Opinión

Las ventanas (del gas) se han estremecido

28 Mar 2016
Durante la actual campaña electoral los candidatos han hablado sobre la renegociación de los contratos del gas de Camisea. El planteamiento provocó diferentes reacciones en el discurso político. A partir de este debate, el crítico Víctor Vich analiza el tema y habla de la "desestabilización del discurso hegemonico". ¿Por qué ahora sí todos los candidatos plantean renegociar los contratos de Camisea?

La hegemonía es un sentido común que se ha instalado en la realidad para determinar marcos de acción y prohibir otros. Es un paradigma de sentido, un tipo de poder, un dispositivo estructurador de la realidad social. En última instancia, lo que una hegemonía hace es regular espacios entre lo imaginable y lo no imaginable, vale decir, entre lo posible y lo imposible definido desde ella misma. El actual debate sobre la renegociación de los contratos sobre el gas sirve mucho para explicar el funcionamiento de la hegemonía.

Desde hace más de dos décadas, en el Perú se ha instalado el dogma que sostiene que la inversión privada es buena de por sí, que hay que promoverla a cualquier costo, que hay que atraerla siempre y que nunca debe ponerse en duda. Cualquier argumento que la ha cuestionado, vale decir, que ha revelado sus intereses y sus problemas, ha sido considerado como un ataque contra el desarrollo, como un enemigo de la patria. En las peores versiones, todo cuestionamiento de lo privado ha sido tildado de terrorista y demás.

En debate. La renegociación de los contratos de gas ha agrietado el concepto de hegemonía en estas elecciones presidenciales./Foto:Andina

Digámoslo más claro: el lado oscuro de la hegemonía es uno que intenta producir un discurso cerrado y totalitario. Hoy afirma que solo la inversión privada es buena, y que no hay más que discutir. Aunque los contratos sean malos, aunque hayan sido promovidos por lobistas, aunque desfavorezcan a la comunidad entera, la hegemonía afirma tajantemente que la inversión privada siempre trae algo bueno (“da trabajo”, aunque nunca se especifique bajo qué condiciones; genera riqueza, aunque nunca se especifique cómo se distribuye) y hay que defenderla. Se ha dicho, hasta el cansancio, que los contratos no pueden renegociarse.

Otra vez: en el Perú actual, cuestionar un contrato no estaba en el marco de lo posible. Cuestionar un contrato era imposible. Sostener que un contrato podría renegociarse ha sido una injuria en las últimas décadas. La hegemonía es –nuevamente- un discurso de poder que establece lo posible desde sus presupuestos y que lo naturaliza al punto de convertirlo en un sentido común destinado a que lo repitan los políticos, algunos economistas, casi todos los empresarios y muchos de los periodistas que hoy se forman en las universidades peruanas.  

  Siempre se dijo que ese tema era intocable, pero hoy resulta que es el más tocado de la campaña.

Sin embargo, lo cierto es que durante las últimas semanas, el cuestionamiento de los contratos de gas se ha producido y, poco a poco, no solo ha construido legitimidad sino que ha servido para mostrar teóricamente cómo la hegemonía sutura la realidad a su propio antojo y niega otras posibilidades de la misma. Es cierto que la izquierda siempre subrayó las pésimas condiciones de esos contratos, pero la hegemonía ha sido tan fuerte que durante los últimos años esas voces han sido desacreditadas cuando no invisibilizadas.

Digamos, solo para efectos prácticos, que fue el candidato Alfredo Barnechea quien abrió nuevamente el debate y comenzó a horadar la hegemonía. Lo hizo desde sus discursos públicos pero, sobre todo, en una entrevista con Jaime de Althaus, que luego se volvió viral en las redes. En esa discusión, al espectador común le quedó claro que Althaus es un periodista (¿periodista? ¿antropólogo?) que solo repite un dogma: es la nueva versión de los viejos marxistas de manual. Ese día, sin embargo, Barnechea emergió como una figura distinta. No dijo algo nuevo (la izquierda ya lo había dicho) pero algo nuevo pasó. Aunque algunos digan que no se mueve, la Tierra se mueve. Más claro aún: esos contratos son malos. Hay que cambiarlos. Poco a poco, el discurso de la candidata Verónika Mendoza comenzó a tener más legitimidad y a ganar interés. Al discurso férreo de la hegemonía primero se le hizo un hueco, luego fueron dos, y así. 

Con el pasar de los días, los ciudadanos nos hemos ido enterando de varias cosas. Durante más de dos décadas se dijo que los contratos no podían renegociarse, pero hoy resulta que aquello era falso y se ha afirmado que sí existen cláusulas que abren esa posibilidad de renegociación. Siempre se dijo que ese tema era intocable pero hoy resulta que es el más tocado de la campaña, al punto de que ha ocurrido algo casi increíble: el propio Pedro Pablo  kuczynski, es decir, el representante máximo del dogma neoliberal, el mismo político relacionado con esos contratos, ese mismo que desautorizó a Barnechea mandándolo a estudiar a la UNI, ese que perdió los papeles prohibiendo preguntas en Puno, ese que ahora insulta a las mujeres, ese, sí, ese mismo, ha dicho ahora que el gas sí puede renegociarse y ha firmado un acta para comprometerse a hacerlo en algunos de sus puntos.

Importa notar cómo, de pronto, la realidad se reveló ideológicamente construida y cómo entonces ha comenzado a abrirse hacia otras posibilidades de sí misma.

Por supuesto, muchos sabemos que PPK no es un político confiable y no vamos a creerle, pero realmente eso no importa para la función de este artículo. Lo que importa es observar teóricamente cómo, de pronto, una totalización fue horadada y cómo ese hueco fue desestabilizándola cada vez más en la medida que se iba agrandando. Importa notar cómo la realidad se reveló ideológicamente construida y cómo se han ido abriendo otras posibilidades de sí misma.

Digámoslo de otra manera, de una manera más política, si se quiere: Hugo Chávez y Nicolás Maduro han querido construir una dictadura en Venezuela, sí, pero hay muchas otras formas de construir dictaduras y sistemas totalitarios. Como diría un amigo, “el Perú no es entonces un lindo país”. Por aquí, el neoliberalismo ha trabajado de otra manera y no solo ha vuelto sus dogmas sentidos comunes, sino que sabemos bien que cuando se le contradice se impone mas allá de la democracia (por ejemplo, desprecia la “consulta previa”) y, lo que es peor, varias mineras tienen convenios privados con la policía.

En el Perú actual, cuestionar un contrato era imposible. Sostener que un contrato podría renegociarse ha sido una injuria en las últimas décadas.

Debemos entonces observar la producción de sentidos. Hoy notamos más claramente cómo esa idealización (totalitaria) de los sistemas privados es puramente ideológica. Hoy sabemos que la educación privada no ha sido una solución y que, en su mayoría, es pésima y es un engaño; hoy podemos reconocer, con horror, cómo la liberalización del transporte solo ha conseguido caos, muertes y mafias; hoy ya somos más conscientes sobre cómo el sistema privado de pensiones nos engaña y solo sirve para que unos pocos gerentes ganen sueldos altísimos con nuestro dinero. Hoy sabemos que detrás de esos “emprendedores” idealizados hay muchos sin moral, que plagean todo el tiempo, que no tienen problemas en corromperse, que probablemente fueron explotados de jóvenes y que, en lugar de contribuir a cambiar el sistema, lo único que hacen es reproducirlo explotando también a su prójimo.

Un acto ético –dice Žižek- no es uno que busca el “bien” sino que cambia y redefine nuestro concepto sobre el bien. Un acto político es uno que se “sale de la cuenta” y que cambia las coordenadas a partir de las cuales pensamos y nos relacionamos con la realidad. Digamos, por último, y con Vallejo, que “las ventanas se han estremecido”; que la regulación de los espacios de visibilidad social se ha removido; que la realidad siempre puede abrirse hacia otras posibilidades. Digamos, finalmente, algo más simple: el tiempo existe, el cambio existe. En la izquierda no podemos dudar de ello.

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