Opinión

La extraña imaginación de Mario Levrero

30 Abr 2015
Apuntes de un lector deslumbrado por un extraño descubrimiento: algunos libros del inclasificable escritor uruguayo.

Es físicamente imposible ser profesor, trabajar nueve o diez horas diarias y pretender tener tiempo para leer cada libro arrastrado por la fama o prestigiado por un apabullante éxito de ventas sin perder su aura de seriedad; cada autor que unos amigos o unos colegas te recomiendan enfáticamente, cada novela, ensayo o libro de cuentos que es elogiado a coro por los críticos. A cambio de eso uno desarrolla un despiadado y arbitrario sentido de la selección. Ya que no puedo darme el lujo de leerlo todo, pues me veo forzado entonces a escoger cada libro con un sentido de urgencia que es, valga la redundancia, cada vez más urgente: en dos semanas más habré cumplido 51 años y la lista de cosas por leer seguirá aumentando sin remedio.

A la larga, el acierto en la selección suele compensar cualquier otra falta, como por ejemplo dejar de leer por flojera o desidia, cosa que también me ocurre, pero no con una frecuencia que pudiera llamar alarmante o patológica, pero vamos, que de vez en cuando uno también puede cansarse de leer.

Pero, como digo, el acierto paga cualquier otra pena. Es lo que he comprobado después de disfrutar en forma consecutiva e ininterrumpida de tres libros del uruguayo Mario Levrero (1940-2004), versión abreviada de su nombre completo, Jorge Mario Varlotta Levrero, experto en oficios varios y en sobrevivir: hacedor de crucigramas, anfitrión de decenas de talleres literarios, vendedor de libros y hasta tratadista de temas paranormales y del más allá.

Levrero tiene una muy bien ganada fama de escritor raro y excéntrico. Sus historias están marcadas por una imaginación desbordante, un humor difícil de clasificar y una rara capacidad de convencernos de que, incluso en sus historias más absurdas y sus más extraviados delirios algo hay de verdad.

           

Los tres libros a los que aludo son: La ciudad (1970), El alma de Gardel (1996) y un volumen editado el 2012 que reúne tres piezas cortas y desopilantes: Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y otras novelas (1975), La banda del ciempiés (1989) y Dejen todo en mis manos (1996).

Sobre las dos primeras debo decir que me sedujeron por su extrañeza, su lógica difusa, su tendencia a romper fronteras entre lo racional y una forma de percibir el mundo tan perturbadora que desafía todo el tiempo la estrechez cartesiana de nuestra mirada. En La ciudad un sujeto llega a un pueblo a ocupar una casa en la que finalmente no habitará y en lugar de ello se dedicará a vagabundear sin sentido por los alrededores de esa localidad extraña en la que el sentido parece un bien escaso; en El alma de Gardel  en cambio contempla la mezcla de una reflexión sobre la escritura, presencias extraterrestres y unos chispazos autobiográficos no exentos de delirio, de recuerdo borroso, de pesadilla.

Si Borges hizo del policial y otros géneros menores metafísica, campo de reflexión y literatura de ideas, en sus novelitas Levrero los convirtió en gozo sin límite, carnaval desenfrenado y lugar de trasgresiones de todo calibre

Se trata, hasta  aquí, de dos registros opuestos, si se quiere, pero que revelan los extremos entre los que se mueve Levrero: uno, el placer de torcer los pliegues de la racionalidad del mundo hasta lograr el efecto de hacernos pensar en lo normal como la desviación; otro, una escritura que arroja una hipérbole incontrolable sobre modelos estéticos “desprestigiados” por su carácter popular.

Si Borges hizo del policial y otros géneros menores metafísica, campo de reflexión y literatura de ideas, en sus novelitas Levrero los convirtió en gozo sin límite, carnaval desenfrenado y lugar de trasgresiones de todo calibre, desde una secretaria ninfómana e incestuosa en Nick Carter… hasta una brutal escena de zoofilia en La banda… .  Dos concepciones de escritura sin duda marcadas por el ludismo, pero distanciadas irremisiblemente por el estilo. Levrero juega incansablemente con sus intertextos, de Felisberto Hernández a G.K. Chesterton, de Franz Kafka a Juan Carlos Onetti, de Roberto Arlt a Leopoldo Lugones.

En años recientes la obra de Levrero abandonó el aura de ser autor de culto y empezó a tener mayor difusión y, ciertamente, una recepción crítica entusiasta. Sin embargo esto ha ocurrido a destiempo y en este caso doblemente: Levrero debió ser tocado por el boom o sus secuelas; yo, como lector, llego tarde a su obra, pero siento la íntima victoria de un rescate triunfal para mi biblioteca personal.

El deslumbramiento aún no ha terminado. Mientras pongo final a estas líneas espero con ansiedad la llegada del cartero, quien en los próximos días debe dejar, junto con la aburrida correspondencia de bancos y cuentas por pagar, una copia de La novela luminosa (2005) e Irrupciones I y II (2001),  la recopilación de sus ensayos y artículos. No olvido, por cierto, que me faltan todavía muchas citas con Levrero. El destiempo, entonces, seguirá arrojándome a su luz.

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ILUSTRACIÓN: Alonso Rabí

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