Adiós al Nobel que alertó sobre el peligro de los aerosoles para la capa de ozono

Fue considerado uno de los pioneros del movimiento climático en el mundo y compartió el Premio Nobel de Química en 1995 por descubrir que los químicos contenidos en los aerosoles para el cabello y los refrigeradores, conocidos como clorofluorocarbonos, dañaban la capa de ozono. El científico falleció la semana pasada en México.

CIENCIA. Mario Molina nació en Mexico y se nacionalizó estadounidense.

CIENCIA. Mario Molina nació en Mexico y se nacionalizó estadounidense.

Foto: Naciones Unidas.

Por John Schwartz

Mario Molina, quien compartió un Premio Nobel por demostrar el daño que los químicos contenidos en los aerosoles para el cabello y los refrigeradores causaban en la capa de ozono, murió en su casa en Ciudad de México el 7 de octubre a la edad de 77 años. Sus hallazgos condujeron a uno de los esfuerzos internacionales más exitosos para combatir los peligros ambientales.

La causa de su fallecimiento fue un infarto, según indicó Lorena González Villarreal, una vocera del Centro Mario Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, una organización para la investigación y generación de políticas ambientales que el científico fundó en 2004 en Ciudad de México.

Molina, un mexicano con ciudadanía estadounidense, fue un “pionero del movimiento climático”, según aseguró Al Gore, exvicepresidente de Estados Unidos, en un correo electrónico. Gore afirma que los esfuerzos de Molina “para entender y comunicar las amenazas a la capa de ozono cambiaron el curso de la historia”.

Molina y F. Sherwood Rowland, de la Universidad de California, en Irvine, descubrieron que los químicos conocidos como clorofluorocarbonos, o CFC, reducían la capa de ozono en la estratosfera. Su descubrimiento reestructuró las políticas ambientales en todo el mundo.

Las repercusiones de sus descubrimientos fueron alarmantes: sin la protección del ozono, un aumento de la radiación ultravioleta pondría en peligro la salud de muchas especies, incluidos los humanos. Los dos científicos promovieron la prohibición de los CFC, y así comenzó para ambos su tarea en defensa del medioambiente —apoyada en la ciencia— a través de entrevistas y testimonios ante el Congreso de Estados Unidos.

Su labor fue atacada por la industria; el presidente de una compañía dijo que las críticas sobre sus productos eran “orquestadas por el Ministerio de Desinformación de la KGB”.

En 1987, el trabajo de ambos científicos produjo el Protocolo de Montreal, un tratado ambiental histórico para eliminar gradualmente la producción de esos compuestos. Ese tratado tuvo un inesperado efecto positivo, pues luego resultaría que muchos de los gases que destruyen el ozono también son potentes gases de efecto invernadero. Sin el tratado, el cambio climático habría avanzado a una velocidad mucho mayor.

El trabajo de este científico produjo el Protocolo de Montreal, un tratado ambiental histórico

En 1995, ambos científicos compartieron el Premio Nobel con Paul J. Crutzen, de la Sociedad Max Planck en Alemania. Al anunciar el galardón, la Real Academia de las Ciencias de Suecia explicó que “los tres investigadores habían contribuido a salvarnos de un problema ambiental global que podría haber tenido consecuencias catastróficas”.

En 2010, durante una comparecencia ante el Congreso, Molina dijo que quienes atacan la ciencia ambiental se enfocan en áreas de incertidumbre como si esta fuese un castillo de naipes que se derrumbará si se quita una carta. En cambio, él la comparó con un rompecabezas que muestra una imagen incluso antes que todas las piezas estén en su lugar. Acerca del calentamiento global, comentó: “Hay pocas dudas sobre la claridad de la imagen, es decir, el cambio climático es una amenaza grave que debe ser atendida con urgencia”.

José Mario Molina Pasquel y Henríquez nació el 19 de marzo de 1943 en Ciudad de México, hijo de Roberto Molina Pasquel y Leonor Henríquez. Su padre fue un abogado y juez que se desempeñó como embajador de México en Etiopía, Filipinas y Australia. Su madre fue ama de casa.

Desde su infancia estuvo fascinado por la ciencia, tal y como escribió en una semblanza que aparece en el sitio web de los Premios Nobel: “Todavía recuerdo mi emoción cuando pude observar por primera vez a los paramecios y amebas bajo un microscopio de juguete bastante primitivo”. Ayudado por su tía, Esther Molina, quien era química, convirtió un baño que usaban poco en su casa en un laboratorio improvisado para sus experimentos de química.

Su descubrimiento reestructuró las políticas ambientales en todo el mundo.

Como era tradición en su familia, lo enviaron a educarse al extranjero, y a la edad de 11 años estaba en un internado suizo, “bajo la suposición de que aprender un idioma como el alemán era importante para un futuro químico”.

Por ese entonces sus pasiones eran la química y el violín, y decidió que se dedicaría a la primera, por lo que en 1960 se inscribió en el programa de ingeniería química de la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1968, después de estudiar en París y Alemania, comenzó sus estudios de posgrado en la Universidad de California, campus Berkeley. Allí recibió su doctorado en fisicoquímica en 1972.

Molina recordaría que la experiencia de estudiar en Berkeley no solo fue importante para su desarrollo como científico; el investigador llegó poco después de las movilizaciones por la libertad de expresión, y la conciencia política era parte de la vida cotidiana. Al comienzo trabajó en el incipiente campo de los láseres químicos, pero al descubrir que algunos científicos de otras instituciones estaban desarrollando láseres de alta potencia para ser utilizados como armas se sintió “consternado”.

“Eso fue importante”, relató en una entrevista, Felipe José Molina, hijo de Molina y profesor asistente de medicina en la Escuela de Medicina de Harvard. Según su hijo, gracias a las experiencias en Berkeley, el científico se sintió impulsado a trabajar “en aquello que tuviera un beneficio para la sociedad, en vez de dedicarse exclusivamente a la investigación o a cosas que pudieran ser potencialmente dañinas”.

En 1973, Molina se unió al grupo de laboratorio de Rowland en la Universidad de California, en Irvine, donde desarrollaron su teoría sobre la reducción de la capa de ozono.

Rowland y Molina se dieron cuenta de que, cuando los CFC alcanzaban la estratosfera, donde podían ser destruidos por la radiación solar, los átomos de cloro generados durante ese proceso destruían el ozono. “Nos alarmamos”, solía decir Molina. Los científicos publicaron sus descubrimientos en la revista Nature en 1974.

Después, Molina trabajó en el Laboratorio de Propulsión a Chorro en Pasadena, California; en la Universidad de California, campus San Diego, y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. En el Centro Molina de Ciudad de México, el investigador se enfocó en mitigar la asfixiante contaminación de esa urbe.

En 2013, el presidente Barack Obama le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad.

Durante su estancia en Berkeley, Molina conoció a Luisa Tan, también química. Se casaron en 1973 y se divorciaron en 2005. Actualmente ella lidera el Centro Molina para Estudios Estratégicos sobre Energía y Medio Ambiente, una organización independiente en San Diego.

En 2006, Molina se casó con Guadalupe Álvarez. Le sobreviven su hijo, su esposa, tres hijastros (Joshua, Allan y Asher Ginsburg), cuatro de sus hermanos (Roberto, Martha, Luis y Lucero Molina) y dos nietos.

 

© 2020 The New York Times Company

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