RETRATOS. La familia Soncco Quispe conserva en un altar los retratos de su hijo mayor, José Luis, el policía que murió en Juliaca el 10 de enero de 2023.

Soncco Quispe: el policía que honraba a su padre y a su madre

Soncco Quispe: el policía que honraba a su padre y a su madre

RETRATOS. La familia Soncco Quispe conserva en un altar los retratos de su hijo mayor, José Luis, el policía que murió en Juliaca el 10 de enero de 2023.

Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

Hace casi un año, el martes 10 de enero de 2023, el cuerpo quemado del policía José Luis Soncco Quispe fue encontrado al lado de su patrullero en la zona conocida como Tambopata, en la ciudad de Juliaca. Un día antes, 17 civiles habían fallecido y decenas de manifestantes habían resultado heridos por la represión policial a las protestas contra el Gobierno. El hallazgo generó múltiples especulaciones sobre su muerte. Estas son más conocidas que su nombre o su vida misma. Tenía 29 años, era el mayor de siete hermanos y el único profesional de una familia campesina del distrito de Yanaoca, en la provincia de Canas, en Cusco. Aquí, su historia a través del recuerdo de su familia.

7 Enero, 2024

Actualización: 7 de enero de 2024 - 9:30 a.m.

 

Me he soñado cuchillo, sangre, así; ¿qué será…?”, le dijo el policía José Luis Soncco Quispe a su madre días antes de morir. De lunes a viernes, siempre alrededor de las ocho de la mañana, antes de ingresar a su trabajo en la Unidad de Emergencias, la llamaba por celular desde Juliaca, una ciudad puneña a ocho horas en auto desde la comunidad campesina Ccolliri, Cusco, en la que creció y en la que aún vive su familia.

—Para nosotros, soñarse cuchillo es traición —cuenta Eulogio Soncco Tacusi, su padre. En esos primeros días de enero de 2023 también él sentía sueño todo el tiempo. Wañu, dicen en quechua: un sueño intenso e inusual que anuncia la muerte de algún familiar. 

Hacia las siete de la mañana del martes 10 de enero del año pasado, la familia Soncco Quispe se dispuso a desayunar. Estaban cansados por el trabajo de esos días en la chacra, ubicada en el valle sur de la región Cusco, y se levantaron más tarde de lo habitual. El día estaba nublado, como suele ser en época de lluvia. Cocinaron una sopa con los productos que cultivan y la señora Nicolasa Quispe Choqueneira empezó a servir los platos. 

La radio, recuerda Eulogio Soncco Tacusi, estaba sintonizada en una emisora local que informaba sobre lo que había pasado un día antes en Juliaca: las protestas ciudadanas, los enfrentamientos en el aeropuerto, los 17 civiles muertos a causa de la represión policial, los saqueos en un supermercado y las decenas de heridos. Uno de ellos, Brayan Apaza Jumpiri, un adolescente de 15 años, estuvo internado en el hospital durante tres días y murió el 12 de diciembre. 

En ese momento, Soncco Tacusi recibió una llamada de su padrino de matrimonio que les hizo saber lo que la radio aún no reportaba: 

—Ahijado, dice su hijo se ha fallecido. 

Esa madrugada, el cuerpo de José Luis, de 29 años, había sido encontrado calcinado junto a su patrullero —también quemado— en la zona conocida como Tambopata, en la ciudad de Juliaca. Los vecinos del lugar grabaron y publicaron los primeros videos: alguien había colocado sobre los restos una cartulina blanca con letras que decían “Dina asesina”, en referencia a la presidenta Dina Boluarte.  

Ningún padre imagina —ni advertido por los sueños— que su hijo morirá de la manera en que lo hizo José Luis. 

—Me he quedado sorprendido. Porque él estaba normal, tranquilo, trabajando, no se estaba enfermando, entonces quién va a pensar que va a pasar esa cosa.

José Luis con sus padres en el día de su graduación_Alba Rivas_OjoPúblico

RECUERDO. Nicolasa Quispe Choqueneira, madre de José Luis, sostiene la foto del día de graduación de su hijo mayor. Él era el primer profesional de la familia.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

 

Luego de enterarse de la noticia, se reunieron en el centro del patio: el matrimonio y cuatro de sus hijos. Lloraron. Quisieron ir a Juliaca, hasta el lugar de su muerte, “a su lado”, pero las carreteras estaban bloqueadas por las comunidades de alrededor, que protestaban contra el gobierno de Dina Boluarte y pedían, entre otras demandas, su renuncia y el cierre del Congreso. 

Dejaron todo como estaba —los platos con la comida servida, la radio prendida— y fueron hasta la comisaría del distrito cusqueño de Yanaoca, a media hora de camino. Hacia las ocho de la mañana, la hora en que José Luis solía llamarlos, los jefes policiales les indicaron que esperen, que la institución y el gobierno se encargarían de trasladar el cuerpo hasta la ciudad del Cusco.  

La familia volvió a su casa. En el espacio que funcionaba como sala armaron un altar con fotos que permanecen hasta ahora. Velaron su ropa: su pantalón en el lugar de las piernas, su polo en el lugar de su pecho y sus brazos. La simulación de su cuerpo hecho de telas. Por la tarde, hacia las cuatro, llovió, mientras familiares y miembros de la comunidad llegaban a la casa. 

A las dos de la mañana —para evitar cruzarse con los manifestantes, que se movilizaban y cuidaban los bloqueos durante el día—, un patrullero los recogió y los trasladó a la ciudad del Cusco, a tres horas en auto, normalmente. Entre piquete y piquete hicieron varios trasbordos de vehículos. Así, en siete horas, llegaron a la ciudad para recibir el ataúd de su hijo.  

Ningún padre imagina —ni advertido por los sueños— que su hijo morirá de la manera en que lo hizo José Luis". 

La madrugada del 12 de enero, tras permanecer tres días en coma en un hospital de Juliaca, había muerto Brayan Apaza Jumpiri, un adolescente de 15 años que recibió el impacto de un proyectil de arma de fuego en la cabeza. Esa misma tarde, los 17 civiles asesinados durante la represión policial del 9 de enero fueron enterrados. Algunos en los cementerios de Juliaca, y otros en los de sus propios pueblos. Por la mañana, en Cusco, el cuerpo de José Luis era recibido por su familia y otros policías en la sede de la Macro Región Policial. 

Allí se hizo una ceremonia. Un batallón de policías, de pie frente al ataúd en el patio rectangular, y la familia, sentada en fila junto a los superiores. Los honores institucionales como estaban estipulados. La voz del cura que oficiaba la liturgia se intercalaba con la del oficial que daba las órdenes de atención, descanso o saludo con las armas al batallón. 

Luego de la misa, dos oficiales desataron la bandera que envolvía el ataúd y un coronel se la entregó a la madre del joven. Le dio el pésame de parte de la Policía. 

—Reciba, mamá, esta bandera que representa al Perú y al sacrificio brindado por su hijo —le dijo. 

Esa bandera, que representa al Perú, está ahora bajo tierra, enterrada junto al cajón de José Luis. 

José Luis, de 29 años, había sido encontrado calcinado junto a su patrullero".

A la salida del lugar, mientras el ataúd era colocado en un auto para su traslado, la prensa local interrogó a la familia. Eulogio respondió

—No sé qué podemos decir, [Dina Boluarte] no nos hace caso a la población, por culpa de esa presidenta hasta nosotros, entre peruanos, nos estamos matándonos (...) Pido justicia, en primer lugar, y que se investigue a quién ha hecho a ese extremo a mi hijo José Luis Soncco Quispe. Mi hijo José Luis Soncco Quispe era como mi padre, el sostén de mi familia.

Luego, le preguntaron sobre su última conversación con él. Respondió que fue un día antes de su muerte, el domingo, a las siete de la mañana. Su hijo le dijo que el paro iba a ser fuerte en Juliaca, les recomendó que se cuiden. 

Otro periodista preguntó: 

—¿Para usted debería irse la señora presidenta? 

Entonces, un policía interrumpió:

—Señores de la prensa, disculpen, creo que hay que respetar el dolor de los familiares. Agradecemos… ya se les ha respondido varias preguntas. 

En esos días, la prensa, el gobierno, la institución policial y los ciudadanos que se manifestaban buscaron de los familiares de José Luis una frase, una declaración, algún gesto, alguna palabra que reafirmara su propia posición sobre el contexto del país. 

La familia volvió ese mismo día a su comunidad llevando el ataúd. Se detuvieron en cada comisaría que había en la ruta para que otros policías rindan homenajes. Ahora, Eulogio también recuerda que el domingo 8 de enero, mientras hablaba por teléfono con su hijo, él le dijo: “Papá, como mañana es el día que me he internado”. 

Un aniversario: José Luis se había internado en la Escuela Técnica de la Policía en la misma fecha en que —exactamente siete años después— moriría: un 9 de enero. 

 

“Le gustaba siempre ser policía”

En el año 2016, tras prepararse durante tres ciclos, José Luis Soncco Quispe empezó a estudiar para graduarse como oficial en la Escuela de Educación Superior Técnico Profesional Alférez PNP Mariano Santos Mateos, en Huaro, un distrito a dos horas de su comunidad, en el Cusco. 

En sus fotos de esos años está casi siempre serio, junto a sus compañeros o su familia. Cada seis meses los estudiantes ascendían y debían elegir a una persona para que les pusieran el grado en la ceremonia. Él siempre escogía a su madre. 

En los fines de semana podía salir de la Escuela. José Luis volvía a Ccolliri y, allí, los domingos, pintaba y dibujaba. Uno de esos dibujos se ha quedado en la sala de la familia que, ahora, funciona como espacio de memoria. Es un dibujo de José de San Martín en lápiz y cartulina.  

En otra de las paredes, el afiche original de José de San Martín está al lado de las fotos que la familia ha colocado tras la muerte de José Luis. José de San Martín está de perfil y pareciera que observa el cuadro pintado en óleo de José Luis Soncco. Son dos Josés sobre la pared. Ambos con uniformes, ambos llamados héroes. Uno recordado por los peruanos por su vida y, el otro, sólo por su muerte. 

La habitación tiene, también, otros objetos que referencian el carácter de los Soncco Quispe. A la izquierda, decenas de afiches de fútbol llenan por completo la pared. Frente a la puerta, cinco certificados de la estrategia familiar Allinta kausani kallpaywan, que reconocen a la casa de la familia como ‘un ejemplo importante en la comunidad’. Eulogio es albañil y Nicolasa se dedica al trabajo doméstico. Con esos ingresos, sumados a la venta de los productos que cultivan, educaron a sus siete hijos.

Todos ellos —incluido José Luis— estudiaron inicial, primaria y secundaria en un jardín y un colegio del distrito de Yanaoca, en Cusco. Cuando terminó la secundaria, él empezó a estudiar maquinaria pesada en un instituto en la ciudad de Sicuani. Tras un año, decidió dejar sus estudios y prepararse para la Policía porque —según su familia— era lo que realmente quería hacer. 

José Luis se había internado en la Escuela de la Policía en la misma fecha en que —exactamente siete años después— moriría". 

Sus cuatro hermanos varones siempre lo siguieron. Dicen que era su buen ejemplo. Por eso, cuando empezó a prepararse en la academia para postular a la Policía, Julio César, el segundo, se fue a vivir y estudiar con él. En 2012, la familia alquiló una habitación para los dos mayores en Sicuani. 

Sobre ese tiempo, Julio recuerda que entraban a la academia a las ocho de la mañana, almorzaban en las dos horas libres al mediodía, y salían a las siete de la noche. Cenaban, estudiaban hasta las 11, y se turnaban para hacerse preguntas del balotario de admisión. Uno preguntaba y el otro respondía. Luego, intercambiaban roles. Los fines de semana volvían a la casa de sus padres, en Ccolliri. 

Tras dos años, ninguno había logrado ingresar. Entonces, José Luis les dijo a sus papás que en la academia estaban repitiendo lo que ya les habían enseñado. Les pidió que, para ahorrar, sólo le compren los libros. Así ya no pagarían el alquiler en Sicuani ni las pensiones en la academia. Él estudiaría en su casa. 

En noviembre de 2015, después de ocho meses de evaluaciones, José Luis ingresó a la escuela de policías. Su hermano menor, Julio, no pudo postular. 

Todas las personas que lo conocieron coinciden en que no le gustaba tomar. El 1 de enero de 2018, en el día de su graduación, la familia lo acompañó en la ceremonia de la escuela y, por la tarde, hicieron una fiesta en su casa: era el primero de toda la familia de agricultores que lograba tener un título profesional. 

—A veces los visitantes quieren tomar cervecita. Ellos estaban tomando, pero mi hermano no. A él no le gustaba —recuerda Julio. 

Al día siguiente, el joven se levantó de madrugada y se fue a la escuela: era su día de asignación. La institución lo mandó al mismo lugar donde, años antes, se había preparado: Sicuani; luego, a Santo Tomás y, finalmente, a Juliaca. 

La familia dice que José Luis nunca les hizo sentir vergüenza. Ellos hablan de él con orgullo".

Cuando José Luis los visitaba, sus padres lo veían llegar por el camino de tierra, alto y con su uniforme verde. Eulogio recuerda que, desde tercer año de secundaria al ver a los policías del pueblo, él le decía:

—Papá, yo también quiero ser policía. Algún día siquiera vestiré aquel uniforme de la Policía.  

Eulogio parafrasea las remotas palabras que José Luis le decía hace casi 10 años. Luego, imponiendo la sintaxis producida por la mezcla del quechua y el castellano, agrega: 

—Le gustaba siempre ser policía. 

La oración, conjugada de esa forma, hace pensar que José Luis siempre fue policía, incluso antes de prepararse, incluso antes de estudiar en la escuela, incluso antes de vestir el uniforme. Y que, en todos esos momentos, le gustaba serlo. 

 

Un hijo recto

El camino principal más cercano a la comunidad de la familia Soncco Quispe, en el Cusco, conduce a Tungasuca, allí donde está la casa de Túpac Amaru, el que lideró —junto a Micaela Bastidas— una de las mayores rebeliones indígenas contra el virreinato español. 

Todas las comunidades campesinas y distritos de ese lugar están llenos de referencias a ese movimiento libertador. Sus plazas, sus parques, los nombres de sus calles, los nombres de sus colegios y escuelas. En el centro de la plaza de Yanaoca, por ejemplo, hay un monumento de unos cuatro metros de Túpac Amaru y una casa pintada que dice “Canas, a su hija emblemática”. 

Toda esa zona es una gran pampa verde, un valle atravesado por el río Vilcanota, uno de los principales del país, y las familias se dedican, en su mayoría, a la agricultura y la ganadería. La comunidad de Ccolliri tiene 90 familias. Una de ellas es la Soncco Quispe.

Su casa está al lado de un gran humedal. De allí, José Luis y sus hermanos recogían pasto para alimentar al ganado después de volver de la escuela. Luego, todos los varones y seguidos en edad, se iban a jugar fútbol.

Humedal cercano a la casa de la familia Soncco Quispe_Alva Rivas

CANAS. Humedal cercano a la casa de la familia Soncco Quispe. La mayoría de familias de la zona se dedican a la agricultura y la ganadería.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

Monumento de Túpac Amaru en la plaza principal de Yanaoca_Alva Rivas

TUPACAMARINOS. Monumento de Túpac Amaru en la plaza principal del distrito de Yanaoca. El camino más cercano a la casa de la familia Soncco Quispe conduce a Tungasuca.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

 

Sus padres se habían conocido a inicios de los 90, en la provincia de Quillabamba, en la selva del Cusco, mientras trabajaban cultivando y cosechando café. Estuvieron un año y medio allí y, luego, volvieron a Ccolliri, de donde eran oriundos los padres y abuelos de Eulogio. Nicolasa era de un lugar cercano también, de la comunidad de San Andrés de Chaccaya. 

Trabajaron en la construcción de su casa y, desde entonces, nunca dejaron de hacerle mejoras. Mientras la construían, en 1993, nació José Luis en la cocina de leña de su abuela, con la ayuda de parteras de la comunidad.  

La casa está rodeada por un muro de adobe. La puerta principal da a un primer patio abierto al cielo y, al entrar, lo primero que uno se encuentra es una planta de ruda, para la buena suerte y para ahuyentar a los malos espíritus. 

En la esquina derecha de ese patio hay un corral techado para las vacas y las ovejas. La familia vende el ganado, pero también lo ordeña para autoconsumo. En la otra esquina, la izquierda, hay una habitación que funcionaba como sala y, ahora, tras la muerte de José Luis, es el espacio que ocupan sus retratos. 

Hay, también, un pequeño jardín de plantas hacia el muro que da al segundo patio. En esa pared de adobe estucada con yeso y pintada de dos colores, escrito con pintura azul, unas letras dicen “Bienvenidos a la familia Soncco Quispe”. 

Una traducción al español de esos apellidos quechuas sería ‘Corazón Brillante’ o ‘Corazón Transparente’. Qispi: ‘que deja pasar la luz’. La casa es así; brillante, transparente. Se ve más allá de sus objetos. Todo está ordenado y señalado con letras que lo indican.

En sus últimos días, José Luis ascendió a suboficial de segunda".

Alrededor del segundo patio, sobre las puertas, está indicada cuál es la cocina, el almacén, el baño, cuáles los dormitorios. Sobre una de las puertas, la de “productos” —donde la familia guarda la comida y los granos cosechados— permanece una pequeña escultura ovalada de un santo hecho en yeso. José Luis la hizo en el colegio. 

Hay un árbol pintado en la pared de la cocina. Es un árbol de valores. En sus ramas están la honestidad, el respeto, el amor, el orden, el trabajo. Todos aquellos que la familia inculcó a sus hijos desde pequeños. Dicen que árbol que crece chueco no se endereza. Y al revés. 

Un día —la familia no recuerda con claridad si en 2021 o 2022— José Luis les contó que había peleado con su jefe, Anthony Herrera Choquehuanca, porque este le había ordenado, mientras patrullaban, que se bajase del carro para ir a recibir una coima. 

Herrera Choquehuanca era el jefe de la Unidad de Emergencias (Uneme) de Juliaca. Hasta fines de 2023, tenía siete años de servicio en la institución policial. Luego de la muerte de José Luis, fue citado como testigo en el contexto de la investigación preliminar y fue reubicado en Lima, como instructor en la Escuela de Oficiales de la Policía de Puente Piedra.

—Habían ido así, en patrullero, habían salido a intervenir. Entonces, su jefe quería recibir una cantidad muy fuerte de dinero, y a mi hermano le había dicho: “tú corre, corre a recibir” y mi hermano no había aceptado: “a mí no me metan”, eso me ha dicho mi hermano. “Le he mandado a la mierda”, disculpe la palabra, así me ha dicho. Esa fecha mi hermano se había venido. Ellos habrán recibido o no, no sé. A los superiores no más les ha dejado. Recto era José Luis. No le gustaba nada de eso —cuenta Julio.   

Su madre recuerda que el joven policía estaba muy molesto por ese hecho. También le contó que muchos de sus compañeros no querían trabajar con él. 

—Ya no querían trabajar con mi hijo en su unidad. Su jefe les había dicho “con Soncco van a trabajar”, [y sus compañeros decían:] “¿con Soncco?, ¿con Soncco?, aaaay, ¿con Soncco?”, porque no les dejaba trabajar como ellos querían. 

En sus últimos días, José Luis ascendió a suboficial de segunda y le dijo a su padre que, desde entonces, sus compañeros de promoción y sus “antiguos” [superiores y policías con más años de servicio] no le tenían buena voluntad. Eulogio Soncco recuerda las palabras de su hijo contándole: 

“Se han vuelto medio idiotas. ‘Oye Soncco, ni modo, por tu grado te respetaremos’, así me están diciendo. Cuando les hablo, me escuchan de mal gusto”. 

El exjefe de José Luis, Anthony Herrera Choquehuanca, se negó a dar declaraciones a OjoPúblico respecto al presunto cobro de coimas. 

Dos de sus compañeros de trabajo, que pidieron mantener en reserva sus identidades, recuerdan a José Luis como alguien muy “reservado”, “serio” y “solitario”. 

Sus hermanos dicen  que era “muy recto”. 

—No recibía nada. Me contaba siempre: “cuando intervienes a los chóferes, te quieren dar 20 soles, para tu almuerzo”. Mi hermano no quería recibir nada de eso, así era. 

Eulogio Soncco Tacusi, su papá, siempre se lo advertía: 

—A ver hijo, por 20 soles que te boten, a ver. Te van a botar y ¿dónde vas a llegar tú? Siempre, necesariamente, vas a llegar a nuestra casa. Y la gente de nuestra comunidad qué te va a decir “ese Soncco se ha hecho botar por coimero”. Así te van a decir, y toda la familia vamos a quedar así, en vergüenza. 

La familia dice que José Luis nunca les hizo sentir vergüenza. Ellos hablan de él con orgullo. Eulogio y Nicolasa dicen algo que parece obvio para dar garantía a su certeza sobre el carácter recto de José Luis: que son los padres quienes mejor conocen a sus hijos. 

Casa de la familia Soncco Quispe_Alba Rivas

HOGAR. Entrada al segundo patio de la casa de la familia Soncco Quispe en Ccolliri, Cusco.  
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

Árbol de valores_Flia Soncco Quispe_Alba Rivas

VALORES. Árbol pintado en la casa de la familia Soncco Quispe.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

 

 

“Mi hijo es como mi padre”

No todos los jóvenes que tienen 29 años y viven lejos de sus padres mantienen comunicación constante con su familia. José Luis sí. Cuando llamaba cada día a su madre le preguntaba si estaba bien y qué estaba haciendo, le pedía que cocine, que coma bien, que se cuide.

—Sobre todo se preocupaba de nuestra alimentación. “Mamá van a comer bien”, “cuídate mami”, así me decía. Cuando cobraba siempre nos enviaba. “Con eso, mamá, cómprense, por lo menos, alimentos”.

Y les depositaba dinero. A veces 300, a veces 500 soles.

A sus hermanos les escribía todos los días en el grupo de Whatsapp que tenían. Cuando había partidos de fútbol se avisaban y se enviaban los links de transmisión. Entre las cosas que sus padres han recogido de su habitación en Juliaca hay una boleta de pago por apuestas de fútbol de cuatro partidos. 

Sus hermanos recuerdan que, en las vacaciones del colegio, se iban a la casa de su tía, a la comunidad de Ccollana, a una hora y media de Ccolliri. Allí jugaban fútbol todo el tiempo y ayudaban a pastear el ganado. 

José Luis apoyaba económicamente a sus padres y hermanos".

La última vez que estuvieron todos juntos fue a mediados de noviembre de 2022. José Luis había pedido un día libre para ir a visitar a su mamá por su cumpleaños. También el menor de sus hermanos varones, Willy, había pedido permiso en el cuartel de Tacna, donde estaba haciendo el servicio militar voluntario. Eulogio y Nicolasa vieron llegar a sus dos hijos vestidos con sus uniformes, uno de policía y otro de militar.  

Un mes antes, el 11 de octubre de 2022, José Luis subió el único video que está en su cuenta de YouTube; uno que hizo como parte de un curso que llevó para ascender de grado. En él se le ve primero saludar y luego decir:

—Soy el estudiante José Luis Soncco Quispe. Hoy voy a realizar la narración de mi mapa mental. ¿Qué es lo que más me apasiona? En primer punto, yo he elegido la familia. La familia es lo más importante que uno tiene y es necesario darle un tiempo libre para compartir experiencias, dialogar y desarrollar lazos…

No era algo que José Luis sólo dijo para el video. Su madre, su padre y sus hermanos lo sentían realmente. Sabían que eran lo más importante para él. Ayudaba económicamente a sus hermanos menores y siempre estaba exigiéndoles que estudien. Soñaba construir, para ellos, una casa en el Cusco. 

—Por eso ha estudiado policía —dice su padre.  

En ese video, José Luis también dice que le gustaba ir de paseo al campo para “ver la perspectiva” y desestresarse. Que siempre jugaba fútbol y nadaba, que leía obras literarias, que por las tardes tenía la costumbre de salir a pasear para desestresarse, que en sus momentos de descanso veía películas, que le gustaba escuchar chicha, cumbia y huayno. 

Luego de su muerte, dos de sus hermanos dejaron los estudios".

Sus padres, cuando fueron a recoger sus cosas a Juliaca, trajeron decenas de empaques de películas en DVD y música. También una pequeña cocina de dos hornillas, sus botas lustradas, su uniforme, sus cuadernos y libros de estudio, un encendedor, su libreta de control, su certificado de notas con promedio 17 de un curso de criminalística, diplomas, una biblia pequeña.

Luego de la muerte de José Luis, su hermano Julio dejó de estudiar. Pausó su carrera de Contabilidad en un instituto porque, ahora, es él quien acompaña a sus padres en el proceso legal. Otra de sus hermanas abandonó sus estudios en la universidad.

 —De repente es por el trauma. Está algo mal, algo pensativa, así se ha vuelto —cuenta su padre.    

Sus hermanos varones siempre siguieron la vocación policial de José Luis. Uno de ellos está estudiando en la Escuela de Suboficiales de Lima y otro está preparándose para postular a esa institución. Este último, Willy, aún hacía el servicio militar voluntario en Tacna cuando José Luis murió. 

En diciembre, cuando comenzaron las protestas, había sido destacado en Arequipa, donde vigilaba un puente con sus compañeros. Desde allí, volvió a su comunidad para el entierro. 

Parado al frente del ataúd, al centro de cientos de comuneros y vestido con su uniforme del cuartel, le dijo a José Luis:

—Tú siempre me decías “la vida militar es así”. Yo te decía “cuídate, cuídate” y tú también me decías así. No sé por qué tuvo que pasarte eso a ti. Voy a seguir tus pasos, hermano, sólo quiero que me guies, hermano. Quiero que se haga justicia. 

El mismo 9 de enero de 2023 José Luis había hablado con su familia. Les había pedido que se cuiden. 

—En Juliaca la gente está triste allí, muriéndose. Pobre gente está triste, botada allí. Ustedes no van a ir. Si mueren, ¿quién les va a dar algo? —les advirtió. 

Los últimos mensajes que recibieron de él fueron unos que envió al grupo de WhatsApp con sus hermanos, a las 10:13 de la noche. Les decía que estaba de servicio fuera de ciudad. 

“Está q arrojan bombas molotov a patrulleros”, “por eso mi pato [patrullero] lo lleve al campo”, “pero igual nos tiraron”, se lee en el chat. 

 

Uno como ellos

El documento de necropsia del cuerpo de Soncco Quispe detalla que su causa de muerte fue un “traumatismo craneoencefálico grave provocado por un elemento contundente duro”. Luego, fue quemado. Un video de esa noche muestra a un grupo de personas arrinconándolo contra una pared y golpeándolo. El registro termina cuando alguien grita “¡no graben!”.

En marzo de 2023, dos meses después del asesinato, fueron capturados Ismael Franklin Díaz Ccallata, de 28 años, y Erusbel Jhonatan Upaza Uturunco, de 25 años. Este último es un expolicía, dado de baja en 2020, contra quien se dictó 18 meses de prisión preventiva mientras duren las investigaciones del caso. 

La familia de José Luis dice que él nunca disparó contra los manifestantes, ni utilizó su armamento cuando fue atacado. Las pericias de absorción atómica practicadas al cuerpo del policía lo confirman: dieron resultados negativos a disparos. 

—La gente de Juliaca piensa que mi hijo hubiera hecho esos asesinatos. Parece que ellos piensan que mi hijo hubiera matado a los 18 fallecidos —dice su padre. 

Una de las veces que la familia fue a Juliaca para el proceso de investigación escucharon que, desde lejos, les dijeron “esos son familiares de los policías asesinos”. Julio César, que ahora es el mayor de los hermanos, cuenta que esos comentarios les hieren. 

—Es muy ofensivo. Es como si mi hermano hubiera hecho esas cosas y, por eso, le hubieran hecho así, pero la verdad mi hermano no [hizo].

Su padre cuenta que siempre le recordaba a José Luis su origen.

—Hijo —le decía—, ahora eres policía, profesional, entonces ya ganas tu platita. Yo soy tu papá, ¿de qué familia provengo?, ¿de qué campo somos? Entonces, tú, hijo, como tú eres hijo de campesino, no debes marginar a la gente. 

Nicolasa Quispe en su casa_Alba Rivas

AÑORANZA. José Luis fue el primer hijo de Nicolasa Quispe. Para educarlo, ella trabajaba en las labores domésticas de su casa y en la chacra.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

 

El 13 de enero del año pasado, José Luis Soncco Quispe fue enterrado en el cementerio de Yanaoca, en Cusco. En esos días se especuló sobre su muerte. El presidente del Consejo de Ministros, Alberto Otárola; la presidenta, Dina Boluarte, y ciertos sectores se referían al “policía quemado”, sin mencionar a los 18 civiles que habían muerto en la represión policial de Juliaca ni a los otros, que habían sido asesinados en las protestas de diversas regiones. 

Además, durante meses, funcionarios del Ejecutivo y algunos congresistas dieron declaraciones públicas falsas, sosteniendo que José Luis había sido quemado vivo dentro de su patrullero. 

Las redes sociales se llenaron de comentarios y publicaciones que ponían en duda su identidad: decían que podría ser cualquier cuerpo. Algunos dijeron que era el mismo gobierno el que había armado todo —y recordaron las prácticas fujimontesinistas—, otros dijeron que habían sido los manifestantes —y aludieron al terrorismo que el país sufrió entre los años 1980 y 2000—. 

Las personas que estaban presentes en el entierro quisieron que se abra el cajón, quisieron verlo. El ataúd estaba completamente atornillado, según la familia. Entonces, la gente pidió romperlo para comprobar que realmente era José Luis el que estaba allí. 

Casi todos los que hablaron lo hicieron en quechua, se identificaron como caneños (de Canas), como “tupacamarinos” (en referencia a Túpac Amaru), y acusaron a la presidenta, a sus ministros y al Congreso de ser los responsables de todas las muertes; las de los civiles y la de José Luis. Pidieron justicia y que se castigue a quienes asesinaron al policía.   

—Por culpa de nuestros gobernantes estamos peleando entre hermanos. Él [es] hijo de nuestro hermano, hijo de comunero —dijo uno de ellos. 

Ese día, una mujer que ya lo había visto de cerca les dijo “qué quieren ver, lo han quemado”. El expediente fiscal tiene fotos detalladas de su cuerpo. También el primer video que se publicó sobre él lo muestra: nada quedó de su fisonomía. 

Ella, Leidy Diana Ricalde Fuentes, era conviviente de José Luis, tenía una relación con él desde 2018 y habían convivido durante tres años. Fue quien se acercó a su cuerpo en la mañana del 10 de enero de 2023, lo reconoció, presenció las diligencias fiscales y la necropsia, y quien lo acompañó en su traslado hasta Cusco. Leidy dice que a José Luis ya no le gustaba la institución policial, que quería pedir su traslado al Cusco y empezar a estudiar Derecho. 

José Luis murió por un traumatismo craneoencefálico grave provocado por un elemento contundente duro. Luego, su cuerpo fue quemado". 

Antes de enterrar el cuerpo, la familia decidió que sólo ellos abrirían el ataúd. Destaparon primero la bandera peruana que lo cubría y, luego, la tapa del cajón. A través del vidrio, sus padres y hermanos lo vieron por única vez después de su muerte: 

—Solamente hemos visto su carita, pero su carita estaba tapada con venda. Toda la cara estaba envuelta y solamente de su boca estaba saliendo sangrecita. 

Tampoco quisieron ver más porque el cuerpo que habían conocido toda su vida no era más el que estaba en el cajón, sino sólo sus restos impregnados de un olor intenso. 

Los policías que acompañaban el entierro, uniformados, sujetaron las sogas para bajar el ataúd en el hueco de tierra. Sobre el cajón, que estaba cubierto con la bandera peruana, la familia puso su uniforme de policía y sus zapatos acharolados. 

Mientras descendía la banda tocó un canto marcial y, luego, un huayno repetido tantas veces en los entierros de los civiles muertos por la represión durante las protestas: Coca qintucha

La misma bandera fue puesta sobre la mayoría de los ataúdes de los 49 civiles fallecidos durante la represión a las protestas, al igual que en algunos de los cajones de los seis soldados que murieron en el río Ilave, Puno. La misma para todos esos muertos que, en el Perú, son los de siempre. 

Cuando la madre de José Luis pasa por su antigua escuela en la ruta hacia el Cusco, cuando ve su uniforme, cuando se topa con sus objetos o cuando recorre los espacios de su casa y lo recuerda en todas sus edades, llora. En las madrugadas, se levanta y llora. No sueña con él. O, por lo menos, no recuerda si lo hace. En las mañanas, entre las siete y las ocho, espera una llamada que nunca llega.

Su padre dice que, luego de su muerte, ya no se concentra bien en lo que hace. Yanaoca tiene sólo un psicólogo para todo el distrito, aunque su población es de casi 10.000 personas. Él visitó a la familia una sola vez. Conversaron, pero nunca más volvió.  

Ceremonia de ascenso de Soncco Quispe en la escuela PNP_Alba Rivas

ELEGIDA. Fotografía de Nicolasa Quispe y su hijo José Luis en su ceremonia de ascenso en la escuela de la Policía. 
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

Botas de José Luis Soncco Quispe_Alba Rivas

OBJETOS. La familia Soncco Quispe ha trasladado, desde Juliaca, los objetos que José Luis tenía en esa ciudad, como sus botas de policía. Aún los guardan en su casa.
Foto: OjoPúblico / Alba Rivas Medina

 

En los días siguientes a la muerte de José Luis, el gobierno peruano le hizo homenajes. Sin embargo, luego de los honores en Juliaca, Lima y Cusco; después de llamarlo héroe, víctima de los manifestantes; mártir; ángel de la democracia —cuenta la familia— ningún representante del gobierno volvió a comunicarse con ellos.  

Cada domingo, sus padres van al cementerio del pueblo después de la misa. Le llevan flores y, de vez en cuando, a un catequista para que rece. La tierra del cementerio no es diferente a la de alrededor: es húmeda y, en época de lluvia, algunas zonas se empozan y se vuelven pantanosas. La tumba de José Luis está al fondo, a la derecha. Junto con las flores le llevan alguna fruta. La colocan allí, encima de la tierra, en la base de la cruz. Dicen que, desde algún lado, vendrá a comer.  

A su entierro asistieron más de 1.000 personas. Se movilizaron desde las 15 comunidades campesinas de la provincia de Yanaoca, en Cusco. José Luis era un policía que pertenecía a la misma institución que, en otros lugares, reprimió a los ciudadanos. Pero, sobre todo, era el hijo de un comunero, de uno como ellos.

 

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