Según su relato, una serie de sucesos violentos, acaecidos en un lapso de 20 años de acuerdo a estimaciones de nuestro intérprete, llevaron a Epa y a su familia, que en ese momento incluía a una hija pequeña, a tomar contacto con las comunidades asentadas. 

El pueblo de Epa, perteneciente a los “Pano del sudeste”, sufrió el ataque de otra tribu, lo que le hizo huir junto a sus mujeres y adentrarse en la selva del Purús. Transitaron por caminos desconocidos, ocultándose de otros grupos que no hablaban su misma lengua, hasta que fueron acogidos por un pueblo nómade. Con el tiempo, Epa se cansó de una vida de luchas y caminatas y quiso abandonarlos. A cambio, le pidieron dejar a su hija. Nunca más la volvió a ver. 

Luego, en 2003, se aproximaron a misioneros evangélicos que buscaban 'civilizar' a los Mashco Piro, como se denomina al pueblo en aislamiento voluntario más numeroso, que se desplaza entre Madre de Dios, Ucayali y Acre, en Brasil. Fueron los misioneros quienes le construyeron a Epa la cabaña que vi a lo lejos. Pero, con el paso del tiempo, los abandonaron, dejándolos expuestos a grupos en aislamiento voluntario que transitan aún por la zona. Fue así como, alrededor del 2004, Epa y su familia se acercaron a pueblos cercanos para pedir alimentos. Comenzaron a usar ropa y le tomaron gusto a la sal y el azúcar, pero no toleraban los condimentos.

Epa no tuvo más hijos. Janet, la esposa que lo acompañó durante mi entrevista, dijo que su cuerpo ya no sabía tener hijos. Dos años antes de nuestro encuentro, en 2006, ella y Epa llegaron a una comunidad en busca de comida. Él fue embriagado, ella ultrajada sexualmente.

Cuando los conocí, la familia de Epa no practicaba la agricultura ni sabía manejar un bote, nos explicaron los especialistas de la entonces Dirección General de Pueblos Originarios. Y esas  dos cosas eran vitales para sobrevivir en Purús, donde se come lo que se siembra o se intercambia en largos viajes. El clan de Epa estaba atrapado entre dos mundos y lo sabían. Por ello, tenían varios perros que custodiaban su cabaña.

 

Un gesto transgresor

 

Los antropólogos Luis Felipe Torres, Sandro Saettone y Pierre Castro, que estudiaron su caso, han escrito para OjoPúblico que, en un lapso de 20 años, desde que tomaron contacto con las comunidades, la familia de Epa se convirtió “en una especie de bisagra entre las comunidades de la zona y los Pano aislados”. El clan proveía herramientas, ropa y alimentos a las poblaciones en aislamiento y, al mismo tiempo, informaba a las comunidades sobre los movimientos de los grupos aislados. De esta forma, tuvo un rol de mediador entre dos realidades opuestas, conviviendo en un territorio hostil. Esta labor “significó una profunda vulnerabilidad y riesgo para Epa, pues ambas partes esperaban fidelidad”, han indicado los expertos.   

El 13 de noviembre, el Ministerio de Cultura reportó la muerte de los cuatro miembros de esta familia mastanahua en contacto inicial. Los cuerpos fueron hallados en las proximidades de la reserva indígena Mashco Piro y el Parque Nacional Alto Purús, y permanecieron allí casi un mes, a la espera de que las autoridades puedan ingresar a la zona.

Muchas de las preguntas que le hice a Epa no fueron contestadas. Eran absurdas. Quería saber su edad, los años o períodos de los hitos de la vida que nos estaba narrando, el nombre del pueblo al que pertenecía, a qué otros grupos se enfrentó, cómo eran las rutas que recorría.

¿Cómo describir ese extenso manto verde impenetrable que nos rodeaba con palabras occidentales y no sentirse corta? ¿Y cómo hablar de rutas inhóspitas con alguien como yo que había necesitado de guías e intérpretes para llegar hasta él? ¿Qué utilidad alguna tenía para Epa y Janet sentarse conmigo, sin poder comunicarnos en un mismo idioma? Recuerdo haber pensado en todo ello y en mi incapacidad de entender la profunda dimensión de su relato épico. 

El hecho de aproximarse a la sociedad occidental (o lo que entendemos por ella) fue una gesta revolucionaria de parte del clan de Epa. Durante 20 años, ejerció un rol que intentó aproximar a dos mundos. ¿Habrá aprendido algo la sociedad peruana de ese acto transgresor y único en nuestra historia? El asesinato de esta familia me hace creer que no. En dos décadas, el Estado no pudo garantizar la protección de un pueblo en contacto inicial.