Una noche de noviembre pasado, un subteniente del Ejército acribilló con su fusil a tres cabos en una garita fronteriza de la Cordillera del Cóndor. El motivo del asesinato fue el hambre: los soldados habían tomado sin permiso las últimas raciones de arroz para prepararse algo de comer. Las víctimas eran jóvenes del pueblo awajún, cuyo heroísmo fue crucial en la guerra de hace veinte años con Ecuador. Ahora son parte de una escenografía del olvido que debería ser un escándalo.