Opinión10 Nov 2018

¿En qué país queda Lima Moderna?

Marco Avilés
Periodista
En medio de una época políticamente convulsa y con muchos conflictos sin resolver, el uso excluyente del término “moderno” aparece como producto de una sociedad centralista y fracturada, y oculta un hábito jerarquizante.

El economista y banquero Pedro Pablo Kuczynski puso en circulación una idea racista mientras fue Presidente del Consejo de Ministros. “Cambiar las reglas, cambiar los contratos, nacionalizar, es una idea que parte un poco de los Andes, lugares donde la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro”, dijo en la conferencia titulada curiosamente “Perú: desarrollo e inversión con equidad social”. Era el año 2006, y para el futuro presidente de 30 millones de personas, gran parte de estos ciudadanos sufría un problema biológico que les impedía entender la democracia.

Más de una década después, cuando ya era presidente de un gobierno debilitado por la corrupción, Kuczynski canjeó su supervivencia política por la libertad del exdictador Alberto Fujimori, condenado por homicidio calificado. Esta maniobra, que exigió el “cambio” de una sentencia, no fue vista como la expresión de un daño cerebral propio de las personas de origen europeo, como el ahora ex Presidente, sino como un signo de su astucia individual o de maquiavelismo.

Los habitantes de la sierra -a diferencia de los costeños- son considerados brutos solo por vivir en la sierra, una palabra conectada con lo indígena en su sentido más peyorativo. Lo indio es tosco es tonto es retrasado y, por extensión, toda la sierra peruana lo es. Decimos “serrano” no para denotar una procedencia sino para descalificar a quienes tienen ese origen.

La sierra y el serrano de hoy cargan con el viejo desprecio étnico del blanco hacia el indio. Esta ecuación radioactiva está impregnada en el lenguaje de todos los días.

En mi barrio, cuando jugábamos al fútbol, un amigo nos gritaba a los que teníamos mala puntería:

-Oe, pateas como serrano.

Si en el fútbol los serranos pateamos mal, en política, como afirmaba el expresidente, votamos mal. Somos antidemocráticos. La sierra supone inferioridad, precariedad, bestialidad. La costa, por el contrario, es el lugar de referencia que analiza el país y donde se crean discursos sobre las otras regiones. La costa es el centro. La sierra y la Amazonía son la periferia. La costa evoca poder y modernidad. La sierra denota sumisión, torpeza, inestabilidad. La sierra y el serrano de hoy cargan con el viejo desprecio étnico del blanco hacia el indio. Esta ecuación radioactiva está impregnada en el lenguaje de todos los días, desde los discursos de las élites políticas hasta los guiones de los programas populares de televisión:

-¿Quién te va violar a ti, serrana apestosa? -le gritaba un policía a la Paisaja Jacinta, el personaje del cómico Jorge Benavides.

El racismo es un lenguaje que promueve la supremacía de unos y la subordinación de otros.

 

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El racismo en el Perú ha sido una tragedia silenciosa durante casi toda la historia republicana. La antropóloga Marisol de la Cadena dice que ese rasgo comenzó a romperse de manera dramática cuando, a inicios de la década pasada, los ciudadanos empezamos a denunciar a las discotecas que nos negaban el ingreso con el clásico “esta es una fiesta privada”. Que ahora escribamos y hablemos tanto de racismo es un fenómeno inédito en la historia del país. Y es posible porque los ciudadanos hemos encontrado la manera de poner evidencias en la mesa. También porque hemos dominado el lenguaje para hacerlo.

Un ejemplo. A fines de agosto pasado, la Universidad Católica anunció en redes sociales la conferencia “Los andinos tienen conocimientos modernos”. El título de la charla tenía el tono de un descubrimiento, como si la modernidad en los Andes hubiera estado en duda, y expresaba de una manera sutil el prejuicio contra esa región del país. Organizaciones indígenas y profesores de la misma casa de estudios criticaron el evento y casi de inmediato la universidad lo canceló.

“Necesitamos cuidar más las palabras para no generar equívocos que lleven a pensar lo opuesto de lo que queremos afirmar”, decía la disculpa pública firmada por el antropólogo Luis Mujica. “Desde mi perspectiva, los conocimientos andinos tienen un carácter moderno, en la medida que las comunidades siguen buscando soluciones y alternativas (...)”.

Y colorín colorado.

¿Por qué la discusión sobre “Lima Moderna” no ha tenido un desenlace similar?

 

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El término Lima Moderna fue trending topic en Twitter durante el último sábado de setiembre. Ipsos Apoyo había publicado una encuesta sobre intención de voto en la capital, y allí Lima aparecía dividida en cinco sectores: Lima Este, Lima Norte, Lima Sur, Lima Centro y Lima Moderna, que agrupa a los distritos más pudientes como San Isidro, Miraflores y Barranco. La discusión en las redes sociales fue intensa y generó reflexiones, justificaciones, insultos. Si esa parte de Lima era llamada “moderna”, ¿quería decir que las otras cuatro no lo eran?

El término no es exclusivo de Apoyo. Lo usan encuestadoras, líderes de opinión y hasta oficinas del Estado. Tampoco es reciente. En el año 2011, la investigadora Teresa Cabrera ya señalaba en su blog Limamalalima que el término estaba mal empleado, pues atribuía solo a una parte de Lima un proceso que, curiosamente, había caracterizado la historia reciente del otro sector de la ciudad. Las Limas Sur, Este y Norte, antes llamadas conos, han sido escenario de un progreso económico, urbano y cultural sin precedentes en la historia del país. Como limeño que ha crecido allí y piensa desde allí, me pregunto: Si esa explosión no significa modernidad, ¿entonces qué es?

Lima y las maneras de nombrarla han cambiado desde que yo era un universitario que se ganaban la vida haciendo encuestas, a fines de los noventa. Entonces Lima era una ciudad tradicional con tres conos (sur, norte y centro), como una cabeza a la que le habían salido tres chichones gigantes. La palabra “cono” contenía un aire despectivo para nombrar a esos sectores nuevos, serranos, indios de la ciudad. Yo vivía en el cono Este, en una pequeña urbanización rodeada de cerros abrigadores, en San Juan de Lurigancho, llamada Mangomarca. En ciertos círculos, evitaba decir que venía de allí. Los conos no solo eran geografías sino espacios de inferioridad. Sectores subalternos a la Lima Tradicional.

Ahora los conos se llaman Lima. Pero la Lima Tradicional ha mutado también desprendiéndose de su sector más antiguo, el Centro, para adquirir un nombre que no expresa una geografía como las demás sino una jerarquía. No es norte, ni centro, ni este, ni sur. Es Moderna.

Las Limas Sur, Este y Norte, antes llamadas conos, han sido escenario de un progreso económico, urbano y cultural sin precedentes en la historia del país. Si esa explosión no significa modernidad, ¿entonces qué es?

El economista y matemático Hugo Ñopo graficó esta incoherencia en su cuenta de Twitter: “Es problemática la partición geográfica de Lima p/ análisis estadístico donde una de las categorías es ‘Lima moderna’. Es como que en una clasificación de colores una categoría se llame “alegre”. Se le puede dar significado pero no está inequívocamente definido”. Como pasó con la conferencia de la Católica, aquí la palabra “moderna” genera lecturas contradictorias. En la clasificación de las encuestadoras, no existen cinco Limas. Siguen habiendo solo dos: una Lima central y una Lima periférica; de la misma manera que hay un Perú central (limeño, urbano) y otro profundo o periférico o provinciano.

Esa jerarquización de la sociedad (centro-periferia) se trasluce en una columna reciente de Alfredo Torres, analista y directivo de Apoyo:

“En Lima se encuentra la mayor parte de la población con educación superior y en actividad formal. Por eso, es más probable que sus electores apoyen candidatos más preparados y que lleven a la modernización del país. Inversamente, sobrerrepresentar a otras regiones aumentaría el riesgo de que personas menos preparadas o representantes de actividades informales o incluso ilegales lleguen al Senado”.

Este razonamiento supone que las provincias y las realidades “periféricas” necesitan ser guiadas por un centro “educado”, “moderno”, en una relación jerárquica, no de ciudadanías equivalentes. Es el magma del centralismo republicano y, en ese esquema paternalista, es imposible plantear la igualdad. Culpamos al pobre y al menos educado de las fallas del sistema, y este recurso impide o dificulta la crítica de ese sistema.

El uso excluyente del término “moderno” es producto de una sociedad centralista y fracturada, y oculta un hábito jerarquizante.

Un ejemplo. Según un estudio de Mapcity, en el año 2014 San Isidro tenía ocho veces más policías por vecino que San Martín de Porres. ¿Qué significa esto? Si en San Isidro hay menos delincuencia que en otros distritos, esto no es una consecuencia directa de que sus vecinos tengan más dinero o mejor educación. Se debe también a que el Estado invierte más recursos en la seguridad de sus vecinos que en la de ningún otro distrito. Es un tipo de discriminación. Estructural. Por default.

Volviendo a “Lima Moderna”, algunas personas confían en que el término es correcto porque lo usan varias empresas y está validado dentro del gremio de investigación de mercados. Que se use no quiere decir que sea necesariamente correcto. Que lo usen muchos tampoco.

Varios ojos pueden estar perfectamente ciegos a un problema, como se vio hace una semanas cuando la compañía Saga decidió sacar de circulación un comercial que reproducía prejuicios contra los afroperuanos. Una chica blanca daba a entender que su compañera afrodescendiente olía mal, pero a pesar de sus diferencias y gracias a un colchón atrapa-olores ambas chicas podían ser buenas amigas. ¿Cómo un comercial había pasado por tantas miradas y filtros, entre la empresa y sus agencias, sin que nadie se diera cuenta de su contenido? Con Lima Moderna ocurre algo parecido.

El uso excluyente del término “moderno” es producto de una sociedad centralista y fracturada, y oculta un hábito jerarquizante. Una idea para paliar este problema podría ser que las empresas incorporen dentro de sus procesos creativos la crítica que ahora muchos ciudadanos plantean. Esta discusión sobre lo discriminatorio o prejuicioso que puede ser un término o producto tendría que producirse antes de que ese producto o mensaje llegue al mercado. No después.

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