Opinión

El país de la posverdad

07 Ago 2017
En el Perú, los políticos, los empresarios y los ciudadanos mentimos y manipulamos todo el tiempo, y hoy se dice que la política consiste en el arte de 'performar'. El crítico Víctor Vich evalúa el impacto de estos discursos y advierte de sus consecuencias.

¿Alguien dijo “diluvio”? ¿De qué? ¿De ignorancia? ¿De lobbies? ¿De cinismo? ¿De simulacros? ¿De “posverdad”? ¿Qué es eso? Retomemos algunos de los grandes dilemas de la cultura peruana última: ¿El puente “se cayó” o “se desplomó”? ¿La compra “se canceló” o “se anuló”? ¿Es “rajadura” o es “fisura”? ¿Publicitar es mentir? ¿Indulto es impunidad?

¿En qué país vivimos? ¿Dónde quedaron el lenguaje y la verdad? ¿La verdad existe? ¿Estamos condenados a que la historia solo avance por su “lado malo”, aquel que nunca hace progresar la justicia? Lo han dicho muchos ya: vivimos en la sociedad del simulacro. El simulacro es una copia que sabe que no es el original, pero actúa como si lo fuera. ¿O quizá ya no lo sabe? ¿O, quizá, de tanto simular, ya no sabe que los originales alguna vez existieron? ¿O, quizá, somos nosotros –los ciudadanos de las encuestas- los que queremos creer que ya no lo sabe?

Subrayemos que la realidad del simulacro es la ficción. Los políticos saben que mienten, pero insisten en mentir. Los ciudadanos sabemos que están mintiendo, pero votamos nuevamente por ellos. Es cierto que la violencia política y la crisis económica terminaron por destruir el vínculo social en el Perú, pero también es verdadero que el fujimorismo acabó por degradar casi todo lo existente e instalar una cultura cínica y vil. Como todos sabemos (muchos lo saben, pero no les importa saberlo), esa fue una década de la mentira institucionalizada, de la extrema manipulación política, del robo sistemático, de la corrupción total, de la risita cínica del que sabe que está mintiendo pero sabe, además, que todos saben que está mintiendo, y no le importa, porque todo ha sido armado para que la realidad funcione así.

 Esta parecería ser una sociedad donde solo hay intereses individuales hábilmente camuflados como intereses colectivos.

Insistamos: en el mundo de hoy, ya no hay un garante, una autoridad moral, una verdad que ordene la realidad y muestre un rumbo claro. ¿Honor? Hoy nadie renuncia por honor. En el mundo de hoy, ya no parece haber sepultureros. Hoy el “vladivideo” se ha convertido en la estructura de la política. Hoy casi todos grabamos a escondidas, casi todos nos vamos a Japón, casi todos renunciamos por fax, casi todos postulamos para ser senadores allá y casi todos decimos que no tenemos departamentos en surco y que no matamos a nadie.

Parecería que en el Perú ya no hay un mínimo de pacto social. O, mejor dicho, parecería que el único pacto que existe es que ya “no hay pacto”: la leche no es leche, el queso no es queso, el chocolate no es chocolate, la conectividad no es comunicación, las ocho horas de trabajo no son las ocho horas, la dictadura no es dictadura y la libertad de mercado es un solo cuento de los más ricos para la explotación social. Hoy, hay tantas mediaciones que ya no vemos la realidad, ya no vemos la producción, ya no vemos la producción de la realidad. ¿O sí la vemos, pero ya no nos importa y actuamos como si no la viéramos?                                                                                                      

 

En todo caso, esta, en efecto, parecería ser una sociedad donde solo hay intereses individuales hábilmente camuflados como intereses colectivos. Hoy, a pesar de todo, el Estado casi no existe pues solo vemos “puertas giratorias”. Como sociedad, ya no vamos a la “negación de la negación”, sino al simple paso de un simulacro a otro simulacro: los expropiadores ya no son expropiados. Muchos saben que explotan, pero siguen explotando porque no hay ningún control. Nada importa hoy. La representación política no se cansa de colapsar y los partidos ya no son “Partidos” sino simulacros de sí mismos. El APRA es una copia sin original. La izquierda es otra copia incapaz de aprender de su propia historia (incapaz, por ejemplo, de llamar “dictadura” a una dictadura) y los partidos de derecha son empresas con dueños, que simulan ser partidos. Hoy parece que lo hemos perdido casi todo: la historia, el lenguaje, la política, el sentido de justicia, la comunidad misma.

Hoy, sin embargo, todo quiere ser “objetivo”, todo se cuantifica, pero pronto nos damos cuenta de que se trata nuevamente de una pura apariencia, de una objetivación parcial en busca de un simple interés. La llamada “opinión pública” está siempre construida a partir de un conjunto de preguntas parciales y de muchos silencios. Hoy solo manda el gran capital. Hoy, más que nunca, “la relación entre los hombres adopta la forma fantasmagórica de una relación entre las cosas”.

“¿Qué tiempos son estos en los que tenemos que comenzar a defender lo obvio?” se preguntaba Bertolt Brecht hace algún tiempo. ¿Es posible detectar la verdad? ¿Es posible afirmarla nuevamente? ¿Es posible que la política pueda ser autónoma frente al poder del gran capital? ¿Es posible que los políticos se dediquen a defender el “bien común” y no los intereses particulares? ¿Puede “lo común” recomponer las singularidades? En el Perú, los políticos, los empresarios y los ciudadanos mentimos y manipulamos todo el tiempo, y hoy se dice que la política -o que la vida social misma- consiste en el arte de performar. ¿Cuál es la consecuencia cultural de todo ello? Nos encontramos en un momento donde parece haber más verdad en la máscara que en lo que supuestamente está detrás de ella. Como lo anotó ya un famoso psicoanalista, el que usa tanto una máscara, ya no se la puede quitar.   

 

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SOBRE EL AUTOR. Víctor Vich es Magíster en Literatura Latinoamericana por la Duke University (EEUU) y doctor en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Georgetown (EEUU). Es profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Foto principal: Congreso de la República.

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