Opinión

Vargas Llosa reportero a los quince años

08 Abr 2015
Juan Gargurevich se sumerge en las aguas de un asunto que de otro modo sería desconocido: los meses que pasó Mario Vargas Llosa en la sala de redacción del periódico limeño La Crónica, tres meses que el propio escritor catalogaría luego en sus memorias como decisivos.

Después de leer con deleite las páginas de la remozada edición de Mario Vargas Llosa reportero a los quince años, de Juan Gargurevich me vino a la mente una idea de Miguel de Unamuno: la intrahistoria, que en una de sus múltiples acepciones refleja una intimidad invisible a la luz oficial o al registro noticioso, una suerte de segundo relato que las “noticias con mayúsculas” no permiten apreciar.

Para hablar de la diferencia entre historia e intrahistoria, Unamuno apelaba a metáforas marinas. Así, identificaba la historia con el oleaje tempestuoso de los hechos, su rostro más superficial, más ruidoso, espectáculo y externalidad pura. La intrahistoria, en cambio, vive en una capa profunda, escondida en los márgenes de la oficialidad, esperando algún día ser rescatada porque esconde secretos que permiten conocer y entender mejor la naturaleza de algunos sucesos. 

Me inclino a pensar entonces que el libro de Gargurevich honra la idea de intrahistoria. Su autor se sumerge en las aguas de un asunto que de otro modo sería desconocido: los meses que pasó Mario Vargas Llosa en la sala de redacción del periódico limeño La Crónica, tres meses que el propio escritor catalogaría luego en sus memorias como decisivos.

Se trata de un relato vivaz, escrito bajo los cánones que cualquier investigador de fuste observaría: cotejo de fuentes, trabajo de archivo, recopilación de testimonios, compulsa de datos, rigor bibliográfico. Más allá de su tema el libro constituye también una lección de escritura periodística en el mejor de sus sentidos, el de la revelación.

Quien se interne en estas páginas podrá sentir el traqueteo de las máquinas de escribir, percibir el denso olor a tabaco de las salas de redacción, escuchar la arrolladora masa de metales atacando un mambo o compartir la ansiedad que suponía la espera de ese cable fundamental para cerrar la edición del día.

Pero además el texto de Gargurevich encierra también una clave nostálgica: nos muestra ese periodismo de antes, esa práctica que combinaba pasión, bohemia y algo de desdén por lo inmediato. Cualquier persona que quiera averiguar cómo era el periodismo que se hacía en los años 50 del siglo pasado, tiene aquí una brillante reconstrucción de época. Quien se interne en estas páginas podrá sentir el traqueteo de las máquinas de escribir, percibir el denso olor a tabaco de las salas de redacción, escuchar la arrolladora masa de metales atacando un mambo o compartir la ansiedad que suponía la espera de ese cable fundamental para cerrar la edición del día.

Pero volvamos al otro relato central de este libro, que tiene que ver con los comienzos en la escritura de nuestro Nobel. Actuando casi como un arqueólogo, Juan Gargurevich ha recogido algunos de los textos que escribió y publicó Vargas Llosa en La Crónica. Un auténtico tesoro, pues en conjunto constituyen la primera piedra de una obra que amplificará notablemente los rasgos de sus escritos iniciales, como la preocupación por la estructura, la necesidad de establecer un orden radical en lo narrado, el empleo de varios registros, que van de lo grave a lo melodramático, incluyendo esa mirada tan particular de Vargas Llosa sobre el mundo de la cultura popular, como delata su crónica “Un espectáculo sensacional”, sobre el mundo del catchascán limeño de esos años.

En los capítulos siguientes, que podrían ser parte de un guión de Woody Allen, seremos testigos de una colisión entre el mundo real y el mundo de la ficción, provocada por la aparición de Conversación en La Catedral, donde se reconstruyen varias escenas ocurridas en La Crónica, con la consiguiente aparición de personajes que, si bien inspirados en personas que el propio Vargas Llosa trató y conoció, adquirían en la ficción una estatura distinta, imposible de ser homologada de manera fáctica con sus inspiradores.

Pero los seres de carne y hueso no entendieron o no quisieron entender del todo ese tránsito de un mundo a otro, que los despojaba ya de su identidad terrena. Y es entonces que surge la ansiedad de verse reconocidos, de señalar o cuestionar la exactitud de la representación novelesca, como si se tratara de un documento oficial o un parte administrativo en el que el error se puede subsanar. Pero cuando los personajes de ficción adquieren vida propia no hay error posible, no hay subsanación que valga.

En suma, estoy convencido de que este libro de Juan Gargurevich es varias cosas a la vez. Es un breve ensayo biográfico cuyo arco temporal abarca unos pocos meses, es un modo de recordar un estilo de vivir y hacer periodismo que hoy no existe más, es una impecable lección de investigación y escritura periodística y, como si esto no fuera ya bastante, nos abre las puertas al archivo de primeros textos de Vargas Llosa. Razones más que suficientes para quedar agradecido por su lectura.

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Fotos: Mario Vargas Llosa (Casa de la Literatura Peruana) y Juan Gargurevich (Andina).

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