Opinión

Crónicas de un mundo violento

04 Jun 2015
El escritor colombiano Evelio Rosero (1958) ha creado un universo de resonancias fantasmales cuyas presencias más visibles son, casi siempre, la violencia y el deseo

 

Un anciano busca con desesperación a su nieta desaparecida. Cometeríamos un error si redujéramos la trama de “En el lejero” (2003, recientemente reimpresa) del escritor colombiano  Evelio Rosero, a esta frase elemental que, sin embargo, contiene el germen de la trama.

Jeremías Andrade, siguiendo la ruta de su pesquisa, llega a un pueblo desolado que de inmediato recuerda al lector ese pavoroso territorio que inventó Juan Rulfo para su “Pedro Páramo” (1955) y que bautizó como Comala.

Aunque nunca sepamos a ciencia cierta si Andrade transita en un mundo de muertos, por lo menos hay señales de que la vida parece haber perdido cualquier traza de valor: todo el pueblo está alfombrado con cadáveres de ratas y unos niños juegan al fútbol usando una cabeza humana en lugar de un balón.

En el ambiente reina la niebla y el frío es la sensación más recurrente, las acciones transcurren en una suerte de penumbra eterna y la sordidez es el elemento de mayor fuerza en la existencia de un poblado marcado por el olvido.

Rosero retrata la guerra, esa palabra que ha tallado la historia colombiana desde su fundación republicana, con una crudeza de carácter expresionista. En el pueblo-moridero al que arriba (lejero es justamente una suerte de abismo y también el umbral del mundo de los muertos) Andrade constatará que su nieta forma parte ya de un coro que ha traspuesto, como en la novela de Rulfo, los límites de la historia o, mejor, de lo historiable.

Rosero retrata la guerra, esa palabra que ha tallado la historia colombiana desde su fundación republicana, con una crudeza de carácter expresionista.

              

En “Los ejércitos” (2007, reimpresa también no hace mucho), Rosero vuelve al tema de la guerra, esta vez de la mano de un anciano profesor jubilado, Ismael, y su mujer Otilia, pobladores de un lugar llamado San José.

La guerra asoma nuevamente como tema que estructura todas las tensiones del relato. Por un lado, Ismael irá enterándose de la desaparición de sus vecinos a manos de las milicias en conflicto, hasta llegar el día en que su propia esposa le es arrebatada en una de esas incursiones, lo que dará pie a un motivo insistente, que emparenta sin duda a “En el lejero” y esta novela: la búsqueda.

“Los ejércitos” combina con eficiencia un relato en el que la mirada de Ismael traza una curva que comienza en el placer, cuando el personaje se solaza contemplando a su vecina, la bella y sensual Geraldina, desde el muro que sirve de límite a sus propiedades, y termina en la degradación, cuando Ismael, luego de decidir quedarse en San José y no huir como todos los demás, descubre el cadáver de Geraldina y atestigua, con horror y estupefacción, la vejación de su cadáver a cargo de un grupo de soldados.

“La carroza de Bolívar” (2012) vuelve a ponernos en contacto con la violencia. Situada en la ciudad de Pasto en los años 60 del siglo pasado, narra tres historias centrales: la primera, la del doctor Justo Pastor Proceso, decidido a demitificar la figura del libertador mediante el encargo de construir un carro de carnaval que exhibe algunas escenas de las atrocidades cometidas por Bolívar contra los pastusos.

La segunda, que protagoniza de alguna manera el catedrático Arcaín Chivo, furibundo antibolivariano, quien nos sirve de guía en un diálogo textual que incluye a Marx y su entrada enciclopédica dedicada a Bolívar y una serie de textos históricos marginales, condenados por la historia oficial, que ponen en cuestión el estatus heroico del personaje.

Finalmente, la tercera historia que entra en escena tiene que ver con la formación de un grupo que decide incorporarse a la guerrilla y el relato de una de sus  primeras misiones: destruir la carroza mandada a construir por el doctor Proceso y acabar incluso con la vida de este, por considerar que manchaba la honra y la memoria del libertador.

Es curioso el destino de Bolívar: Aborrecido por la mayoría de las derechas, resistido por los liberales y reivindicado por radicalismos de izquierda de vario calibre, lo que por supuesto no descarta (aunque la acción remite a Colombia) una lectura alegórica que juega en pared con la realidad venezolana de hoy, en el punto más álgido de la irónicamente llamada "revolución" bolivariana.
 

     

No quería dejar de mencionar que “La carroza de Bolívar”, más allá de la obvia intención política de Rosero, tiende un puente intertextual poderoso, pues nos permite vincularla con otros textos colombianos como el relato “El último rostro”, de Álvaro Mutis, y las novelas “El general en su laberinto” (1989), de Gabriel García Márquez; “Las cenizas del libertador” (2008), de Fernando Cruz Kronfly; y “Ahí les dejo la gloria” (2013), de Mauricio Vargas.

No quisiera terminar este recuento de libros de Evelio Rosero sin mencionar “Plegaria por un papa envenenado” (2014), un ejercicio narrativo que recuerda, en una narración que disloca voces y tiempos, la oscura trama que envolvió la muerte de Albino Luciani, bautizado como Juan Pablo I durante sus casi dos meses de papado.

Aunque basado en “En nombre de Dios” (1984), la célebre investigación de David Yallop  sobre la muerte de este papa-escritor y la hipótesis de su envenenamiento, “Plegaria por un papa envenenado” se abre a la fantasía narrativa, quebrando la lógica de las acciones y del tiempo, incorporando al concierto de voces narrativas la de personajes de otros tiempos, algo parecido a los procedimientos que empleó el cubano Alejo Carpentier en su novela “El arpa y la sombra” (1978), dedicada a hurgar en el proceso de beatificación de Cristóbal Colón y su fracaso hasta en tres oportunidades.

Fuegos artificiales aparte, la narración nos vuelve a colorcar frente a varios  motivos predominantes en la narrativa de Rosero: la necesidad de recordar, la urgencia de la memoria, la historia y su paso violento y desolador por la existencia de los hombres. No creo equivocarme, lector, si afirmo en esta línea final que leyendo a Rosero acabo de encontrarme con uno de los escritores latinoamericanos más importantes del momento. 

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Alonso Rabí es periodista y escritor. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y realizó estudios de posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad de Colorado, Estados Unidos. Ha publicado los poemarios “Concierto en el subterráneo” (1992), “Quieto vaho sobre el espejo” (1994) y “En un purísimo ramaje de vacíos” (2000). En 2008 apareció “Animales literarios”, una reunión de 17 entrevistas suyas a escritores hispanoamericanos. Es autor de la ilustración que acompaña esta columna. Es docente en la Universidad de Lima. 

 

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