HALLAZGOS. El antropólogo y geógrafo Gerardo Castillo realizó un estudio en Iquitos que buscó comprender sus dinámicas urbanas, problemáticas e imaginarios.
Más del 60% de la población amazónica vive hoy en ciudades. Aún así, las ciencias sociales conocen poco sobre las dinámicas de las urbes contemporáneas amazónicas, señala el antropólogo y geógrafo Gerardo Castillo Guzmán. De esa inquietud nació La ciudad y el río, un estudio centrado en Iquitos, capital de Loreto, que explora sus dinámicas urbanas, problemáticas e imaginarios.
La investigación, desarrollada entre 2022 y 2024 por el Grupo de Investigación Antropología de la Ciudad de la Pontificia Universidad Católica del Perú, que coordina Castillo Guzmán, se aproximó a Iquitos a través de las obras de Christian Bendayán, uno de los principales referentes del arte amazónico contemporáneo, y de Augusto Falconí, destacado fotógrafo desde la década de 1960.
A partir de sus imágenes presentadas al público, los participantes narraban recuerdos, experiencias y formas de relacionarse con la ciudad. Este trabajo se complementó con exhibiciones que también permitieron recoger testimonios espontáneos.
En los relatos aparece su relación con el pasado, especialmente con la época del caucho, a través de dos narrativas: una que evoca ese periodo como una “bonanza perdida” y otra que cuestiona esa visión al recordar que dicha prosperidad se sostuvo en la explotación de miles de personas.
También emerge su vínculo con el río, que surge como una experiencia cotidiana en retroceso: los testimonios evocan una ciudad donde bañarse, pescar o desplazarse por el río eran prácticas habituales que hoy disminuyen por la urbanización.
Los testimonios evocan una ciudad donde bañarse, pescar o desplazarse por el río eran prácticas que hoy disminuyen por la urbanización.
Ambas miradas, refiere Castillo Guzmán, reflejan tensiones entre pasado y presente, pero también se conectan con problemáticas actuales como el acceso limitado al agua, la falta de sistemas de saneamiento y la contaminación. Aunque el proyecto ha concluido, continúa con una segunda investigación enfocada en jóvenes de la Amazonía, así como con el desarrollo de un libro.
¿Por qué trabajar en Iquitos y no en otra ciudad?
No es posible entender Iquitos sin su relación con el río. La ciudad surge como puerto y su desarrollo económico, social y simbólico está ligado a ese vínculo: desde las prácticas cotidianas hasta los imaginarios, la arquitectura o las formas de habitar. Ahora, si bien el río estructura la vida urbana, en la actualidad las personas perciben que el río se degrada. Cada vez realizan menos prácticas en el río por la urbanización; donde antes se pescaba, ahora está cubierto por cemento y asfalto.
¿Hay interés en estudiar otras ciudades amazónicas?
Uno de los casos que se impone por su propio peso es Pucallpa, la otra gran ciudad amazónica de la selva baja. Desde Iquitos, se percibe que Pucallpa está mejorando, impulsada por actividades como la madera —en gran parte ilegal—, así como por el desarrollo de infraestructura, como carreteras y la hidroeléctrica.
Otra ciudad que nos interesa es Tarapoto. Allí observamos otras dinámicas, como el turismo —incluido el de sanación—, nuevos procesos de gentrificación, la compra de tierras por élites limeñas, y cambios en la escala de actividades como la agricultura y la ganadería. Por otro lado, resulta difícil comprender la dinámica de Iquitos sin considerar su relación con la triple frontera. Queremos entender las conexiones con esta zona fronteriza, incluyendo Leticia y Tabatinga.

Exposición. Como parte del proyecto, se realizó en Iquitos una muestra con obras de los artistas Augusto Falconi y Christian Bendayán.
Foto: Grupo de Investigación Antropología de la Ciudad de la PUCP
Sobre ese punto, ¿cómo ves el papel del narcotráfico, la minería ilegal y otras economías ilícitas en las ciudades amazónicas?
La configuración y el funcionamiento de las ciudades amazónicas contemporáneas no pueden ser entendidas sin las economías ilegales. Hasta hace 10 años, las élites iquiteñas no estaban directamente imbricadas en economías ilegales. Ahora ya lo están. Son élites que, por ejemplo, niegan la existencia de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario y promueven la eliminación de salvaguardas ambientales y sociales.
A diferencia del caucho, que implicó formas directas de explotación en poblaciones indígenas, hoy vemos una economía [como la minería y la tala] más extendida y compleja, donde distintos actores participan en distintos niveles. Además, hay una fuerte conexión entre lo formal e informal.
¿Por qué hay pocos estudios recientes sobre las ciudades amazónicas?
Una posible explicación tiene que ver con la formación universitaria en la Amazonía, que ha estado más orientada a educación y recursos naturales. Las ciencias sociales han tenido menor desarrollo. También influye el abandono estatal y el hecho de que muchas agendas de investigación han venido desde fuera, priorizando temas ambientales o globales.
Me parece importante, pero, en un contexto donde los fondos para investigar se han reducido, es difícil que se ponga en agenda temas como el deterioro de la gobernanza, de la sociedad, de la política y del ecosistema en su conjunto. Sin embargo, empiezan a surgir nuevas miradas, sobre todo desde jóvenes investigadores, que amplían los antiguos tópicos de investigación.
La configuración y el funcionamiento de las ciudades amazónicas no pueden ser entendidas sin las economías ilegales.
¿Tienes alguna referencia?
El investigador matsé Roldán Tumi está haciendo su tesis doctoral sobre el veneno del sapo. Su investigación comenzó desde la antropología tradicional y se centró en cómo se usa, quiénes lo usan y cuál es el contexto ritual, entre otros aspectos. Ahora, esa investigación ha ido más allá y plantea que, en un contexto de crecientes presiones por dinero, una de las pocas alternativas es el comercio de esta forma de sanación, como ocurrió con la ayahuasca. La cantidad de sapos ha disminuido y las prácticas han cambiado. Antes se raspaba la piel para extraer el veneno sin matar al animal; ahora eso ha cambiado completamente.
Lo interesante es que ya no se queda en el análisis ritual o terapéutico, sino que sitúa el fenómeno dentro de procesos más amplios marcados por presiones económicas y sociales. A mí me parece sumamente interesante y, en ese sentido, tengo esperanza de que los jóvenes desarrollen nuevas miradas. No se trata de abandonar los temas clásicos, sino de ampliarlos y conectarlos con otros procesos, como la construcción contemporánea de las ciudades amazónicas.
¿Por qué es importante estudiar hoy las ciudades amazónicas?
Loreto es una de las regiones con peores indicadores del país. Una de las más pobres, la menos competitiva, con altos niveles de corrupción, graves problemas de conectividad y bajos resultados educativos. Si uno revisa los indicadores, es una de las regiones a las que peor le va. Por eso necesitamos repensar qué entendemos por Amazonía y cómo estamos actuando sobre sus ciudades.
Además, debemos construir una nueva ciudadanía. Empezar a reconocernos como parte de estas ciudades y asumir que podemos tener cierta incidencia sobre ellas. Si seguimos dándole la espalda a la Amazonía —como ocurrió con los Andes—, será muy difícil construir una idea de pertenencia común en el país.
Finalmente, ¿hay elementos esperanzadores en tus hallazgos?
Hay una foto de Augusto Falconí de unos niños lustrabotas de Iquitos que miran a la cámara con complicidad, no hay miserabilismo. Entonces, a pesar de una orfandad evidente, también hay una mirada esperanzadora. Y no quiero caer en un voluntarismo fácil, pero tampoco en la idea de que es una sociedad sin salida cuando ves que hay jóvenes que, a través de distintas iniciativas, generan otras dinámicas.
Ahí están movimientos como Estamos en la calle, Berraco Fashion, el Muyuna Fest, Asociación La Restinga o el colectivo Tsiuni que nos muestran que hay solidaridad, optimismo, ganas de hacer. Por ejemplo, Yucas Bravas está formado por jóvenes que se enfrentan a patrones machistas. Entonces, desde los jóvenes, hay una apuesta por interpelarnos, por no quedarse anclados en esa ilusión perdida de la época del caucho.
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