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Mordzinski: retrato de una biblioteca humana

13 Abr 2016
Una conversación con el hombre detrás de la cámara que ha retratado a los autores más famosos de la literatura contemporánea, desde Borges a García Márquez y Vargas Llosa. Su trabajo es una galería universal del talento literario. En este encuentro revela el profundo sentido narrativo de perseguir autores durante décadas para captar su esencia.

Ed Vulliamy, director del prestigioso diario inglés The Guardian, se convierte súbitamente en un empleado de limpieza y empuja un carro lleno de adminículos propicios a su labor mientras el escritor peruano Alonso Cueto observa la escena sin inmutarse, apoyando con placidez parte de su metro noventa y tantos en una pared. Clic.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez cubre su cabeza y parte de su rostro con un manto negro y cuando asoma el primer plano arroja como resultado la imagen de un monje medieval condenado a la escritura y al silencio. Clic.

Gabriel García Márquez sentado al borde de su cama, en su mansión cartagenera, mirando con sobriedad y elegancia quién sabe hacia dónde en un perfecto plano general. Clic. Alberto Fuguet, Sergio Ramírez  y Javier Cercas, entre un nutrido grupo de escritores, aparecen bajo el sol inclemente de una plaza de toros, pensando ya en faenas venideras. Clic.

 

RETRATO DE UN RETRATISTA. Daniel Mordzinski es invitado imprescindible de las mayores convenciones literarias en América Latina, donde expone sus fotos y actualiza su archivo con nuevas capturas.

Y nuevamente Javier Cercas, corriendo contra el viento con cara de niño en plena travesura y un paraguas que ha dejado de servir de tal cosa para convertirse más bien en un curioso recipiente. Clic.

Se abre un ascensor en un edificio de departamentos en Londres y ya nada sorprende a Mario Vargas Llosa, habituado a enfrentarse, como tantos otros de sus pares, al lente de Daniel Mordzinski. Clic.

Y es aquí que debo decir que Mordzinski no solamente toma fotografías sino que las convierte en algo vivo, que para él apretar el sensor de la cámara es un modo de escritura, que se trata de alguien que ha roto con todo mecanicismo en su oficio y dedica su mirada y sus esfuerzos a captar precisamente eso que no vemos en los demás.

Mirá, no es fácil resistirse a la literatura cuando tienes 18 años y Borges, el gran poeta ciego, entra en tu vida. 

Mordzinski insiste en que no hay un método que merezca llevar su apellido como fórmula de bautizo. Aparentemente, en esa mezcla de espontaneidad, intuición y entusiasmo con que el fotógrafo resuelve las imágenes que logra, no hay en efecto un método. Pero a lo mejor, pienso, el método consiste en hacernos creer que no lo hay. Me gusta mucho esa última posibilidad, aunque él no necesariamente la comparta.

Vuelvo a mirar la exhibición montada con ocasión del primer Hay Festival de Arequipa y me convenzo cada vez más de que este hombre está narrando una novela continua, sin principio ni final definidos, alimentada exclusivamente de imágenes que seguro le dicen cosas diferentes a cada espectador. Una novela en la que todo el tiempo aparecen personajes nuevos y en la que los personajes ya conocidos reaparecen en nuevas situaciones. Una novela que se extinguirá cuando el fotógrafo se extinga o cuando él decida que debe terminar. Muchos, como yo, ruegan secretamente que ese día no llegue.

Me encuentro con Mordzinski en el patio de un majestuoso hotel arequipeño, adaptado a una construcción del siglo XVII y conservado con magnífico criterio. Hay un silencio natural entre sus gruesas paredes, silencio que solo interrumpe el activo bullicio del patio. Hay escritores por todas partes. Hay reporteros y fotógrafos buscando cada cual a su presa. Yo llego a las 8:30 y lo primero que veo es a Mordzinski ya con la cámara en la mano registrando cuanto se mueve a su alrededor, conversando con sus colaboradores, planificando lo que será un largo día de mesas, presentaciones y por cierto, fotos. Sobre todo fotos.

Ni bien me ve me hace una señal de complicidad que no puede significar otra cosa que: “ya termino, esperáme”. Me siento en una banca monacal y espero. Mordzinski se acerca, un apretón de manos, un abrazo y empezamos. Y he aquí la primera interrupción: Julio Villanueva se acerca y le dice a Mordzinski: “el tipo es confiable”, sonríe y se aleja hacia el segundo patio con sus pasos de lentitud calculada. Ahora sí, empezamos.

¿Primero fue la vocación de escritor pero luego irrumpió la fotografía, verdad?

–Así fue. Desde muy joven. Mirá, no es fácil resistirse a la literatura cuando tienes 18 años y Borges, el gran poeta ciego, entra en tu vida. O cuando a los 19 hablás con Cortázar y en una tarde fría en que él sale de su casa con un enorme sobretodo y me ve a mí, que estoy muriéndome de frío, me regala el abrigo por más que le digo que no soy friolento, pero él evidentemente no me cree. O cuando a los 20 años empezás con esto de los retratos y van apareciendo Vargas Llosa, García Márquez y todo eso te lleva a sospechar que, efectivamente, algo debe haber en la literatura que embruja y hechiza, porque al mismo tiempo que tomo las fotos leo y descubro eso.  Por esa misma época leí el Manifiesto Surrealista de Bretón, ese donde se habla de la causalidad objetiva, ¿te acordás? Y eso me sirvió para explicarme muchas cosas. Por otro lado, no olvidés que yo fui uno de esos jóvenes latinoamericanos que no tuvo mucho para escoger y entre las pocas cosas que escogí fue dónde vivir, y es así que llego muy joven a París.

La ciudad del mito de artista.

–Claro. Y allí conozco a una serie de otros jóvenes latinoamericanos como yo, colombianos, argentinos, en fin, de otros países, y terminamos fundando una suerte de república invisible. Todos teníamos algo en común: no saber si queríamos o íbamos a ser cineastas, fotógrafos, pintores, escritores, etcétera. Sin embargo, sabíamos o intuíamos que esas cosas tenían que suceder o podían suceder en una ciudad como París.

MANO A MANO. Mordzinski por Rabí. 

¿Escribías en esa época? ¿Dejaste de hacerlo en todo caso?

–Mi relación con la escritura es básicamente la de un lector. Recuerdo siempre un bellísimo poema de Roberto Juarroz que dice: “la luz, toda la luz no alcanza para ver en el fondo la imagen que aparece cuando nadie mira”. Digo esto porque como buen lector, soy muy consciente de lo mal que me expreso con las palabras (risas). Digo, escribiendo. Sin embargo, 39 años después de ese deslumbramiento parisino, después de tantos golpes y tantas caídas, tengo la sensación de que la fotografía no me alcanza. Mirá qué paradoja, el lenguaje que escogí para traducir mis sueños, para canalizar mis obsesiones, para dar forma y sentido a mi entorno, no me alcanza. Al final te das cuenta de que todo lo que vas viviendo necesita de las viejas palabras. Es duro constatarlo, pero es mejor ser sincero con uno mismo.

¿Estás entonces en la búsqueda de esas palabras?

–Empecé justamente hace poco, en Bueno Aires. Es la primera vez, nunca me había enfrentado a la necesidad de escribir. Por supuesto que había escrito cartas de amor y cosas de esas, pero esta vez es distinto, se trata de lograr la expresión de uno mismo.

Además de París hay otra ciudad que es clave en tu formación: Tel Aviv. ¿Qué produjo en ti esa estancia?

–Efectivamente. Salí de Buenos Aires a París, donde estudié cine. No quería volver a Argentina porque la dictadura continuaba y tenía mucha curiosidad por descubrir otras cosas. Me cansé un poco de París. Y me propusieron un trabajo de corresponsal en Tel Aviv, para una agencia francesa. Comencé a frecuentar los territorios ocupados y comencé también a dejar de lado el cómo suceden las cosas para interrogarme más profundamente y buscar causas, porqués. Cuando vas a una casa humilde en Nablús, por ejemplo, y entrás a un cuarto pequeñito y ves allí los colchones apiñados para toda la familia, evidentemente la foto del niño tirando piedras pasa a segundo plano.
 

Comencé a frecuentar los territorios ocupados y comencé también a dejar de lado el cómo suceden las cosas para interrogarme más profundamente.

Una experiencia cruda, fuerte.

–Cruda, sí y diría que maravillosa también. Conocí gente hermosísima y fueron años de formación, porque todo el mundo sabe que Israel vende como noticia y los medios envían a sus mejores elementos, a sus mejores cuadros a trabajar allí.  Por supuesto mirando a la derecha y a la izquierda se aprende. Yo, que siempre tuve una formación académica, de grandes escuelas, cada vez estoy más convencido de la formación basada en la relación entre un maestro y sus discípulos, en ese mano a mano, ese juego de miradas que hoy es muy difícil lograr.

Volvamos un poco más atrás. Si el dato no me traiciona, las primeras fotos que hiciste fueron de Borges y las hiciste con una cámara que te prestó tu padre. ¿Él era fotógrafo?

–No, él no era fotógrafo, pero tenía una cámara vieja y me la prestó. Yo era segundo asistente de dirección en un documental sobre Borges (Borges para millones es el título) y hubo solo un día para grabar. Ese día yo me arrepentí de no haber llevado una cámara, no sabés las fotos que hubiera hecho. Pero el director, Ricardo Wullicher, consiguió un día más y fue allí que hice las fotos. Luego durante el proceso de montaje, Roberto se dio cuenta de que le faltaba material y allí entraron esas fotos. Fue interesante. Recuerdo que en medio del ruido del set me acerqué a Borges, me presenté y le pedí permiso para tomarle las fotos. Me pareció algo natural, de respeto. Sin saberlo, ya estaba yo haciendo mi mapa de cómo hasta el día de hoy sigo construyendo este día a día como retratista y si soy retratista creo que es porque me interesa el otro, el ser humano.

Y al cabo de cuatro décadas lo que se puede decir es que has formado una biblioteca humana impresionante.

–Me gusta esa idea.
 

Mi trabajo se basa en el juego, en la travesura, en la invitación al retratado a salir de la solemnidad.  

¿Alguna persona decisiva en tu vocación por la fotografía, algún maestro?

–No he tenido un maestro en el sentido directo que podríamos dar a esa palabra. He tenido grandes maestros que son el conjunto de fotógrafos que admiro y quiero, algunos de ellos retratan escritores. Mi escuela, mi formación ha sido otra, un poco más solitaria y autónoma. Desgraciadamente no tuve eso tan deseable, esa intimidad reveladora con un maestro.

Tratando de pensar en una metáfora sobre ti y tu oficio, ¿la cámara sería una extensión de tu propio cuerpo? Vengo observándote dos días seguidos antes de esta conversación y nunca te vi sin la cámara en la mano.

–Digamos que funciona como metáfora mientras estoy trabajando. Fíjate que no soy de los que van a todos lados con la cámara, a veces prefiero sentirme más libre, charlar un poco, tomar un café. Si analizás un poco mi trabajo te das cuenta de lo infinito que es, porque cuantos más escritores retratás, más te quedan por retratar. Y de lo gratuito que es, porque muchísima gente cree o piensa que esto no sirve para nada.

Aquí ocurre la segunda interrupción. Aparece Leila Guerriero y es como el encuentro de dos amigos de toda la vida. Daniel y ella se abrazan con un sentido profundo de la camaradería, conversan con una familiaridad que no es impostada sino un acto de inspirada y genuina cortesía entre dos seres brillantes y dotados de un enorme talento natural. Mientras los veo conversar, compruebo que algo debí oprimir porque la Olympus VN 7100, que es como mi camioneta cuatro por cuatro, se ha detenido. Vuelve Daniel y por supuesto nota mi cara de estupor. “¿Qué pasó? ¿Perdiste algo?” Logro dominar la situación tras unos segundos de emergencia digital y todo vuelve a la normalidad.

¿Y es malo que la gente piense eso, digo, te afecta en algo?

–Para nada, todo lo contrario. Esa creencia me da una gran libertad para trabajar. Te das cuenta de que yo puedo encontrarme con un escritor, hablar con él un par de horas y decidir no hacerle fotos.

¿Te ha pasado eso?

–Sí, Me pasó por ejemplo con Paul Auster. Yo lo conocí en una rueda de prensa de esas en las que cada veinte minutos entra otro medio y tienes una mujer con un cronómetro que te indica maniáticamente que te faltan dos minutos para terminar. Nunca había visto ni escuchado a Auster. Yo estaba subyugado con sus palabras. Y entonces yo le preguntaba alguna cosa de sus libros, un poco como la carnada, para que viera que allí había un lector. No hay método Mordzinski, pero si alguien conoce la dificultad del trabajo de la escritura, soy yo, gracias a mis amistades. Soy consciente también de que hay un momento para escribir y otro para hablar de lo que estás escribiendo o de lo que acabás de publicar. Si en ese momento, como ocurrió con Auster, tú le soltás una frase de su primer libro, el tipo echa a la del cronómetro y se queda contigo porque sabe que no eres solo un periodista sino también un lector. Pero eso no pasó. El tema es que luego de veinte minutos de absoluta fascinación con Auster me retiré sin hacerle fotos. Escucharlo me había llenado más. Luego tuve ocasión de fotografiarlo.

No debe ser fácil recordar cómo varios años de tu propio trabajo van a parar por descuido y negligencia a la basura

No hay un método, pero hay una forma de trabajar.

–Bueno, digamos que mi trabajo se basa en el juego, en la travesura, en la invitación al retratado a salir de la solemnidad.  

Tercera interrupción: la poeta libanesa Joumana Haddad pasa cerca de nosotros y Mordzinski se para como un resorte y se confunde en un profundo abrazo con ella. Conversan amigablemente por unos minutos. Solo atino a poner pausa en la grabadora y mirar lo que pasa sin asombro: Mordzinski saca la cámara y como si hablara con su vecino de toda la vida le pide a la poeta “hacé esto”, clic, “ponéte acá”, clic, “mirá para allá”, clic…Sin ceremonias, sin guion, la espontaneidad más pura que uno se pueda imaginar. ¿Será ese el método, entonces, hacer pensar que no lo hay? Se despiden y vuelve Mordzinski con cara de qué puedo hacer, es mi trabajo.

 

DIÁLOGO. El fotógrafo y el entrevistador.

Corre la especie de que tienes mucha influencia en el mundo literario. ¿Verdadero o falso?

–Totalmente falso. Lo que es cierto es que detrás de una cámara se escucha todo (risas).

Es imposible estar con un argentino y no hablar de fútbol. ¿Hincha de…?

–Soy hincha de muchos clubes a la vez. Me gustan los clubes perdedores, pequeños, que son un poco como los personajes que nos gustan. Y me gustan mucho los equipos de puerto, por ejemplo, el Marsella.

Un día de 2013 llegaste a tu oficina en el diario Le Monde  y encontraste que tus archivos habían desaparecido. Recordé como antecedente el incendio de la biblioteca de Octavio Paz. No me puedo imaginar la situación, Daniel. ¿Qué pasó por tu mente en ese momento?

La pregunta es obviamente incómoda. No debe ser fácil recordar cómo varios años de tu propio trabajo van a parar por descuido y negligencia a la basura. Los datos de la pérdida son espeluznantes: unas cincuenta mil imágenes en negativos fueron a dar a Dios sabe qué relleno sanitario, cámara incineradora de desperdicios o planta de tratamiento de basura. Cincuenta mil fotografías de escritores de todas partes del mundo, pero sobre todo latinoamericanos. Mordzinski no termina de procesar la pregunta. Está callado y parece llorar sin lágrimas. Sus ojos enrojecieron. Mordzinski se contiene. Finalmente habla.

–La verdad es que ese dolor fue demasiado fuerte. Siempre traté de llevar este tema con la mayor elegancia posible, porque no hubiera soportado que alguien me acusara de haber querido sacar provecho de esa situación. El mundo está lleno de canallas, ¿viste? Lo primero que hice…estaba con Miguel Mora, corresponsal de El País en París, fue tirarme al suelo y ponerme a llorar. No podía creerlo. Hablaba solo, preguntaba, intentaba entender. No hubo respuestas, hasta hoy. Lo que aprendí después de esta terrible experiencia es que no hay nada peor que la estupidez humana.

Para honrar este diálogo saco mi teléfono en pos de la foto del recuerdo. Sonríe y me dice, socarronamente, ¿no tenés una cámara? Un empleado del hotel nos hace el favor. Luego le tomo unas fotos a él solo, que no serán ni el más pálido reflejo de su enorme talento. Lo sigo por un rato más. Lo fotografío fotografiando, que es lo suyo. Luego le cuento que estoy trabajando en un libro y sin demora me dice: “entonces yo te hago las fotos” y de inmediato me da las instrucciones y va disparando con una seguridad solo reconocible en los maestros. Apretón de manos final, abrazo, la promesa de verse alguna vez, en algún otro lugar. O en el mismo. Clic.

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Fotos e ilustraciones: Alonso Rabí.

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