Crónicas

El país que se quedó en la Curva del Diablo

14 Dic 2014
Una impactante crónica del director de La Espera cuenta el detrás de cámara del documental que retrató el Baguazo, el conflicto social más sangriento de la historia reciente del Perú. El reconocido cineasta, además de contar detalles inéditos de la filmación, revela la amenaza judicial que viene sufriendo uno de los deudos por parte de la entonces ministra del Interior aprista, Mercedes Cabanillas.

UNO

El peor conflicto social en la historia reciente del Perú estalló una mañana del 2009 en un monte de belleza incomparable. Fue en la selva del Condorcanqui, un territorio en plena región amazónica que inunda los sentidos con sus paisajes, sus olores, sus sonidos infinitos. También es conocido como territorio tradicional de las comunidades indígenas wampi y awajún. El día de la tragedia, una muchedumbre de nativos se levantó en protesta por unas normas que consideraba lesivas para sus derechos sobre la tierra. La masa tomó una estación petrolera y bloqueó una carretera. El gobierno envió desde Lima un contingente policial para controlar la protesta. Lo que quedaría de ese episodio en el imaginario de muchos peruanos fue un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre indígenas y policías, con gases lacrimógenos, disparos desde helicópteros, personas desaparecidas y un lugar llamado la Curva del Diablo, cerca de la ciudad de Bagua. La pregunta que hasta ahora sigue sin respuesta es: ¿Quién fue el responsable? La balanza se inclina dependiendo de quién y cómo mire los hechos. Entre 2011 y 2014, unos amigos y yo decidimos hacer un documental que se acercara lo más posible a la verdad. Esta es la historia detrás de ese esfuerzo.

DOS

Nunca habíamos contemplado la luna tan de cerca como en Santa María de Nieva, rojísima y colosal encima del Marañón. Además, la pequeña cámara de alta definición que llevábamos embellecía todos los lugares. Por ejemplo, en Imacita, el monte donde once policías fueron asesinados lucía espléndido y luminoso en video. No he visto otra imagen tan representativa de nuestra contradicción como país. En cambio hoy, en el centro de Lima, todo es ruidoso, gris y hostil cuando llegamos al Parque Universitario, donde nos esperan policías de distintos rangos que participaron en el operativo en Bagua. Aunque no aceptan salir en cámaras, cuentan por primera vez su versión de lo ocurrido ese día. ¿Qué recuerdan primero? Que el plan policial era relativamente sencillo: a las 4 de la mañana un grupo de agentes debía tomar la colina conocida como La Curva del Diablo. A las 5:45 de la mañana, estarían ya posicionados en la parte superior de la colina, con una vista estratégica a la zona de bloqueo. A las 5:50 de la mañana, un escuadrón de operaciones especiales llegaría por la carretera Fernando Belaunde para reforzar el cerco. A las 6 de la mañana, el escuadrón empezaría a lanzar gases lacrimógenos contra los nativos; estos intentarían subir por la colina, donde serían atajados por el primer equipo policial. En poco más de una hora el bloqueo debía estar disuelto.

Pero una cadena de imprevistos arruinaría esa posibilidad.

A las cuatro en punto, sesenta policías iniciaron sigilosamente la toma de la colina, eludiendo a los manifestantes que dormían en la carretera. No tenían mucho tiempo, porque se acercaba el amanecer y su presencia no tardaría en ser advertida por los vigías awajún. El problema era que no había rastro del escuadrón que se suponía debía venir de refuerzo. Además, las radios no funcionaban. Así dieron las 6 de la mañana. Entonces todo se desató muy rápido: los primeros gritos awajún que advirtieron de la presencia policial, los cientos de manifestantes que subieron con lanzas por la colina, los policías que reaccionaron con pánico y empezaron a lanzar gases lacrimógenos. En cierto momento el viento hizo que los gases regresaran contra los propios agentes. Alguien se puso nervioso y soltó el primer disparo. Apenas los primeros indígenas cayeron, los pobladores awajún y wampis prendieron hogueras con las ramas secas del lugar, que pronto se volvió un infierno. La visibilidad era terrible entre el humo y los gases agitados por el viento. Trescientas personas empezaron a rodear a los sesenta policías de la cima.

El líder nativo Santiago Manuin subía la colina cuando recibió una ráfaga que lo impactó ocho veces. Al creerlo muerto, la furia del pueblo indígena se expandió mucho más. El estallido hizo que los policías optaran por regresar a su ubicación original, en un descenso torpe y peligroso por las laderas. El mayor Felipe Bazán y otros oficiales trataron de ganar tiempo para sus compañeros, y por eso subieron un poco más, pero terminaron acorralados contra un precipicio. Los primeros policías murieron a golpe de lanzas y machetes; otros, se lanzaron al abismo. El mayor Bazán fue capturado. Se le despojó de las armas y el uniforme. De regreso a la carretera, un manifestante le tomó la última foto en que quedaría de él, aterrado, con el rostro sangrante y sin camisa, rodeado de sus captores como un prisionero de guerra.

Recién una hora más tarde, a eso de las 7 de la mañana, el escuadrón terrestre apareció por la carretera y se topó con el clímax del levantamiento indígena. Algunos nativos portaban la ropa y el equipamiento policial que les habían quitado a los primeros policías. Los agentes de refuerzo sintieron eso como un ultraje y respondieron abriendo fuego de manera descontrolada. Cerca de doscientos heridos de bala se contabilizaron en la zona esa mañana. La cantidad de cuerpos caídos hizo que los medios informaran de un etnocidio, una versión que inflamó los ánimos en toda la región. Parecía que una confusión arrastraba a otra, cada cual más fatal que la anterior.

Entre 2011 y 2014, unos amigos y yo decidimos hacer un documental que se acercara lo más posible a la verdad. Esta es la historia detrás de ese esfuerzo.

TRES

Estuve desmayado unos minutos a causa del cansancio y el calor. Robinson Díaz, gran amigo y mano derecha del rodaje, me despertó y me alcanzó una botella de agua que bebí entera. Dos aves negras volaban sobre nosotros haciendo círculos. Alrededor, el terreno estaba seco y ardía bajo un sol apabullante. A unos metros de allí estaba el lugar donde fue capturado el mayor Felipe Bazán, y donde habían muerto sus compañeros. Estábamos en la cima de La Curva del Diablo. La carretera rodea esta colina haciendo un giro peligroso: el apodo viene a causa de un historial de accidentes de tránsito. También podría serlo por el calor infernal. Como fuera, la tragedia de Bagua, le dio nuevos sentidos al nombre: hace recordar a los muertos, los cuerpos quemados en medio del estallido. Las autoridades locales quisieron cerrar el debate y –en un gesto tan ridículo como inútil– rebautizaron como La Curva de la Esperanza. Casi nadie se ha enterado.

Parados en plena colina donde se desató el infierno, imaginamos a esos nativos awajún, acostumbrados a su selva, viajando durante días hasta este punto árido para reclamar sus derechos. Por más de cincuenta días soportaron el calor y algunas enfermedades para mantener su protesta. ¿Cómo pudieron? Semanas después nos lo explicarían con tonos de voz que iban del cansancio a la rabia, de la firmeza a la angustia: “fue la convicción de estar luchando por algo urgente lo que nos hizo resistir ahí”. Recordar eso me sonroja: nunca he sentido una convicción semejante. Nunca el gobierno ha creado decretos que puedan hacer peligrar mi hogar. O tal vez sí, y no me entero. O tal vez me entero, y no reclamo. O sí reclamo, pero se me pasa al rato. En cambio, la de ellos es la convicción de quien se juega el pellejo.

CUATRO

Para llegar a este lugar hay que seguir una secuencia de transbordos: tomar un bus de Lima a Chiclayo, en la corta norte del Perú; luego abordar un auto de transporte colectivo de Chiclayo hasta Bagua, ya en la región Amazónica; y luego hay que subir a una camioneta que te llevará hasta Santa María de Nieva, un pueblo famoso como escenario de La casa verde, una de las más celebradas novelas de Mario Vargas Llosa. Desde ahí, hay que enrumbar hacia a las comunidades nativas en una barca a motor. Son tres días de viaje ininterrumpido para llegar a Santa Rosa Pankintsa, comunidad awajún que sería nuestra ‘base de operaciones’.

No llegamos con cámaras al hombro para entrevistar a todo el mundo o grabar danzas y rituales. Llegamos para convivir con la comunidad. Eso decía cuando los vecinos de la comunidad nos preguntaban qué hacíamos allí. La desconfianza fue evidente desde que empezó el proyecto. Meses antes había ocurrido un congreso regional con 42 líderes awajún. Delante de ellos tuve que exponer la idea de hacer un documental que incluyera su visión acerca del episodio que el resto de peruanos conocemos hasta hoy como el Baguazo. Les aseguré que nuestra intención era comprender. Durante la protesta, los awajún habían sido considerados promotores del retraso, gente en contra del desarrollo del país. Luego del 5 de junio, fueron acusados por el Gobierno de ser traidores a la patria y asesinos de policías. Nos interesaba escuchar su descargo.

Los líderes debatieron durante más de dos horas. La discusión fue en awajún y, aunque no entendí nada, se sentía muy acalorada. De vez en cuando alguno me hacía una pregunta y yo respondía que no éramos periodistas, tampoco antropólogos ni miembros de una ONG. De cuando en cuando, alguno me señalaba, enfadado. Al final dijeron que no nos permitirían el ingreso. Esa noche, mi productora Kathy Subirana y yo paseamos por la plaza, pensando que teníamos otro proyecto abortado. Uno de los líderes nos buscó y nos dijo que la idea no era mala, pero debíamos ofrecer algo nuestro, algo que ellos puedan aprender y transmitir a los suyos.

Al segundo día, me presenté nuevamente en el congreso nativo y ofrecí dictar un taller de vídeo a jóvenes awajún. Luego dejaría como donación los equipos. Así podrían registrar imágenes o testimonios en cualquier situación, sin esperar a que llegara la prensa. Uno de los líderes más ancianos recordó, en español, que con el cine habían tenido una muy mala experiencia: en los años 80, un alemán ingresó a tierras awajún para hacer una película extraña y obligó a los indígenas a quitarse la ropa para que lucieran más salvajes en el rodaje. Al tercer día, el extranjero fue expulsado de manera violenta. Su nombre era Herzog y el rodaje era el de Fitzcarraldo. Prometí en todos los modos posibles que nuestro proyecto era distinto, y solo entonces aceptaron conversar. La negociación tomó tres meses.

Uno de los líderes dijo que en los 80, un alemán ingresó a tierras awajún para hacer una película y lo obligó a quitarse la ropa para que lucieran salvajes. Al tercer día, fue expulsado. Su nombre era Herzog.

Dos semanas después de nuestra llegada a la comunidad Santa Rosa, iniciamos el taller con dieciocho jóvenes llegados de nueve comunidades distintas. La primera clase fue aprender a encender y apagar las cámaras, y manejar los trípodes. La segunda fue grabar paisajes, árboles, ríos. La tercera etapa fue hacernos entrevistas, fingir que éramos periodistas. En la última clase, debíamos hacer películas de acción. La comunidad tiene electricidad una hora al día. A través de unas donaciones, los vecinos habían conseguido una TV y un lector de DVD y un paquete de películas de Jean Claude Van Damme. Entonces nos dedicamos a recrear esas escenas en que Van Damme da implacables lecciones de full-contact a villanos de todo tipo. Cuando les pregunté qué otras películas tenían en su pequeña videoteca, pusieron todos los DVD frente a mí. Uno me inquietó de sobremanera. Llevaba por título: “Éxitos del Baguazo” y su carátula tenía fotos de manifestantes en La Curva del Diablo, fotos rodeadas de colores brillantes, chillones. Le puse play. Alguien se había dado el trabajo de recolectar todas las imágenes posibles acerca del Baguazo, la peor tragedia social de nuestra última década. Desde reportajes de cadenas de noticias internacionales hasta vídeos caseros. Lo que podría haber tomado un año de investigación, estaba ahí, a la mano, en un DVD algo rayado. Cuando pregunté dónde lo habían conseguido, varios me respondieron a la vez: “Eso lo venden en cualquier mercado de la región”.

CINCO

Aquella mañana del 5 de junio, el ingeniero Fernando Urízar estaba empapado de sudor. Casi sin moverse, miraba al exterior por unas rendijas, muy cauteloso. Una turba furiosa de mil personas rodeaba la Estación 6 de PetroPerú, una base petrolera en medio de la selva virgen, de la que Urízar era el Ingeniero Jefe. Los hombres y mujeres awajún y wampis gritaban y lanzaban piedras a las oficinas de la Estación (una pasó muy cerca de la ventana donde estaba Urízar). Solo un cerco de metal lleno de púas impedía a la turba invadir las instalaciones. No había a quien pedir ayuda. El ingeniero Urízar trató de entender cómo la situación había dado un giro tan radical en pocos días.

Semanas atrás, cientos de awajún y wampis habían sitiado la Estación 6 y retenido a los 35 policías y los trece civiles que vivían dentro. Habían tomado el control de la torre de electricidad y detuvieron los pozos. Fernando Urízar se reunió con los dirigentes awajún y les increpó: “¿Por qué toman PetroPerú? ¿Por qué nos toca esto a nosotros?” Varios dirigentes amazónicos le explicaron que ya venían reclamando dos años contra los decretos legislativos que atentaban contra las tierras amazónicas, que habían enviado cartas a todas las instancias y no les habían hecho caso, que habían protestado frente a la alcaldía y nada, que habían sitiado el Poder Judicial y nada, y que como lo único que importaba en la zona era el petróleo, querían ver si tomando Petroperú el Gobierno les haría caso. Uno de los nativos le preguntó: “¿Qué haría usted, ingeniero, si un día empiezan a llegar máquinas a su casa, si empiezan las exploraciones en su hogar sin que le hayan pedido permiso? ¿Acaso no reclamaría? ¿Y qué pasa cuando usted reclama y reclama y nadie le hace caso?”. Urízar no pudo responder.

Aún aún con el sitio a la Estación 6, se vivía un ambiente de tranquilidad forzada. Los awajún y wampis hacían marchas alrededor de la Estación 6, lanzaban cánticos, intentaban mantener la moral en alto. Pero también había momentos en que jóvenes awajún entraban a la Estación 6 para jugar fulbito con los policías. El propio Urízar había desayunado con algunos dirigentes de esa zona. Ellos ingresaban a la Estación, escuchaban las noticias para saber si había alguna novedad y luego se retiraban sin mayor problema. Era un acuerdo tácito, una manera de llevar la fiesta en paz.

La espera ya se había vuelto interminable cuando por la radio llegó la noticia de que, tras un año de postergaciones, el Congreso iba a debatir el asunto de los decretos legislativos que afectaban las tierras indígenas. En la mañana del 4 de junio, los dirigentes awajún oyeron el debate por la radio junto a Urízar: los apristas (partido del gobierno) consiguieron volver a aplazar la discusión y por tanto la toma de una decisión. Decepcionados, los dirigentes cruzaron el cerco de púas, salieron de la estación y explicaron a sus seguidores que esa vez tampoco habían tenido suerte. Horas después se corría la voz: todos volvían a casa. Habían resistido más de cincuenta días en vano.

Uno de los nativos le preguntó: “¿Qué haría usted, ingeniero, si un día empiezan a llegar máquinas a su casa, si empiezan las exploraciones en su hogar sin que le hayan pedido permiso?

Al día siguiente, la mañana del 5 de junio, las radios empezaron a hablar de una matanza, de genocidio. Se decía que en La Curva del Diablo la policía estaba asesinando a los manifestantes: diez, veinte, cincuenta muertos en una hora. A las nueve de la mañana, ya se hablaba de casi cien muertos awajún y wampis. Los indígenas que un día atrás pensaban irse, no entendían nada. Lanzaban gritos y miraban con rabia hacia la estación. El comandante PNP Miguel Montenegro, jefe de los policías en la base petrolera, intentó transmitir calma a cada momento, pero entonces llegó una terrible noticia: RPP, la cadena radial de mayor cobertura en el Perú, anunció la muerte del líder awajún Santiago Manuin. La furia se desbordó.

A las diez de la mañana unas dos mil personas rodearon la base. Y así empezó todo: alguien tiró una piedra, un grupo sacudió el cerco cada vez con más fuerza. De pronto un vigilante abrió sin querer una puerta y por ahí se infiltró la muchedumbre. Los 35 policías que custodiaban la estación –algunos muy jóvenes, de hasta 18 años– fueron sometidos de inmediato y a los civiles, como el ingeniero Urízar, se los recluyó en el comedor. Todos los rehenes eran objeto de insultos, golpes, pinchazos con lanzas. Urízar creyó que había llegado su hora y en ese momento se puso a rezar.

SEIS

En Lima era imposible tener a los responsables políticos frente a cámara. Bagua fue, es y será un tema demasiado incómodo, una palabra que no indica un lugar sino un episodio vergonzoso que es mejor olvidar. De poco servían las llamadas, mensajes telefónicos, emails, cartas a mano. En cierto momento llegamos a considerar el detener las grabaciones y retomarlas uno o dos años después, cuando los juicios estuvieran más avanzados. En esos días se acababa de estrenar en América Televisión un documental sobre la captura del terrorista Abimael Guzmán, ocurrida veinte años atrás. Nos pareció un esfuerzo fantástico, pero también nos resultaba angustiante la idea de esperar dos décadas para contemplar nuestras heridas. Sería estupendo que en el 2029 surja un documental sobre el Baguazo y se siga hablando del tema, pero nuestro sentido de la urgencia pesaba más: necesitábamos hacerlo de inmediato, necesitábamos reivindicar la posibilidad que tiene una película de quitarse de encima cualquier rasgo de solemnidad y ser, por qué no, un acto de respuesta, como un graffiti. Si ocurre un Baguazo, se responde con una película. ¿Hay otro Conga? Hacemos dos, cinco, diez películas. No en el sentido de un cine activista o militante, sino en el sentido de ver al cine como lo que siempre ha sido, un medio de expresión que puede ir del silencio al grito. Optamos por el grito y retomamos las llamadas, emails, cartas a mano a los políticos. Al fin, uno contestó: teníamos que estar al día siguiente, a primera hora de la mañana, en un despacho de San Borja. Ántero Flores-Aráoz, ministro de Defensa durante los días del Baguazo, nos iba a recibir.

Una vez en su despacho, Flores-Aráoz encendió un habano mientras nos preguntaba si se trataba de un trabajo universitario. En los últimos meses había tenido muchos encuentros con estudiantes para difundir su futuro partido político, llamado ORDEN. “Es lo que nos hace falta, mano dura”, dijo, y le sonreímos, con la cuidadosa neutralidad con que habíamos decidido recabar todas las versiones sobre este caso. Para muchas personas, Flores-Aráoz es uno de los grandes responsables de la tragedia del Baguazo. El Ejército y el Ministerio de Defensa jugaron un papel fundamental ese día, más por su ausencia que por sus acciones.

-Sabía que la Estación 6 estaba secuestrada durante tanto tiempo?- le pregunto.

-No, no lo sabía- responde.

Le explico que hay una base militar (la Base Mesones Muro) a veinte minutos de las instalaciones donde ocurrieron los hechos. De hecho, cada día, los militares de esa base hacían sus paseos y ejercicios en una zona cercana. La misma tarde del 5 de junio una patrulla pasó delante de la Estación 6, que en ese momento ya estaba invadida, pero no hizo absolutamente nada. ¿Acaso tenía instrucciones de no meterse?

En el plan operativo que el Ministerio del Interior había diseñado para responder a esa crisis, se solicitaba el apoyo del Ejército en la zona. La Policía Nacional se encargaría de la Curva del Diablo y los soldados tomarían el control en la Estación 6. Pero eso no ocurrió. Cuando el ingeniero Urízar vio que una patrulla militar cruzaba por la estación petrolera sin intenciones de ayudarlos, casi se volvió loco. Hacía señas a los soldados, pero todo era inútil. A esa hora la turba ya se había llevado a un grupo de los policías cautivos al monte, para matarlos con machetes y lanzas. El propio Urízar había estado a punto de  morir, minutos antes, pero de pronto salieron defensores suyos que lo libraron de esa suerte. En esas estaba cuando pasó la patrulla y desapareció sin más. Años después, mientras vemos un desfile escolar en la plaza de Bagua, Urízar me indica: “No hay manera de que la Base Militar de Mesones Muro no supiera de la situación en PetroPerú. No hay manera de que los oficiales de esa base no hubieran informado a los generales superiores. No hay manera de que los generales no hubieran informado al Ministro de Defensa. No nos ayudaron porque no les dio la gana”.

En Lima era imposible tener a los responsables políticos frente a cámara. Bagua fue, es y será un tema demasiado incómodo, una palabra que no indica un lugar sino un episodio vergonzoso que es mejor olvidar.

Desde el asiento de su despacho, el exministro Ántero Flores-Aráoz da otra versión, no carente de dramatismo: “No lo sabía. Y, en todo caso, ese batallón no podía haberlos ayudado, porque los soldados eran también awajún”. –Nota: En realidad él dice: “la soldadesca de la zona era awajín” (sic), con un tono que suena a desprecio y desconocimiento–. Mientras hacemos las tomas de apoyo, le comento sobre el olvido sistemático de ciertas regiones de la Amazonía. No es un discurso vacío, pues acabamos de recorrer durante semanas las comunidades awajún. “¿Por qué llamas olvido a lo que es imposibilidad? ¿Acaso el presupuesto es un barril sin fondo?”, replica Flores-Aráoz con el rostro agrio, antes de empezar una perorata sobre la incapacidad material de ayudar a todo el mundo. “Por eso, cuando me hablas de los pueblos olvidados del Perú, ¡no me jodas!”.

Quien ha hablado no es Ántero Flores-Aráoz, sino la élite política del Perú. El político peruano tradicional. Le damos las gracias y nos retiramos rápidamente, antes de que pueda encender un nuevo habano.

SIETE

Dos años y medio después de empezar este proyecto, tuvimos, al fin, un primer corte del documental La Espera. En lugar de hacer el habitual pase privado, entre amigos, para escuchar opiniones, optamos por hacer un focus group público: aprovechamos la generosa invitación del festival de cine Lima Independiente para anunciar cuatro noches seguidas en la sala UVK Larcomar, Miraflores. De un día para otro, televisión, radio y prensa escrita empezaron a hablar del documental. Cuando llegó la semana de proyección, ni el más optimista esperaba la respuesta que tuvo: todas las proyecciones se hicieron a sala llena y las entradas se agotaron a primera hora de cada tarde. Además, al terminar cada función ocurría algo parecido a una catarsis colectiva. Personas entusiasmadas, personas conmovidas, personas que me insultaban. Durante años había escuchado a los gurús de las telecomunicaciones decir que los peruanos, al final de cada día, queremos ver humor, algo que nos relaje, algo que nos haga olvidar nuestros problemas. Un lunes, a las  diez de la noche, pude comprobar lo contrario: el público abarrotó la sala y luego participó de un animado debate sobre el Baguazo durante una hora.

Si ocurre un Baguazo, se responde con una película. ¿Hay otro Conga? Hacemos dos, cinco películas. No en el sentido de cine militante, sino en el sentido de ver al cine como un medio de expresión que puede ir del silencio al grito.

Días después, en otro de los debates posteriores a cada proyección, un hombre alzó la mano y pidió la palabra. Era Santiago Manuin, a quien había entrevistado para el documental un año atrás. Se le notaba envejecido y extremadamente delgado. Había entrado al cine de incógnito. Al terminar de ver la película lucía contento, satisfecho por la manera en que se presentaba la lucha indígena. También habló de los derechos amazónicos, de los problemas de propiedad y las agresivas intervenciones de las mineras en la zona, sin que nadie proteja las reservas naturales. Para nosotros, su presencia fue una bendición.

Inmediatamente después, otro hombre pidió la palabra. Se trataba de Renán Delgado, padre de Relly Delgado, uno de los policías asesinados en la Estación 6. El ambiente se tensó. Ni siquiera en los procesos judiciales se habían encontrado representantes del mundo awajún y familiares de los policías caídos. Víctimas y victimarios o viceversa, según se mire. Bandos opuestos. O al menos eso es lo que el discurso oficial nos había vendido: tras el Baguazo, o estabas con los policías y, por ende, con el Perú, el progreso y el desarrollo; o estabas con los indígenas, los salvajes, los bárbaros, los terroristas.

Esa noche, en ese cine, era la primera vez que ambas partes se reunían, se miraban y dialogaban. Uno podría pensar que el rencor de Renán Delgado contra el pueblo awajún sería infinito, pero no. Delgado dijo que había entendido el reclamo de los pueblos amazónicos, que conocía bien la vida de la selva (nació en Amazonas) y que respetaba lo que sintieron los awajún al verse rodeados y amenazados por la ideología salvaje del entonces presidente Alan García y las ‘Meches’ -Mercedes Cabanillas, la ministra del Interior de la época del Baguazo, y Mercedes Aráoz, entonces ministra de Comercio Exterior y Turismo-. “El dolor de perder a mi hijo nunca se irá, quiero que la justicia castigue a sus asesinos, pero también a los responsables del gobierno que permitieron esta tragedia”, concluyó. Poco después, Santiago Manuin y Renán Delgado salieron juntos del cine. La reconciliación es un camino largo pero, esa noche, todos los presentes sentimos que un primer paso se había dado. Y no ocurrió en el Palacio de Justicia, en un despacho ministerial, o en un canal de TV. No ocurrió con ministros, voceros, políticos ni periodistas alrededor. Ocurrió en una sala de cine, rodeados de ciudadanos de a pie y de cinéfilos. La transformación de un país nunca pasa delante de las cámaras.

OCHO

Tras la semana en la sala UVK, la película pasó una inesperada serie de peripecias. Un dirigente aprista se hizo pasar por dueño de esa cadena de cines y nos ofreció comprar los derechos de La Espera, no para estrenarla sino para archivarla. En otra ocasión, un matón nos siguió durante veinte minutos a Rita Solf (productora general del documental) y a mí por la calle. El clásico y muy cinematográfico: “no saben en lo que se están metiendo” no tardó en aparecer. En esos días, una ministra que nos había negado una entrevista durante meses me invitó a desayunar a su casa. Una vez allí, lo primero que hizo fue reclamarme por no haberla llamado para dar su testimonio -¿?-. Después de una perorata, me dijo que no le costaba nada iniciar juicios contra el periodista Gustavo Gorriti, por sus declaraciones, o contra nosotros, por el documental. La única solución era que rectifiquemos el contenido. Por supuesto, nunca lo hicimos.

Tras el Baguazo, o estabas con los policías y, por ende, con el Perú, el progreso y el desarrollo; o estabas con los indígenas, los salvajes, los bárbaros, los terroristas.

También en esos días me hicieron varias entrevistas en las que siempre terminan preguntándome lo mismo: ¿cómo debemos evitar otro Baguazo? Quizá hay alguna respuesta en el material grabado por los chicos del taller de vídeo, allá en la comunidad Santa Rosa. Son imágenes imperfectas, borrosas, pero únicas y bellas a la vez. Imágenes de sus árboles meciéndose al viento o de sus vecinos jugando vóley al atardecer. Inspirado en el maravilloso cine que hace el documentalista francés Sylvain George, hice el cortometraje Solo te puedo mostrar el color, como respuesta a La Espera. Siento que, como cineasta, solo puedo registrar los espacios, solo puedo dar la cámara a los amigos de Amazonas, solo puedo aspirar a ser un puente. Por eso, lo importante era simplemente mostrar los espacios donde había ocurrido la tragedia y que esos lugares nos evocaran el dolor. En diciembre del 2013, el corto fue seleccionado para la Competencia Oficial de Cortometrajes de la Berlinale. La curadora de la sección, Maike Mia Höhne, preparó además un panel sobre el tema. En febrero del 2014, la historia del Baguazo y el idioma awajún irrumpieron en Berlín frente a un variado público internacional. La noticia apareció en siete países y desde entonces el interés y las proyecciones -nacionales e internacionales- no se detendrían. Algo distinto a lo que ocurriría en el Perú.

Aquí los cines que habían prometido estrenar La Espera se echaron para atrás. Decían que era un documental demasiado político. Por suerte logramos armar una red alternativa de proyecciones en universidades, cine clubes, teatros, colegios, parques y calles. En medio de esa vorágine, recibimos una gran noticia: el diario La República nos ofrecía distribuir quince mil DVD a nivel nacional. La mañana del 5 de junio, en que se conmemoraba el trágico episodio, aparecieron los primeros tweets del tipo: “La República agotada desde temprano en los quioscos de mi barrio”. Lo mismo sucedió en otros distritos. Un joven dirigente aprista posteó en su Facebook una foto con cinco ejemplares del diario, bajo el título: “Los he comprado todos para que nadie más vea esto”. El rumor de un sabotaje inundó Twitter. Horas después, el mismo dirigente aprista volvia a postear en su Facebook: “Lo siento, he visto el documental y quiero pedir disculpas por la frialdad con que actuó mi gobierno”. Todos quieren ver el documental de inmediato. Para el mediodía, varios canales de Youtube tenían La Espera en línea. A las tres de la tarde, la liberamos en mi cuenta de Vimeo y para la noche alcanza las diez mil visitas y más de dos mil descargas. En los días siguientes, la estrenamos en toda la región del Condorcanqui: se ve en Nieva, Bagua, Bagua Chica, Jaén, Chachapoyas, Imacita y en decenas de pueblos y comunidades awajún. Al día de hoy, más de setenta mil personas han visto La Espera, y el cortometraje ha estado ya en más de veinte países.

Todo ese revuelo mediático suena muy bien, pero en la vida real nada ha cambiado. Las condiciones que originaron el Baguazo siguen ahí, inamovibles. Siguen apareciendo decretos que recortan ilegalmente las áreas naturales y favorecen descaradamente los apetitos de las grandes mineras, reduciendo cada vez más el ya escaso control sobre ellas. El último paquetazo ambiental prácticamente les perdona cuantiosas multas que les habían sido impuestas por sus malas prácticas ambientales. Ya ni siquiera se les reclama un Estudio de Impacto Ambiental riguroso. Es como si alguien hubiera borrado nuestras mentes como una vieja cinta y todo estuviera a punto de empezar.

Fuimos en busca de respuestas de parte de uno de los principales protagonistas de ese episodio de desencuentro, el expresidente Alan García. Alguna vez García usó la expresión “perros del hortelano” para referirse a la gente que defiende el medio ambiente contra los caprichos de la industria. Que el Baguazo hubiera ocurrido en su gobierno es un hecho que no extrañará a los historiadores del mañana.

“El dolor de perder a mi hijo nunca se irá, quiero que la justicia castigue a sus asesinos, pero también a los responsables del gobierno que permitieron esta tragedia”

Como no aceptaba darnos una entrevista, Claudia Cisneros (productora del proyecto) y yo fuimos a buscarlo a una charla que dio en el Hotel Marriott de Miraflores. Su conferencia se centraba en lo importante que era acomodar las leyes a la necesidad de las mineras y otras trasnacionales. “Chile se va a llevar el dinero de esas compañías. ¡No podemos dejar que nos gane!”, exclamaba, mientras golpeaba el estrado. Todo el empresariado limeño aplaudía el discurso. Una hora después, cuando salió del auditorio, se vio rodeado de periodistas. Durante quince minutos respondió toda clase de preguntas. Ninguna se refirió a su discurso pro-minero ni a la masacre de Bagua.

En La Espera, cada aparición de García apunta a desentrañar las grietas de su discurso. Los espectadores de otros países se ríen mucho con lo que dice. Son risas de incredulidad y de verdad parece cómico, pero solo hasta que contamos que ningún funcionario de su gobierno ha sido procesado. Y todos pasan a la indignación cuando les informamos sobre la posibilidad de que el expresidente postule a un tercer mandato en el 2016. Nadie lo puede entender. Pero así ha sido siempre el Perú, un país difícil de entender.

EPÍLOGO

Una tarde me encuentro con una autoridad pública que conoció de cerca el Baguazo y había visto el documental. Nos citamos en un parque de Lima. Al inicio dio un rodeo hablando del clima o de fútbol. Después me señaló que los decretos legislativos por los cuales el pueblo amazónico realizó su protesta el 2009 no estaban dirigidos contra ellos, aunque los afectaban. Esos decretos legislativos, me dijo, estaban pensados sobre todo para los territorios de las comunidades campesinas. “Nadie ha visto el panorama completo”, señaló esta autoridad, que prefiere mantenerse en el anonimato. Lo de Bagua, por su terrible magnitud, había concentrado la mirada en apenas una zona, pero esos decretos afectaban muchas más regiones. Esta persona me sugirió buscar un mapa de las zonas concesionadas entre el 2007, el año en que surgen los decretos, y el 2011, en que terminó el gobierno que los había aprobado. De esos decretos dependían negocios multimilllonarios por toda la sierra peruana. Los awajún habían sido afectados, es cierto, pero había sido el efecto colateral de un panorama mayor. “En realidad, que ellos se compraran el pleito fue un tremendo malentendido. Murieron por nada”, dijo. "Es lo que ha sido todo esto de Bagua: una confusión de inicio a fin".

Es por eso que tantas cosas parecen conspirar para enterrar este episodio en el olvido. La más reciente es una carta notarial que envía la exministra Mercedes Cabanillas a Nancy Salcedo, hermana de uno de los policías fallecidos en el Baguazo, quien da su testimonio en La Espera. En mayo del 2014, días antes de cumplirse un año más de la masacre, Salcedo había declarado en un diario sobre la responsabilidad de la exministra Cabanillas y del propio expresidente Alan García en el episodio. Si ellos no hubieran dado la orden de desalojo, aseguró, nada hubiese pasado. “La señora Cabanillas se manchó de sangre las manos con nuestros familiares y cínicamente niega que es responsable”, señalo. Varias pruebas abonan en esa dirección. Pero a mediados de noviembre, Nancy Salcedo recibió un intimidante mensaje del estudio Ubillus Soriano, que la acusa de difamación. El documento cita papeles y testimonios que supuestamente exculpan a la exministra del Interior de cualquier responsabilidad en la operación policial.  Cita memos, informes, instructivas judiciales de aparencia tan firme como las pruebas en contra que aparecen en el documental. “Le solicito abstenerse de calumniar a mi representada, para no verme en la obligación de concurrir a las instancias judiciales en defensa de su derecho”, dice el abogado Julio Ubilluz. En realidad lo que se está diciendo es que el asunto está bajo tierra y nadie tiene por qué buscar a los responsables políticos. En realidad es un nuevo intento por borrar la memoria de lo que ocurrió. Pero eso no va a suceder.

 

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NdR: Mientras escribía esta historia, Fernando Vílchez sumaba otro paso en su carrera al participar en el Festival Internacional de La Habana con su cortometraje "Solo te puedo mostrar el color". 

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FOTOS/CRÉDITOS

-Fotos de la producción de La Espera sobre hechos en la ciudad de Bagua, la Estación 6 de PetroPéru y la Curva del Diablo, así como en entrevista con el entonces ministro de Defensa Ántero Flores-Aráoz y durante el estreno del documental en Lima y Berlín.
-Curva del Diablo, hoy Curva de la Esperanza (Andina) y última foto en vida del desaparecido Mayor PNP, Felipe Bazán.

 

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