Emergencia en Arequipa: el desastre es prevenible y aún no hemos podido adaptarnos

Emergencia en Arequipa: el desastre es prevenible y aún no hemos podido adaptarnos
Estelí Vela

Investigadora en gestión de riesgos

Cuatro personas han fallecido y el número de afectados superan los miles por la emergencia en Arequipa. ¿Pero por qué los eventos climáticos continúan generando estos daños ante la débil respuesta del Estado? "Para entender lo que ocurre en una ciudad como Arequipa cuando llueve, hay que aprender a seguirle el rastro al agua. Y ese rastro comienza en los volcanes", sostiene la autora, investigadora especializada en gestión de riesgos y planificación territorial. Alerta que la ciudad no tiene actualmente un Plan de Prevención y Reducción de Riesgos vigente.

SIN PLAN. La autora señala que actualmente la Ciudad Blanca no cuenta con un Plan de Prevención y Reducción de Riesgos vigente.

SIN PLAN. La autora señala que actualmente la Ciudad Blanca no cuenta con un Plan de Prevención y Reducción de Riesgos vigente.

Foto: Gobierno Regional de Arequipa

Las recientes lluvias en Arequipa nos han dejado, según el último reporte de Indeci, cuatro fallecidos, más de 4.231 personas afectadas, 469 viviendas dañadas, 125 kilómetros de vías destruidos y 8 puentes colapsados en 24 distritos. Pero, quizás, el daño más profundo sea la constatación de que el desastre es prevenible y aún no hemos podido adaptarnos.

Para entender lo que ocurre en una ciudad como Arequipa cuando llueve, hay que aprender a seguirle el rastro al agua. Y ese rastro comienza en los volcanes. La lluvia desprende flujos de masas llamados lahares que son canalizados por quebradas que llamamos “torrenteras”.

Sin embargo, en las partes altas de Cayma, Mariano Melgar o el Cono Norte, el agua encuentra un suelo endurecido, impermeabilizado por décadas de ocupaciones sin planificación, que siguen expandiéndose. Encuentra minas de cascajo, relleno y desmonte que arrastra aguas abajo. En la parte media, halla quebradas donde antes había vegetación nativa capaz de retener y filtrar, pero hoy solo hay cemento.

El agua que se abre camino no entiende de distritos ni de límites administrativos.

El agua, entonces, comienza a acumular no solo caudal, sino también memoria de lo que encuentra a su paso. El agua que se abre camino no entiende de distritos ni de límites administrativos. No pregunta si la vivienda que inundará fue construida "formalmente". El desastre nos afecta a todos.

Aunque a veces prefiramos pensar que el problema es de "esos otros" que viven donde no deberían. Ese discurso que culpa al invasor –que linda con la discriminación y el racismo– nos impide ver la naturaleza interdependiente del riesgo. 

El reporte de Indeci lo gráfica. La quebrada Chullo, que se activa en Alto Cayma, inunda Yanahuara y Sachaca. La quebrada Los Incas, que se activa en la parte alta de Mariano Melgar, inunda el Terminal Terrestre en José Luis Bustamante y Rivero. El desastre nos conecta. 

El problema de unos es, inevitablemente, el problema de todos.

La ausencia de áreas verdes en la parte alta, la depredación de la campiña y las avenidas de cemento en la parte media, desbordan en la parte baja. Un buzón colapsado, un puente que actúa como un dique, puede desviar el flujo hacia una zona que nunca antes se había inundado. El problema de unos es, inevitablemente, el problema de todos.

Pero el agua también nos da pistas sobre el camino a seguir.

La primera pista es reconocer porqué bajo las actuales canalizaciones, el agua no se ralentiza; al contrario, cobra fuerza impactando las partes bajas. El cemento no es la única solución y, con frecuencia, es parte del problema. Construir un by-pass de puro cemento, sin drenaje, con estos niveles de lluvia, es diseñar una inundación y peligro. Por eso cobra especial relevancia la recomendación de Ingemmet de arborizar las faldas del volcán Chachani. La vegetación nativa retiene, filtra, ralentiza. Esa es una forma de ingeniería preventiva.

La segunda pista tiene que ver con lo que el agua arrastra, el gran tema que todos nos rehusamos a ver. ¿Cuál es la dimensión real del problema de la basura, desmonte y cascajo en quebradas y torrenteras? No lo sabemos porque carecemos de un estudio similar. Solo en diciembre del 2025 la Municipalidad Provincial de Arequipa retiró 130 toneladas de cuatro torrenteras (Chullo, San Lázaro, Venezuela y Los Incas). Por eso urge una política coordinada e intermunicipal de gestión de residuos, que sea preventiva y no solo reactiva en época de lluvias.

Construir un by-pass de puro cemento, sin drenaje, con estos niveles de lluvia, es diseñar una inundación y peligro.

Pero la tercera pista es la más reveladora. Si existe todo este conocimiento técnico, ¿por qué no se aplica? ¿qué está fallando? Estas preguntas pueden hacer pensar que el problema es solo político.

Sin embargo, ¿cómo se aprobaron las licencias y estudios para construir colegios, universidades u hoteles en zonas de riesgo? Los instrumentos técnicos no son indiscutibles, son sujetos de presión y disputa. Un claro ejemplo es la aprobación del Plan de Desarrollo Metropolitano de Arequipa 2026-2045, que aún no ha sido aprobado y actualmente enfrenta más de 1.800 observaciones ciudadanas. Las presiones inmobiliarias y otras, que surgen incluso disfrazadas de discursos modernizadores, chocan contra la necesidad de respetar la campiña y las zonas de riesgo. 

Actualmente, a nivel provincial no tenemos un Plan de Prevención y Reducción de Riesgos vigente. El anterior ya caducó y en enero de este año aún no se había iniciado el proceso para actualizarlo. Esto es la constatación más crítica: la prevención no está en el centro de nuestra gestión pública ni de nosotros como ciudadanos.

Sin embargo, las lluvias no son nuevas para Arequipa. Somos capaces de adaptarnos y tenemos la oportunidad de hacerlo. No se trata solo de limpiar el lodo o seguir construyendo muros que no resistirán, sino de crear esfuerzos integrados, de asumir nuestra responsabilidad y recordar que la arborización no es solo paisajista, sino la memoria viva de que Arequipa fue la ciudad que supo convivir con el río y el volcán.

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