Actualidad

Los últimos secretos de Uchuraccay

24 Ene 2015
Cuando parecía que no quedaba nada más por decir sobre el crimen de ocho periodistas en 1983 en las alturas de Ayacucho, un nuevo libro reconstruye detalles hasta ahora inadvertidos: ¿Quién fue el sobreviviente de la matanza que guardó los detalles durante años? ¿De dónde vino el supuesto infiltrado del Ejército y qué hacía allí? ¿Qué pasó con las cámaras que les quitaron y nunca aparecieron? ¿Cuál era el verdadero misterio del caso?

En las alturas de Ayacucho existe la leyenda rural de que alguien –quién sabe qué tan cerca o lejos– guarda alguna de las cámaras fotográficas arrebatadas a los periodistas asesinados en Uchuraccay. El supuesto poseedor también tiene fotos que nunca serán reveladas. No es un detalle menor: uno de los elementos más dramáticos en esta tragedia son las fotos captadas por uno de los reporteros segundos antes de ser masacrado, y recuperadas poco después, cuando su maletín apareció en una cueva de los alrededores. Su sentido del deber puso imágenes a la pesadilla nacional. La más remota posibilidad de que existan más pruebas alimenta un morbo que ha crecido por tres décadas. Sin embargo, el detalle tiene otra lectura como evidencia y ha sido hallada por los periodistas Víctor y Jaime Tipe para ‘Uchuraccay, el pueblo donde morían los que llegaban a pie’, un libro que reconstruye los hechos: un testigo hasta ahora olvidado asegura que un personaje trató de venderle las cámaras después de la masacre. Si eso es cierto, y de haberse sabido antes ¿no se habría desbaratado hace tiempo cualquier tesis sobre una supuesta intervención externa en la muerte de los periodistas? Toda historia es un espejo roto que cada quien reconstruye según cómo quiera verse. El que hicimos los peruanos con Uchuraccay fue el retrato de un país en el clímax de la confusión.
 


 

Toda historia es un espejo roto que cada quien reconstruye según cómo quiera verse. El que hicimos los peruanos con Uchuraccay fue el retrato de un país en el clímax de la confusión.

"¿Qué sucedió el 26 de enero de 1983? Lo acontecido aquel día no fue un hecho aislado. No puede ser extraído del contexto de violencia que imperaba en la zona desde que Sendero Luminoso hizo su aparición en ella para tratar de captar adeptos a sangre y fuego", dicen los autores. El episodio es un macabro rompecabezas por donde se mire: ocho periodistas entraron a buscar la noticia en una tierra desconocida que estaba convulsionada por dos masacres recientes contra militantes de Sendero Luminoso; allí había una comunidad que esperaba un ataque de revancha en cualquier momento; poco antes del viaje de los periodistas, una patrulla militar había pasado por el pueblo con la indicación de que los pobladores exterminaran a cualquier extraño que se presentara, como medida de protección. Al momento del encuentro, la suma de malentendidos propició la tragedia.

En el ambiente de crispación política de la época, cualquier explicación era difícil de aceptar. Hacía menos de tres años que los militares habían entregado el poder y los temores de un posible retroceso no estaban del todo conjurados. Sin embargo, la secuela de asesinatos selectivos y atentados iniciada por las huestes de Abimael Guzmán había llevado la situación al límite. “Al terminar 1982 Sendero había logrado avanzar sustancialmente –señala Gustavo Gorriti en el libro ‘Sendero: Historia de la guerra milenaria en el Perú’-. En Ayacucho el progreso había sido en todos los frentes”. No hacía mucho que el gobierno de Fernando Belaunde había accedido a decretar el ingreso de la Fuerza Armada para acabar con el movimiento terrorista cuando se produjo la masacre de senderistas a manos de comuneros de Huaychao, el inicio de la racha mortal de este episodio. “La información del Comando Político-Militar generó desconfianza –recuerda el relato de los hermanos Tipe–. Cierto sector de la opinión pública consideró inverosímil que una comunidad desarmada hubiera enfrentado a una columna subversiva provista de armas de fuego”. Además, algunos detalles aislados, como ciertas prendas usadas por los campesinos, alimentaron la idea de que la masacre había sido instigada por militares infiltrados en la población. “El germen de la duda se extendió entre los hombres de prensa y los sectores de oposición al gobierno”. Ese fue el motivo del último viaje de los reporteros y el ingrediente que cubriría de misterio su muerte durante décadas.

Con el tiempo algunas investigaciones aportaron nuevos detalles al caso. En el libro “Muerte en el Pentagonito”, el periodista Ricardo Uceda esclareció el enigma de si los periodistas habían concertado un encuentro con mandos de Sendero Luminoso, como se creyó en algún momento. Años después de la tragedia, Uceda logró entrevistar a un involucrado directo, el senderista “Juan”, líder de la columna que había sido parcialmente aniquilada en aquella primera masacre de Huaychao. “Sus propios ojos vieron pasar al grupo de periodistas cuando se acercaba a Uchuraccay”, dice el autor. En la conversación, el mando confesó a Uceda que nunca hubo coordinación y que al enterarse de su presencia en la zona, envió a averiguar el motivo en casa del propio guía que conducía a los reporteros hasta el pueblo donde iban a morir. “Nos dijeron que eran periodistas y que hacían una investigación. Me dije: ‘Esto no es con nosotros’. Y los dejamos pasar”, reveló “Juan”. Según su testimonio, supo de la masacre de ocho personas al día siguiente, por boca de unos campesinos, aunque no sabía de quiénes se trataba. “Nos enteramos de la noticia por radio”, comentó.
 

Otra investigación, de corte académico, permitió confirmar que la masacre no fue un acto espontáneo de pobladores desconcertados, sino el resultado de una decisión formal de la comunidad. El historiador Ponciano del Pino ubicó un acta presentada en su momento a la subprefectura de Huanta y firmada por los pobladores el 1 de enero de 1983, semanas antes de la tragedia. Se trababa de un memorial en que los comuneros se comprometían a organizarse y defender su pueblo. El documento, recogido por Víctor y Jaime Tipe para su libro, había sido firmado a instancias de una patrulla militar que recorrió la zona por esos días para promover la creación de comités de autodefensa. “Los jefes de la patrulla felicitaron la decisión y se comprometieron a enviar apoyo apenas la comunidad requiriera respaldo en su lucha contra las columnas senderistas, mientras los comuneros enseñaban las lanzas con las que solían defenderse los antepasados de Uchuraccay en las peleas intercomunales”, señala la reconstrucción de los hermanos Tipe. Los comuneros estaban preparados para una guerra cuando el equipo de periodistas llegó a la zona sin protección.

El tiempo ha permitido explicar varios detalles que en su momento dispararon esquirlas de sospecha en todas las direcciones posibles. Por ejemplo, una versión de corte antropológico sembraba dudas por las características de las fosas en que fueron hallados los cuerpos, que eran muy superficiales para la tradición andina. Los autores de este nuevo libro lograron ubicar a un testigo que participó en los entierros inmediatamente después del crimen. “Nos dijo que todo había sido por algo tan sencillo como la premura ante un posible contraataque de Sendero”, recuerda Jaime Tipe. Otro elemento misterioso fue el atuendo de algunos campesinos, alguno de los cuales llevaba botas: los testimonios recogidos en esta investigación explican que la comunidad había recibido diversos objetos de la patrulla militar que estuvo poco antes de la masacre, como ayuda para que se protegieran mejor en medio de las carencias. Una versión más señalaba la presencia de al menos un supuesto infiltrado que hablaba bien el castellano, a diferencia de los demás comuneros. El relato permite conocer que en realidad se trataba de un comunero joven que había vivido en Lima y ya estaba de regreso en Uchuraccay al momento de la masacre. El libro incluye además un testimonio fundamental: el de un hombre que ese día estuvo a punto de ser ejecutado y observó directamente cómo morían los periodistas.

 

Todos los 26 de enero hay una ceremonia en el cementerio de Uchuraccay. “Allí ellos piden perdón siempre, todos los años”, comenta Víctor Tipe.

Si detalles como estos hubieran aparecido hace treinta años, tal vez el Perú se hubiera librado de muchos fantasmas, pero la generación que vivió el episodio y sus consecuencias estaba muy ocupada buscando demonios de uno y otro lado. El libro señala responsabilidades de todos: la de los comuneros que asesinaron, la de las Fuerzas Armadas que instigaron las ejecuciones extrajudiciales y luego obstaculizaron las investigaciones, la de los senderistas que luego de la masacre continuaron una racha de asesinatos contra gente de ese mismo pueblo, solo comparable a la de las peores matanzas perpetradas en la guerra interna. “No solo nos quedamos en la tragedia del periodismo, sino también en la tragedia que afectó a la comunidad”, señala Jaime Tipe. En los días siguientes, Sendero llegó con una lista y ejecutó a once personas. El hecho dio pie a la versión de que los terroristas habían vengado la muerte de los reporteros. En realidad esos ataques buscaban vengar a sus militantes caídos antes que los periodistas y, sobre todo, aplicar un castigo a la falta de sumisión del pueblo. El saldo final alcanzó las 135 víctimas en un solo año. En una comunidad andina, semejante matanza equivale a un exterminio.

Mientras hacían su investigación, los hermanos Tipe tomaron nota de que todos los 26 de enero hay una ceremonia en el cementerio de Uchuraccay. “Allí ellos piden perdón siempre, todos los años. No dicen que fueron obligados ni nada, solo piden perdón”, comenta Víctor Tipe. El gesto suele pasar desapercibido para el resto del país, que mantiene una idea del episodio marcada por años de confusiones. Quizá es momento de tomar ese gesto y convertirlo en un rito nacional. En el Perú sobran imágenes del dolor, pero faltan penitencias.
 

Fotos:

1) Paisaje del antiguo pueblo de Uchuraccay, abandonado tras la arremetida senderista que siguió a la masacre. En 1993 se creó el nuevo pueblo en un paraje cercano. Archivo Víctor y Jaime Tipe.

2) Una de las últimas imágenes de los reporteros en vida. Diario El Peruano.

3) Expediente de una disputa entre comuneros en el Poder Judicial de Huanta, previa a la tragedia, que descarta la tesis de su aislamiento cultural. Archivo Víctor y Jaime Tipe.

4) Los autores Jaime y Víctor Tipe en el lugar donde los periodistas tomaron desayuno camino a Uchuraccay. Archivo Víctor y Jaime Tipe.

 

Síguenos

Recibe nuestros mejores reportajes, crónicas e investigaciones.