Opinión

Un hombre flaco

10 Mar 2015
Una mirada complacida pero no complaciente sobre el perfil biográfico de Julio Ramón Ribeyro publicado recientemente por Daniel Titinger. Virtudes y vacíos de un retrato imprescindible.

En las últimas dos décadas se ha producido una interesante revaloración de los discursos periodísticos, especialmente la de aquellos que mantienen una inocultable vocación por el aspecto artístico del texto, sin sacrificar el rigor que demande la investigación previa a su escritura ni alterar esa relativa garantía que se ofrece al lector en relación con la veracidad esencial de los hechos narrados.

Gracias a esta “primavera textual”, cabría añadir, la crónica no solamente ha ganado un terreno mayor al que ya tenía –y muy abonado de prestigio en la tradición latinoamericana– sino además ha repotenciado subgéneros como el perfil, que hoy vive su hora de esplendor.

Precisamente, es un perfil de reciente publicación el que me ocupa en estas líneas. Se trata de Un hombre flaco. Retrato de Julio Ramón Ribeyro, de Daniel Titinger (Lima, 1977). El libro, aparecido en una editorial universitaria chilena en noviembre del 2014, contiene, como  indica su título, una aproximación biográfica al notable escritor peruano.

El acercamiento de Titinger humaniza a Ribeyro y ese es un mérito innegable. Nos lo ofrece en carne y hueso, desempeñando diversos roles: lector, escritor, esposo, amante, padre, amigo.

 

Dicha aproximación se basa en dos relatos que corren paralelamente al interior de un texto –que en general presenta un eficiente diseño narrativo y una calidad de escritura más que aceptable–: uno, el relato de la pesquisa del autor como aventura personal, incluyendo un viaje a París en el que tiene lugar una extensa entrevista con la viuda de Ribeyro; otro, el recuento de fuentes, documentos, testimonios y otras especies fragmentarias que sirven a Titinger para dar forma y vida a “su” Julio Ramón Ribeyro.

Y digo “su” porque en esencia este libro plantea una interpretación personal de la figura del escritor. En buena cuenta, el desarrollo del libro implica también un relato de apropiación de su objeto, encerrado en un círculo perfecto en la medida en que tanto el inicio como el final del texto remiten a dos escenas cercanas a la muerte de JRR.

El acercamiento de Titinger humaniza a Ribeyro y ese es un mérito innegable. Nos lo ofrece en carne y hueso, desempeñando diversos roles: lector, escritor, esposo, amante, padre, amigo. Un concierto de voces acude al llamado del cronista, que va tejiendo con fluidez una imagen que si bien es válida, también se halla próxima a cierta banalidad, quizá no tan apreciada por muchos de quienes admiramos la forma de vivir que eligió Ribeyro y el destino que le cupo a su magnífica obra.

Pero ese es un detalle menor. Lo que sí encuentro difícil de salvar es la ausencia de cualquier referencia bibliográfica y documental. Más aún, tratándose de una investigación publicada en una editorial universitaria, uno se pregunta por qué razón el autor y los editores se permiten una omisión de esta naturaleza. ¿Costos? No creo. La edición es lo suficientemente buena como para permitirse seis páginas extra después del final del perfil. Es entonces que asoma la palabra descuido, porque ahora no hay forma de saber (salvo que una virtual reedición lo consienta) la procedencia de muchas declaraciones insertadas en el libro, algo que sin duda hubiera sido de mucha utilidad tanto para legos como para iniciados en JRR.  

Por otro lado, el autor reflexiona sobre el material inédito del escritor y menciona que quizá se encuentren en ese mar de papeles, “más aforismos y frases y anécdotas sueltas, del tipo de las que reunió en 1975, en la primera edición de Prosas apátridas” (p.139). Quisiera precisar que esta afirmación soslaya el hecho, narrado de puño y letra por el propio JRR, que Prosas apátridas desciende directamente de su diario. En segundo lugar, creo que los aforismos y frases sueltas se refieren más a Dichos de Luder (1989).

Sin embargo debo decir que la lectura del libro de Titinger me cautivó. Su manejo narrativo y su destreza para administrar las cuotas de dramatismo del relato, son dos factores que contribuyen a una lectura sin tropiezos, en apenas unas pocas horas, un efecto que ciertamente no es fácil lograr. Lo recomiendo.

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