Opinión28 Ago 2016

Anatomía de una historia extraña

Por
Bruno Rivas
Periodista
Un análisis de fondo sobre los elementos que han convertido a esta serie en un fenómeno de la cultura popular. Más que un asunto de nostalgia, estamos ante una nueva lectura de ideas y problemas que formaron el imaginario de toda una generación.

En solo tres semanas la serie original de Netflix “Stranger Things” se transformó en un referente de la cultura popular. Su trama, personajes y ambientes no solo generaron una avalancha de comentarios positivos entre los seguidores del programa sino que han servido de material para publicidades y memes. Y dicha popularidad no está reñida con el gusto de la crítica, ya que en la página web Rotten Tomatoes, que reúne tanto a críticos profesionales como a espectadores comunes, tiene un porcentaje de aprobación del 94%. El Perú no ha sido ajeno al boom. En el Facebook uno puede encontrarse desde exhortaciones a ver el programa hasta memes con referencias a “Se viene el quino” o a la serie noventera “Los choches”. ¿A qué se debe que en tan pocos días esta serie difundida a través de una plataforma de streaming haya logrado ese éxito tan arrollador? Veremos que una combinación de elementos del pasado y el presente podrían ser los responsables del fenómeno “Stranger Things”.

Para el espectador, los niños de "Stranger Things" recuerdan a los de “Los Goonies”, “E.T.” o “La historia sin fin”.

Los niños ochenteros

La serie, ambientada en la década del ochenta, empieza con la desaparición de Will Byers (Noah Schnapp), un niño de doce años que vive en el pueblo de Hawkins, EE.UU. A partir de ese particular suceso iremos conociendo a los personajes del pueblo y a las amenazas humanas y sobrenaturales que los rodean. Sin duda los primeros personajes con los que el espectador generará empatía serán los amigos de Will: Mike Wheeler (Finn Wolfhard), Dustin Henderson (Gaten Matarazzo) y Lucas Sinclair (Caleb McLaughlin). Es a través de estos carismáticos niños que el espectador de la serie se irá compenetrando con el misterioso escenario de “Stranger Things”.

Uno de los presupuestos básicos de todo producto audiovisual es la empatía. Para que una historia tenga éxito el espectador debe sentir algún grado de identificación con sus protagonistas. Y no parece difícil que el espectador de “Stranger Things” se identifique con Mike, Dustin y Lucas. El consumidor objetivo de Netflix es, en su mayoría, un “adicto” a las series y películas, un individuo que encuentra en esa plataforma la oportunidad de saciar sus deseos. Dicha afición por los productos televisivos viene de una historia de vida: era un niño que creció viendo las series y películas de los ochenta y noventa. Por lo tanto, encuentra en los personajes y el ambiente de “Stranger Things” las imágenes con las que creció. Mike, Dustin y Lucas le recuerdan a los niños de “Los Goonies”, “E.T.” o “La historia sin fin”.

Winona Ryder encarna a Joyce, una madre con problemas para mantener a flote a su familia.

Pero no solo es la nostalgia por lo que vio en la televisión. Probablemente ese mismo espectador haya jugado “Calabozos y dragones”, sea fan de “Star Wars” o ha leído la saga de “El señor de los anillos”, como los niños de la serie. Es uno que usó la ropa, escuchó la música y consumió los productos promocionados en esa época. La conexión con el pasado parece garantizada gracias a los personajes centrales de la historia. Sin embargo, veremos que no es el único punto de contacto. También el presente tiene que ver.

Familias quebradas

Si bien la historia está ambientada en los ochenta, no estamos hablando de una que tenga el tono inocente de las cintas infantiles de esa década. “Stranger Things” plantea un mundo de pesadilla, de monstruos que se encuentran muy cerca de nosotros. Su gran mérito es que juega con los temores infantiles de aquellos que crecimos en esa época. De aquellos que ya sabemos que el mundo puede tener más de pesadilla que de sueño.

No parece gratuito que los títulos de los capítulos evoquen a los de las películas de Quentin Tarantino. Los hermanos Duffer, creadores de la serie, parecen haber comprendido muy bien el trabajo de adaptación de género del aclamado director. Al igual que Tarantino, han sabido coger una historia de los ochenta y ubicarla en los tiempos actuales. Los espectadores de la serie han pasado por un aprendizaje visual que les ha mostrado que las familias no son tan de ensueño como en los ochenta, que en los pueblos pequeños no todo es felicidad. Han aprendido que la realidad puede estar más cerca del pueblo de “Twin Peaks” o de otras bizarras creaciones de David Lynch que de los relatos de su niñez. Y si una pesadilla tuvimos los niños de los ochenta y noventa es el de la familia quebrada. Aquella que estaba en el mundo real pero que no queríamos ver. Uno de los grandes temas de fondo de la serie.

Si una pesadilla tuvimos los niños de los ochenta y noventa fue la de la familia quebrada. Aquella que estaba en el mundo real, pero que no queríamos ver.

Jonathan (Charlie Heaton), el hermano de Will, también genera empatía por su condición de outsider. Al estilo de Jeff de “La ventana indiscreta”, es un vouyerista que observa desde lejos cómo los chicos populares se divierten. Evoca al espectador que ve en la pantalla a los personajes en una vida de diversión. Al final termina haciendo realidad el anhelo del seguidor de series: a pesar de ser poco popular, logra transformarse en el héroe y ganarse la atención de la ‘chica de al lado’. Sueño cumplido.            

La otra familia que podemos ver en la serie es la de Mike. Los Wheeler aparentan tener todo bajo control; sin embargo, no son capaces de darse cuenta de que el hijo menor está escondiendo a una extraña niña, Eleven (Millie Brown), o que la hija mayor, Nancy (Nataly Dyer), está yendo por un camino que ellos no desean. Asimismo, los hermanos han perdido la confianza entre ellos y han dejado de hablarse. Tal como lo revelará Nancy, es una familia infeliz unida solo por la rutina. Por lo tanto, es una familia como eran muchas en los ochenta. Solo cuando se hace evidente lo extraño, el monstruo que está al acecho, los hermanos estrechan los lazos que los unían.

La serie es uno de los más recientes éxitos de Netflix.

Otro personaje que evoca a la familia quebrada es el jefe de policía Hopper (David Harbour). La muerte de la hija provocó la separación de los padres y llevó a que el agente se autoexilie de la ciudad. El suyo es un caso de un padre que ha perdido el sendero, característica que, como veremos, no solo se reduce a Hopper.

Padres que han perdido el sendero

Los ochenta, además de ser una década pródiga en historias infantiles, fue una de grandes héroes de acción. Durante ese período, la pantalla nos presentó a hombres duros caracterizados por Sylvester Stallone o Arnold Schwarzenegger, que imponían la ley donde correspondiera. Estos herederos de Charles Bronson no solo eran experimentados guerreros, sino en algunos casos padres de familia que salían al rescate de sus hijos. El John Matrix de “Commando” o el Lincoln Hawk de “Over the top” no solo eran los sujetos más fuertes, sino los padres más valerosos. Y todas estas expresiones culturales se sustentaban en la figura de Ronald Reagan, el cowboy que desde la Casa Blanca dirigía la Guerra Fría contra la amenaza rusa. Los hogares estadounidenses confiaban en su presidente y en las figuras que aparecían en sus pantallas.

La década de los ochenta fue pródiga en grandes héroes de acción, que no solo eran experimentados guerreros, sino padres al rescate de sus hijos. "Stranger things" se enfoca en la crisis de la figura del padre.

Sin embargo, con el paso del tiempo la figura del padre ha ido perdiendo legitimidad. Las crisis económicas, las guerras y la limitación de los derechos han desgastado su autoridad. La cultura popular interpretó bien este cambio. En “Twin Peaks”, el asesino y violador de Laura Palmer era su propio padre. En los “Expedientes Secretos X” el gobierno (formado por los padres de la nación) escondía la verdad y abusaba de sus ciudadanos. La autoridad no necesariamente imponía justicia, más bien abusaba de su poder. En ese sentido, otra de las virtudes de “Stranger things” es incluir en su relato ochentero la crisis de la figura del padre.

Como se señaló anteriormente, el jefe Hopper es un padre en crisis. Alejado de la ciudad, tiene un papel casi decorativo en Hawkins, un pueblo en donde la criminalidad no es un problema. Allí no hay por qué aplicar la ley… hasta que algo raro ocurre. Hopper recupera su autoridad paternal cuando abre su mente a los temores infantiles y reconoce que hay problemas que corregir. Solo así recupera su papel en la vida. No recuperará a su hija pero sí volverá a ser su referente paterno.

Si en los ochenta era el crítico el que daba el visto bueno, Netflix se ha visto favorecida por las redes sociales.

Sin embargo, el resto de padres de Hawkins no progresa de la misma forma que Hopper. Las figuras paternas de las familias principales de la serie están claramente ausentes: Lonnie (Ross Partridge), el padre de Will y Jonathan y ex esposo de Joyce, vive en la ciudad y tiene un escaso interés por la vida de su parentela; por su lado, Ted Wheeler es un personaje decorativo que no tiene idea de lo que hacen sus hijos. Ninguno de ellos aparece como figura de autoridad ni colabora en la resolución de los problemas familiares. Incluso Lonnie termina siendo un estorbo que es invitado a desaparecer, ya que genera más problemas que soluciones.

El doctor Martin Brenner (Mathew Modine) es el último padre de esta historia y representa mejor que ninguno la crisis de la autoridad paterna. Brenner, pese a ser el padre de Eleven, no ha tenido reparos en experimentar con ella para poder controlar a las extrañas criaturas del ‘otro lado’. Sus canas nos recuerdan al padre de Laura Palmer, aquel que, como se indicó anteriormente, personificó la crisis de la figura paterna en los primeros años de la década del noventa. Asimismo, también representa al Gobierno Estadounidense que, como en los Expedientes Secretos X,  le oculta la verdad a sus ciudadanos bajo el pretexto de que es por su bien. Por lo tanto, Brenner es el depositario la  desconfianza que existe en el pueblo estadounidense por el papel que ha tenido el gobierno en las últimas décadas.

Una fórmula perfecta alimentada por las redes sociales

En suma, podemos encontrar en “Stranger Things” una fórmula casi perfecta. Sin embargo, no se puede dejar de mencionar el uso de otro recurso de convocatoria contemporáneo: las redes sociales virtuales. Si en los ochenta era el crítico de televisión el que daba el visto bueno y te indicaba qué ver, Netflix se ha visto favorecida por la secuencia de comentarios positivos generados en las redes sociales. Quienes se han visto tocados por la nostalgia, han compartido en sus muros comentarios y han generado el efecto de contagio en sus redes. Probablemente esa avalancha también fue fríamente calculada por los creadores de la serie y hasta es posible que haya sido incentivada por los directivos del servicio. Por lo tanto, el éxito de “Stranger Things” no debería ser visto como una cosa extraña. Su papel como referente cultural parece estar totalmente justificado.