DESESPERACIÓN. El cierre de los locales nocturnos en Miami generó miedo e incertidumbre entre las mujeres trans y las drags que viven del negocio del entretenimiento.

Las sobrevivientes de una pandemia que silenció a Miami

Las sobrevivientes de una pandemia que silenció a Miami

DESESPERACIÓN. El cierre de los locales nocturnos en Miami generó miedo e incertidumbre entre las mujeres trans y las drags que viven del negocio del entretenimiento.

Foto: Eva Marie Uzcátegui /OjoPúblico

Por nueve meses, la fiesta en Miami Beach se apagó. Aquel paréntesis dejó sin ingresos a las mujeres trans latinas que se dedican al trabajo sexual y restringió el empleo a otras que se ganan la vida en diversos oficios. Recibir la ayuda económica que concedió el gobierno de Estados Unidos pudo haber sido su tabla de salvación. Sin embargo, la mayoría quedó excluida de ese beneficio por su condición migratoria irregular, algo que obligó a muchas a rebuscarse o a volver a las calles, a pesar del riesgo de contraer la Covid-19. La versión distorsionada del sueño americano. Este reportaje forma parte de “Resistencia trans en pandemia”, una serie periodística coordinada por OjoPúblico en América.

29 Agosto, 2021

Miami Beach exuda sexualidad. Se siente en los cuerpos descubiertos y esculpidos que exhiben sus calles. En el erotismo que desata sus ritmos caribeños. En la euforia de las drags queen sobre el escenario. Ese ambiente sin tapujos ha atraído a más de 214 mil personas LGBTIQ, lo que convirtió a este suburbio en la quinta comunidad gay más grande de Estados Unidos. Aquí, bajo el sol de Florida, llegaron para sentirse libres. Hasta que en marzo de 2020 se desató una pandemia y Miami dejó de ser un refugio para esta población. Más aún para las mujeres trans, quienes se quedaron sin sustento para seguirle el ritmo a una de las diez ciudades más caras del país.

Sin vuelos comerciales ni turistas, la fiesta en el sur de la Florida se acabó. Azúcar, un local nocturno que pone a mover a la comunidad LGBTIQ de Miami con el frenético sonido del reggaeton, cerró sus puertas durante nueve meses. De marzo a diciembre de 2020, sus llamativos shows de medianoche, en los que bailan drags ataviadas con lentejuelas y despampanantes mujeres trans, quedaron suspendidos. Lo mismo ocurrió con Palace, otro altar de la población gay, y hasta con Twist, la discoteca que frecuentaba el afamado diseñador Versace. “Pasamos mil vicisitudes”, cuenta Alexis Fernández, propietario de Azúcar y drag, conocido también como Marytrini. “Desespero, problemas económicos, necesidad, miedo. De todo un poco… Incluso, las mujeres trans que viven de sus cuerpos y cobran por sexo”. 

Yahima Ocon, Miami. Eva Marie Uzcátegui, 2021.

RED DE APOYO. Yahima Ocon es directora del programa trans de la ONG Survivor’s Pathway. Desde allí fue testigo del impacto que ha tenido la crisis sanitaria en las mujeres trans. 
Foto: Eva Marie Uzcátegui /OjoPúblico
 

Yahima Ocon es de origen nicaragüense. Llegó a Miami cuando tenía 9 años. Inició su transición dos décadas después para cambiar su apariencia. Hoy, ella trabaja como directora del programa trans de la ONG Survivor’s Pathway, donde le tocó ser testigo del impacto que ha tenido la crisis sanitaria en las mujeres trans. “Mi rol dentro de la organización era asistir a eventos para entregar volantes con información para la comunidad. De un momento a otro, tuve que ponerme a buscar donaciones de comida, ropa y equipos de seguridad para responder a las solicitudes que comenzaron a llegarnos de chicas trans que la estaban pasando mal”, comenta. 

Resulta difícil saber cuántas mujeres trans de la ciudad estuvieron en esa situación, pues el censo general en Estados Unidos rara vez pregunta la identidad de género. Un hecho que las invisibiliza. Sin embargo, The Williams Institute (un instituto de investigación que se centra en temas de orientación sexual e identidades de género, con sede en la Universidad de California) calcula que existe una población promedio de 10 mil trans latinos ­–entre mujeres y hombres– en Miami, si se considera que hay al menos 92 mil adultos latinos de la comunidad LGBTIQ en la ciudad (43 % del total de 214 mil registrados en el área metropolitana) y que la proporción de trans, o personas que no se sienten identificadas con el género que nacieron, suele ser de 11 %, según los patrones que maneja esa organización.

DIVERSIDAD. Miami reúne a 214 mil personas LGBTIQ. Se calcula que existe una población promedio de 10 mil trans latinos (entre mujeres y hombres) en el sur de la Florida.
Foto: Eva Marie Uzcátegui/ OjoPúblico

 

“Miami representa el paraíso para muchas chicas que han sido expulsadas de sus países por el hecho de ser transgénero”, dice Arianna Inurritegui, una abogada trans de origen peruano, que reside en Florida y dirige la ONG Arianna’s Center. “La ignorancia sobre este tema lleva a muchas a exiliarse para poder desenvolverse y desarrollar sus talentos. Lo sé por experiencia propia. En Perú, yo no hubiese llegado a ser lo que soy hoy, pues les cuesta entender que no toda persona transgénero nace para ser peluquera”, acota. 

Miami, en parte, les da la bienvenida. Les permite el cambio de género y nombres en sus documentos, con un simple proceso administrativo. Sin embargo, alcanzar una vida estable no resulta sencillo en Florida ni en ninguna parte del país por el efecto perverso de los prejuicios. La “Encuesta estadounidense trans” de 2015 (“U.S. Transgender Survey” o USTS), la más grande que ha investigado las experiencias de la población trans en el país y la única que se ha hecho hasta ahora, revela que una de cada seis participantes perdió un trabajo debido a su expresión de género en algún momento de sus vidas. Esa discriminación incide en que el índice de desempleo en este colectivo sea tres veces más alto (15 %) que el del resto de la población (5 %), según datos del mismo sondeo.

Miami representa el paraíso para muchas chicas que han sido expulsadas de sus países por el hecho de ser trans”, dice Arianna Inurritegui.

El mercado laboral en el sur de la Florida resulta ser un poco más favorable para la comunidad LGBTIQ en general. De acuerdo con cifras levantadas por The Williams Institute, el desempleo afecta a 9 % de la población gay, tan solo un punto porcentual por encima de la media heterosexual. El problema es que sus ingresos resultan insuficientes: 3 de cada 10 gana menos de USD 24 mil al año, cuando el ingreso promedio familiar para vivir en Miami debería ser de, al menos, USD 53.900 anuales.

No existen datos oficiales sobre la situación económica de las mujeres trans latinas en Miami. Menos aún, sobre las consecuencias que ha dejado la pandemia en este aspecto. Pero sí algunos indicios que revelan su precariedad. “Las prioridades para la población transgénero en la ciudad son el empleo, la vivienda y el acceso a un plan médico. Y lo que hemos visto es que algunas sobreviven con menos de 10 mil dólares al año”, afirma la abogada Arianna Inurritegui.

Esa descripción corresponde en especial a quienes están en condición migratoria irregular, pues ellas están condenadas a emplearse en el sector informal y a recibir ingresos por debajo del salario mínimo en Florida (USD 8,65 la hora). Esa vulnerabilidad empuja a muchas a dedicarse a la prostitución, donde obtienen entre USD 150 y 200 por cliente. El asunto es que la alta oferta ha depreciado el negocio del sexo y la pandemia terminó por devaluarlo.

VULNERABLES. La discriminación reduce las posibilidades de obtener un empleo formal para las mujeres trans.
Foto: Eva Marie Uzcátegui /OjoPúblico.

 

Marginación social

Meses pendientes de renta, desalojos, facturas vencidas de servicios y deudas en las tarjetas de crédito. Fueron los primeros signos de alerta de una economía desplomada por el virus, que causó estragos a todo nivel. En especial, entre las mujeres trans que trabajan en el sector informal y aquellas que se dedican al negocio del sexo en el sur de la Florida.

“Miami es una ciudad donde la explotación es alta. Al menos, 90 % de las mujeres trans que atendemos se dedican al trabajo sexual”, cuenta Yahima. “Al cerrar los aeropuertos, dejaron de venir turistas y eso afectó a las chicas que se dedican al trabajo sexual. Quienes tienen documentos podían optar a las ayudas económicas del gobierno, pero el resto no tenía la opción de dejar de trabajar. Así que se las ingeniaban para permanecer en la calle pese al toque de queda, a riesgo de contagiarse de Covid”.

Pero el negocio ya no era el mismo. Yahima explica que la caída vertiginosa de clientes obligó a muchas a acudir a burdeles clandestinos, donde recibían apenas USD 20 por un servicio. Ante esa situación, otras experimentaron con los portales de citas y servicios virtuales con contenido sexual como OnlyFans, que se popularizó en tiempos de pandemia. Solo que no todas estaban dispuestas a exponerse en internet.

“Hay muchas chicas a las que no les gusta publicar fotos o usurpar la identidad de otra para mostrarse en esas aplicaciones. De paso, había tanta competencia que no resultaban lucrativas. Las chicas tuvieron que bajar los precios y ser más flexibles”. 

Wendy Iriarte, Miami. Eva Marie Uzcátegui, 2021

ROMPER ESTIGMAS. Wendy Iriepa tiene un trabajo formal, que le permitió afrontar la pandemia con protección laboral.
Foto: Eva Marie Uzcátegui / OjoPúblico.

 

Esa merma en los ingresos desencadenó en otro problema mayor para las mujeres trans: el aumento de la violencia doméstica o intrafamiliar. “Ocurre que muchas mantienen a sus parejas y, al no llevar dinero a casa, las golpeaban. Otras, en cambio, tuvieron que regresar a donde sus padres al no poder pagar más la renta y enfrentar, de nuevo, situaciones de rechazo”, relata Yahima. Para muchas, volver a convivir con familiares transfóbicos significó un aumento de la violencia emocional y, a veces, hasta física.

“La pandemia ha puesto de relieve la falta de apoyo que tienen las personas LGBTIQ en comparación con las personas heterosexuales o cisgénero”, opina Cristian González Cabrera, investigador de los derechos de la comunidad LGBTIQ para Human Rights Watch. “Muchas personas heterosexuales o cisgénero, por ejemplo, pueden depender de sus familiares para obtener apoyo económico o emocional y superar tiempos difíciles. Algunas personas LGBTIQ crean ‘familias elegidas’ y comunidades para mantenerse. Pero muchas [mujeres trans] no tienen estas redes, lo que generó todo tipo de desafíos, incluidos psicológicos”.


Vivir con otro virus: VIH 

Wendy Iriepa es y ha sido siempre una excepción. Esta activista de tez morena, cabello lacio y contextura delgada se convirtió en la primera persona en hacerse una operación de cambio de sexo en Cuba, promovida por el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), que entonces estaba bajo la dirección de la hija del expresidente Raúl Castro. Tras esa osadía, protagonizó la primera boda de una mujer trans realizada en la isla, en agosto de 2011.

Su labor como defensora de los derechos humanos –tan pública como controversial– la llevó a salir de su país y, desde hace nueve años, vive en Miami. Nunca se ha dedicado al trabajo sexual porque cree que las mujeres trans tienen que conquistar otros espacios. Mantener esa determinación le permitió ser una de las pocas que afrontó la pandemia con protección laboral.“Yo estaba trabajando en un supermercado cuando se vino lo del Covid”, cuenta. “Nunca perdí mi puesto y mi esposo tampoco. A Dios gracias, pudimos ayudar a nuestras familias”, afirma Wendy, quien hace un mes se sumó al equipo de la ONG Survivor’s Pathway como trabajadora social.

Su rutina médica tampoco se vio trastocada. Las consultas pasaron a ser virtuales y su farmacia le envió por correo su dotación mensual de antirretrovirales para que no interrumpiera su tratamiento contra el VIH ni se expusiera a la Covid-19 en un centro de salud. Ella tiene un seguro médico privado que le suministra sus fármacos. Pero le consta que el programa de asistencia con medicamentos para el SIDA, conocido como ADAP por sus siglas en inglés, siguió funcionando pese a la emergencia. “Más bien tuvimos un caso de una persona que vendió sus antirretrovirales para poder subsistir”, apunta Yahima.

La ONG Survivor’s Pathway atiende a la semana alrededor de 30 solicitudes diversas de personas trans, relacionadas con defensa legal por violencia doméstica, temas de prevención de VIH y asesoría por abusos. Una cifra que, en tiempos de pandemia, subió a unos 50 requerimientos, incluyendo temas relacionados con desalojos, arrestos durante el toque de queda e inseguridad alimentaria, entre otros. 

Yahima hace memoria de esos primeros meses de la pandemia y afirma que la desesperación de algunas compañeras la llevó a ofrecer su casa como refugio durante dos meses. “El confinamiento no era una opción para muchas, porque el trabajo sexual es su sustento. Así que salieron a la calle y quedaron expuestas al Covid”, dice. 

Azúcar, Miami. Eva Marie Uzcátegui, 2021.

EN APUROS. Azúcar, un local nocturno de Miami, tuvo que cerrar sus puertas durante nueve meses. Lo mismo ocurrió con Palace y Twist. 
Foto: Eva Marie Uzcátegui / OjoPúblico

 

El confinamiento no era una opción para muchas, porque el trabajo sexual es su sustento”, explica Yahima Ocon.

El condado de Miami-Dade registra, hasta finales de agosto de 2021, más de 6.400 muertes a causa de la Covid-19. Sin embargo, se desconoce cuántas corresponden a personas trans —ni a mujeres trans—, porque en Estados Unidos no existen datos de mortalidad desglosados por identidad de género, según explica Kerith Jane Conron, directora de investigación de The Williams Institute. Pero se sabe que son una población de alto riesgo, porque tienen condiciones de salud preexistentes, que las hace más propensas a contraer el nuevo coronavirus. 

Así lo evidenció el estudio “Vulnerabilidades al Covid-19 entre adultos transgénero en los Estados Unidos”, que determinó que 319.800 adultos trans en este país (de un total de 1,4 millones personas LGBTIQ) tienen una o más de las siguientes condiciones de salud subyacentes: asma, diabetes, enfermedades del corazón y VIH. “Una parte sustancial de los adultos transgénero, aproximadamente 361.400, informan tener una salud regular o mala. Además, 278.000 adultos transgénero son fumadores actuales, lo que también aumenta el riesgo de enfermedad grave por Covid”, apunta la investigación. 

Sin embargo, las mujeres trans –y el resto de la comunidad LGBTIQ­– saben muy bien la amenaza que significa un virus. Ellas han tenido que convivir con el miedo latente del VIH, otra pandemia que ha matado a más de 36 millones de personas en el mundo desde que apareció, a principios de los años ‘80.

Su vinculación con esta enfermedad la han cargado como una cruz. Incluso, hoy siguen siendo señaladas por líderes religiosos y conservadores como las culpables de cualquier crisis que amenace al mundo, lo que ha generado mayor estigma y discriminación hacia esta población. Hasta el origen del Covid quisieron atribuirles, lo que movió a ONU SIDA a levantar la voz para frenar las acusaciones.

“Yo he vivido todo el tiempo en virus”, dice Maritza, una mujer trans de origen puertorriqueño, que migró hace un tiempo a Miami y ahora reside en Nueva York. “Yo terminé mi carrera de diseño de modas en el año ‘84 y dos años antes fue que comenzó lo del VIH. En ese entonces, una no podía tocar a la gente, pues no sabías quién te iba a infectar. No había información. Yo no podía usar alfileres para entallar, por miedo de que me puyara. Para mí fue traumático pasar esa etapa. Después de eso, la Covid es un juego de cartas”. Un “juego” que ella pudo sobrellevar confeccionando trajes desde la seguridad de su casa, solo que no todas corrieron con la misma suerte.